HISTORIAS DEL BRUC SEGUNDA PARTE. Jesús Martínez

 

II

BARCENISTÁN

 

Crónica sobre las Fuerzas Armadas de España que se instruyen en el Bruc

para su misión en Afganistán

Las tropas de montaña del Ejército Español son una pieza clave de la campaña de la otan en Afganistán, que se inició en el 2002 con la Operación Libertad Duradera, en la lucha encabezada por Estados Unidos contra el integrismo de Al Qaeda. Por ahora se ha convertido en la misión más sangrienta (98 militares fallecidos) y la más cara para el erario (supera de largo los dos mil millones de euros). Es el coste de una guerra de esas que eufemísticamente se llaman «de baja intensidad», porque no hay un enemigo reconocido (la Administración de George Bush Júnior apeló al término de «enemigo combatiente» para vadear los tratados internacionales) y porque no hay una posición clara que conquistar (la liberación de la mujer del burka, por ejemplo, se ha dado por perdida). Pero esto pertenece a la política. Y los militares obedecen órdenes, no deliberan.

El Ejército sigue aportando su granito de arena a la democratización de Afganistán, con apenas mil soldados en la base de Herat (bautizada Camp Arena) y en la de Qala-e-Naw (Ruy González de Clavijo), al oeste del país. Y el Batallón de Montaña acuartelado en Barcelona ciudad se adiestra en el Bruc, en medio del barrio residencial de Pedralbes, entre boleras y locales de copas.

A las ocho de la mañana, los pajaritos.

A las ocho de la mañana, los ecos de la fiesta (latas de cerveza Heineken en los Jardines de Shakespeare, latas de cerveza Moritz en los setos de la Facultat d’Economia i Empresa de la Universitat de Barcelona…).

A las ocho de la mañana, en el cuartel del Bruc, silencio. Toque de izado de bandera.

A las ocho menos cuarto, el soldado Cárdenas («¡presente!») hace labio, una especie de pruebas de sonido para comprobar cómo suena la corneta. El soldado Cárdenas insufla aire en la boquilla de una corneta lacada, ligera, con boquilla. Llena de aire los pulmones, se le hinchan los mofletes hasta que casi se le nubla la vista, y lo suelta para dar con las notas precisas de la primera estrofa del Himno Nacional, una interpretación sin excesiva fanfarria, muy castrense.

En el momento en el que el soldado Cárdenas hace labio, los ordenanzas pasan lista a la tropa, que forma en el patio de armas del Bruc, el único cuartel que queda en Barcelona capital.

En el Bruc acantonan cuatro compañías, con un centenar de miembros cada una de ellas. Las compañías componen el Batallón Barcelona IV/62, que a su vez depende del Regimiento Arapiles 62, con sede en Sant Climent Sescebes (Girona). Este es uno de los regimientos de las Tropas de Montaña (Jefatura de Tropas de Montaña), cuyo cuartel general se encuentra en Jaca (Huesca).

El sargento de cada una de las compañías se encarga de las «cuestiones de servicio», entre las que se encuentran la revista de la formación. Cuando pasan lista, a falta de diez minutos para el toque de izado de bandera, las voces de los reclutas, roncas como la metralla, rebotan en el pavimento de grava. El sargento dice «¡Menéndez!», y Menéndez se da por aludido: «¡Presente!». El sargento dice «¡García!», y García se pone firme, con la mirada en lontananza: «¡Presente!».

Tanto Menéndez como García visten chándal deportivo azul flúor, pero con camiseta de distinto color. La de Menéndez es amarilla, mientras que la de García, roja. Los colores se relacionan con el banderín de enseña de las distintas compañías, unificados en el Ejército de España: la camiseta de la primera compañía siempre será roja; la de la segunda compañía, amarilla; la de la compañía de servicios, o tercera compañía, verde, y, por último, la cuarta compañía, la de mando o apoyo, es de color azul. Como en el parchís.

En el dorsal, el emblema de las Tropas de Montaña: dos esquís cruzados, una trompa y un piolet en el centro.

A las ocho menos cinco, con la expectación de los Sanfermines, el teniente coronel Manuel Gambín aligera la tensión, después de comprobar que cada uno ocupa el lugar que le corresponde (si alguno no se presentara, se le llamaría al teléfono móvil). El bramido de Gambín: «¡Descansen, ya!». Y la tropa descansa, lo que supone que echan barriga, bajan los hombros, ponen los brazos en jarra, se apoyan sobre un pie, bostezan y cotillean como cotorras.

A las ocho en punto dos guardias de la seguridad del cuartel izan la bandera de España, de dos por dos metros, en la azotea de una de las torres del «castillo de Disney» del Bruc. El soldado Cárdenas no puede fallar, se ha preparado concienzudamente, como un cantante en el programa de Antena 3 Televisión El número uno.

Dura dos minutos. Mientras suena el Himno Nacional, la vida se detiene en el cuartel del Bruc; hasta en la cantina se dejan de servir cortados. En el patio de armas, el soldado Antonio Niebla (Barcelona, 1988), en actitud hierática, recto como el palo mayor de la Santa María, piensa vagamente en lo mucho que le queda por aprender. «No sé, me gustaría ser ingeniero, siempre he admirado la labor de los Tedax [técnico especialista en desactivación de artefactos explosivos]», sueña despierto. Por ello, desde hace un año se está preparando para la carrera de oficial, de las asignaturas de Matemáticas y Física, que no le son del todo ajenas. En el 2007, Antonio Niebla, que cada tarde va a un gimnasio de la plaza de la Sagrada Família, rellenó la solicitud de preinscripción con la que cursar la licenciatura de Química en la Universitat Autònoma de Barcelona. No esperó a que le admitieran. Antes de eso ya se había alistado.

«Sí, me gustaría especializarme para desactivar las “bombas trampa”, como las que hay en los caminos de tierra de Afganistán», asume, convencido de que él puede aportar su conocimiento al bienestar de la población autóctona. «Yo aún no he ido, pero por lo que he visto por la tele da la sensación de que es una región metida en una burbuja del tiempo.»

Cerca del soldado Niebla, con la camiseta de otro color, se encuentra en posición de firmes, mientras se iza la bandera, la soldado Carla Torrejón (Barcelona, 1986), serena y bucólica. «Yo tampoco he ido a Afganistán, pero allí se pueden hacer muchas cosas para aliviar el sufrimiento de la población local», afirmará posteriormente. «Sé que mi marido lo aprobaría; él también es soldado.» («El amor es infinito y sabe esperar», escribió Sándor Márai en La mujer justa.)

Carla tiene dos niños, y quizá por su maternidad alumbra esperanzas para mitigar el dolor de los demás. Se quiere sacar la carrera de Medicina: «Hoy voy a echar los papeles, no lo voy a dejar más».

Su caso es atípico. No viene de una familia de tradición militar (su madre se cabreó con ella por su decisión; sus dos hermanos no han hecho la mili). En el 2006 fue reclutada por las Fuerzas Armadas porque en ellas veía orden y disciplina: «Eso es lo que busco, orden y disciplina, orden y disciplina», repite. «Las cosas claras y bien hechas.»

Si acabó en el Bruc es porque le encanta la montaña: «Además, he sido socia del Club Excursionista de Gràcia».

Quien sí ha estado en Afganistán es el teniente José Miguel Rubio (Cáceres, 1982), con gafas y con una tranquilidad pasmosa, jefe de la sección de reconocimiento y jefe de la compañía de mando y apoyo («es que el capitán Tenza pasó a la reserva, y por ahora estoy yo»). En el 2008, se graduó con el rango de teniente en la Academia General Militar de Zaragoza. Desde agosto pasado, su destino es Barcelona. «Lo recuerdo perfectamente. El 4 de noviembre del 2009 nos fuimos al aeropuerto del Prat. El Ejército había fletado un avión de Air Europa. Viajamos hasta Tayikistán, y allí, en un Hércules [Lockheed C-130, de transporte táctico] volamos hasta Herat, donde tenemos la base», hace memoria. «Afganistán es un país desértico, con una pobreza extrema. Los niños y las mujeres se acercaban a nuestras ambulancias para recoger medicinas. Mucha pobreza. Yo estaba en un convoy en el paso de Sabzak cuando un ied [artefacto explosivo improvisado, en sus siglas en inglés] acabó con la vida del cabo Meneses.»

Antes de marcharse a Afganistán, el teniente Rubio, con los integrantes de la compañía de maniobra de su contingente, se preparó al menos durante medio año para saltar al «duro y sacrificado» desierto.

La instrucción en el Bruc para la misión de Afganistán cuenta con los imprevistos y con las tareas rutinarias: en el patio de armas, en el que ahora se oye el Himno Nacional, los vehículos blindados de patrullaje simulan checkpoints o controles de carretera. «En esta explanada que ves hacemos como que viene un coche y nosotros le damos el alto. Luego, también, tenemos un entramado de paredes levantadas que simula un polígono de combate en zonas urbanizadas. Y para que la preparación física sea la adecuada, montamos las tirolinas y las semipermanentes [pelahuevos en el argot militar, sobrepasar obstáculos naturales arrastrándote por el suelo]».

Mientras el corneta languidece y se desinfla, el brigada Antonio Berna (Bilbao, 1966) echa atrás la cabeza, sin que recule, para colocar los pensamientos cuesta abajo. Se acuerda del cabo Meneses, en cuyo honor se ha colocado una placa en una de las calles del cuartel.

En 1984, Berna se incorporó al Ejército como soldado voluntario. Tras su paso por la Academia General Básica de Suboficiales, en Tremp (Lleida), sentó plaza en Barcelona, en 1988, donde reside. Casado y con dos chavales, explica que lo más duro de Afganistán es la distancia con los seres queridos. «Fui a Afganistán, en el 2009, y es como si hubiera ido a la Edad Media. Allí no hay nada, nada, nada», ilustra con las manos extendidas, marcando una paramera desolada y deshabitada.

«Para ir a Afganistán, nos entrenamos a conciencia. Salimos en grupos hacia sitios apartados, para realizar ejercicios de orientación y marcha. A veces nos vamos a Vallirana; otras, a Collserola; otras, a Gavà, o bien al Parque Natural del Garraf. ¿Que si vamos con el arma? Claro, en actitud discreta, pero con el arma. ¿Cómo sino hacer marcha?», reacciona el brigada Berna, perteneciente a la plana mayor del batallón. «La sociedad valora la institución a la que pertenecemos, pero no nos conocen. Si así fuera, no se alarmaría tanto y no habría polémica por que vayamos con el arma a cuestas a Collserola. No es para tanto el revuelo».

El soldado Cárdenas se despega la corneta de los labios. La bandera de España flamea con un viento flojo de componente suroeste. Las tropas de montaña del Bruc rompen filas. Llega la hora de sudar: series de treinta abdominales y treinta flexiones. Y vueltas sin fin, al son de un aguerrido vozarrón que provoca alaridos: «¡Yo soy parte y atacando!». Y los soldados, en compacta formación, al trote, repiten como un papagayo: «¡Yo soy parte y atacando!»…

EL PRÓXIMO MES PRESENTAREMOS LA TERCERA PARTE

DE “HISTORIAS DEL BRUC”

 

© All rights reserved Jesús Martínez

Jesús Martínez (Barcelona, 1975). Reportero. Doctor en periodismo por la Universitat Ramon Llull (URL). Licenciado en periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). De las frecuentes visitas al vecino y escritor Francesc Candel, guarda sus consejos periodísticos, que se reducen a la honestidad en el oficio. Formado en las revistas locales La Marina dels barris de Zona Franca y L’Informatiu de Sants, Hostafrancs i La Bordeta, ha colaborado en las ediciones dominicales de El Periódico de Catalunya y La Vanguardia. Ha ganado el premio de periodismo Manuel Alcántara, que otorga Diario Sur. Desde el 2000, guionista del programa cultural de TVE Saber y ganar. Máster en reporterismo por la Universitat Ramon Llull. Imparte clases de grado y posgrado en la UAB, en la URL y en la Universitat Abat Oliba. Actualmente, trabaja en Ediciones Carena. Autor de una veintena de libros, reportaje y crónica.

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