EL TRATAMIENTO DEL TIEMPO EN EL PRIMER CAPÍTULO DE El otoño del patriarca, de García Márquez. Pedro Fresno Chamorro)

El otoño del patriarca fue publicado en 1975, ocho años después de haber dado a luz García Márquez Cien años de soledad, muy probablemente su obra cumbre. Sin embargo, esta línea cronológica que siguen las publicaciones del colombiano dista mucho de ser paralela a la del proceso de creación de las mismas. La idea de escribir esta novela surgió unos días después de la caída del dictador Pérez Jiménez, el 23 de enero de 1958. Sin embargo, la creación de la obra se vio interrumpida en numerosas ocasiones debido a la problemática que presentaban los personajes, espacios y estructura. Estas interrupciones dieron lugar a la suspensión cuando García Márquez decidió dedicarse a la conclusión de Cien años de soledad: “En cambio, Cien años, que era un proyecto más antiguo y muchas veces intentado, volvió a interrumpir de pronto con la única solución que me faltaba: el tono. En todo caso, no era la primera vez que me pasaba” (Mendoza, 1993, pp. 108-109). Por lo tanto, puede comprobarse que su novela del dictador no fue una tarea de la que se desprendió fácilmente, sino que le acompañó a lo largo de su vida y pudo concluirse tras períodos de complejo trabajo en Barcelona y el Caribe.

Para alcanzar nuestro propósito en este análisis, que no es otro que descifrar las claves que ayuden a comprender el tratamiento del tiempo en el primer capítulo de la novela (y, en consecuencia, de la obra completa), partiremos de un breve exordio que aluda al argumento y el tema del mismo.  En este primer capítulo o párrafo, pues no es esto otra cosa que aquello, el narrador, en compañía de un grupo de gente, encuentra el cadáver del dictador en su propio palacio. A partir de este momento se desarrollan una serie de acontecimientos que no siguen una línea temporal lógica, sino que parten del pasado y se dirigen en todas direcciones conducidos por las intervenciones de los distintos personajes: “el periodo decadente de la vida de un dictador, desde la correlación de diversos puntos de vista narrativos, pero sin continuidad cronológica” (Martínez, 2016, p. 15). En este punto, el narrador, apoyado en las intervenciones casi imperceptibles de algunos personajes, relata los hechos que marcan y definen el tema del capítulo: el ocaso del poder del dictador.

Como ya se apuntaba anteriormente, el capítulo consta de un solo párrafo que conforma la estructura externa del texto. Si nos permitimos hacer referencia a la obra completa un momento, puede señalarse que cada uno de los seis capítulos que componen la novela está formado por un único párrafo. Así, se trata de un texto construido por seis párrafos bien diferenciados. Dicho esto, determinar la estructura interna del párrafo o capítulo es mucho más complejo. Si se atiende al factor tiempo, el capítulo puede dividirse en dos partes. La primera va desde el inicio, con la entrada del grupo en el palacio, y llega hasta el momento en el que se topan con el cadáver del dictador (punto clave). La segunda parte comienza justo en este momento, cuando el narrador se aleja del presente narrado y se introduce en la propia vida del patriarca. Esta segunda parte se extiende hasta el final del capítulo, en el que el dictador ve las tres carabelas de Colón (1975, p. 46). La división del capítulo en base a otros factores como el orden de intervención de personajes o la sucesión de hechos históricos daría lugar a una estructura caótica, pues se trata de una especie de laberinto cuyas reglas parecen no seguir ningún orden natural.

Sirva todo esto que se viene diciendo como preámbulo o soporte del análisis del tratamiento del tiempo en el capítulo, pues los pocos datos aportados a lo largo de los párrafos anteriores no hacen más que sugerir el posible empleo de una estructura circular de la obra (Martínez, 2016, p. 16). Para hacer un breve apunte sobre esta forma de entender la estructura, es necesario quitar el foco del capítulo que nos ocupa un momento y prestar atención a la novela como un todo. Cada uno de los capítulos se inicia con el encuentro entre el narrador/grupo y el cadáver del patriarca. Este choque sirve como interruptor que pone en marcha el mecanismo encargado de narrar la vida del dictador a través de su propia figura, la del narrador o la de algunos otros personajes (Quesada, 2012, pp. 251-252). Esta secuencia de tiempos: tiempo de la narración y tiempo narrado (Quesada, 2012, p. 247), se sucede de forma incesante a lo largo de la obra. Así, cuando se cierra un círculo con el primer capítulo, vuelve a abrirse de la misma manera en el segundo para volver a cerrarse y abrirse en el tercero, hasta llegar al sexto.

Si reducimos esta idea general y la aplicamos al primer capítulo (olvidándonos, obviamente, de esos círculos concéntricos), podremos entender el tratamiento del tiempo a través de la distinción entre tiempo de la narración y tiempo narrado. Esta idea que presenta Quesada en su análisis está basada en la propuesta de Günther Müller, quien diferencia entre el tiempo propio del objeto de la narración (tiempo narrado) y el tiempo en que se coloca el narrador (tiempo de la narración) (2012, p. 247). El tiempo de la narración es el más cercano al lector por tener menos profundidad, aunque se desarrolla en pasado. Además, algunas descripciones establecen conexiones entre ese pasado y un pasado anterior, lo que hace confundir y confluir los tiempos. Por otro lado, el tiempo narrado, encargado de abarcar la historia del dictador, se desarrolla en un pasado anterior al pasado del tiempo de la narración. Sin embargo, y para complicar todavía más el sistema, García Márquez profundiza aún más y presenta un pasado que sirva para narrar el pasado del pasado del patriarca: “y un álbum de retratos que le mostraban a él en la primera audiencia como si fueran las credenciales, diciendo mire usted, general, éste soy yo cuando era teniente, aquí fue el día de la posesión” (Márquez, 1975, p. 21). Debe hacerse referencia en este punto a las distintas intervenciones de los personajes dentro de ese tiempo narrado. Como ya se apuntaba antes, estas intervenciones son casi imperceptibles por la forma en que se introducen: “a él no le importaba la insolencia sino la ingratitud de Patricio Aragonés a quien puse a vivir como un rey en un palacio y te di lo que nadie le ha dado a nadie en este mundo” (Márquez, 1975, p. 28). Una vez que el lector está sumido en ese profundo pasado, estas participaciones directas crean sensación de inmediatez, lo cual complica aún más la comprensión y obliga al receptor del texto a realizar una lectura bien trabajada.

Sigamos el hilo conductor de este breve análisis y preguntémonos ahora: ¿por qué fue tan complicado para García Márquez dar con la clave para concluir El otoño del patriarca? La complejidad de esta profunda estructura temporal, una complejísima forma de hacer hablar a los personajes, un espacio que se comprime y expande y un elaboradísimo lenguaje casi poético dan respuesta a esta cuestión. Como bien indicaba el maestro colombiano, esta novela fue escrita como se escriben los versos, palabra por palabra (Mendoza, 1993, p. 109).

Bibliografía

Márquez, G. G. (1975). El otoño del patriarca. España: Plaza & Janes.

Martínez, M. (2016). Tiempo y espacio, voces y perspectivas, en El otoño del patriarca. Signos Literarios, 12, 8-29.

Mendoza, P. (1993). Gabriel García Márquez. El olor de la guayaba. México: Diana.

Quesada, E. (2012). Objeto, tiempo y colectividad en El otoño del patriarca. Discusiones Filosóficas, 21, 245-262.

© All rights reserved Pedro Fresno Chamorro

 

 

Pedro Fresno Chamorro (Jaén, 1998). Filología Inglesa y Filología Hispánica en la Universidad de Jaén. Máster Universitario en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana en la Universidad Internacional de la Rioja. Autor del artículo «El Non Serviam de Jorge Luis Borges» en Odisea Cultural. Lector y profesor en academia.

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