TIEMPO DE CRISIS, TIEMPO DE TAMBORES DE GUERRA. Xalbador García

 

Desde 2001, tras la caída de las Torres Gemelas, nuestra civilización entró a una etapa histórica cuya marca primigenia es la crisis. La crisis como sinónimo de alerta, de amenaza constante, de permanencia frente al abismo. Bajo la sospecha de un enemigo global que cambia de apelativo según las exigencias de la geopolítica (el Estado Islámico, la burbuja inmobiliaria, las migraciones masivas a países desarrollados de América y Europa, la emergencia por el cambio climático, la pandemia por el coronavirus COVID-19), hemos vivido dos décadas de cambios vertiginosos que han impulsado, por un lado, el surgimiento y consolidación de nuevas potencias mundiales (países y empresas) y, por el otro, la subyugación de la sociedad civil como agente de cambio.

Las revoluciones sociales que podían modificar las estructuras de naciones y regiones enteras son cada vez más un recuerdo nostálgico del siglo XX. La primavera árabe de entre 2010 y 2012, y el movimiento Occupy Wall Street, ocurrido en 2011, confirman la esterilidad de estas acciones. Esterilidad no provocada por la falta de ideas o de compromiso por parte de los involucrados, sino más bien esterilidad azuzada desde las cúpulas de poder, ya sean gubernamentales o empresariales. El sistema global de nuestro tiempo (tiempo definido como “antropoceno” por diversos autores) tiende redes que acallan a los inconformes, absorben sus reclamos y muestran supuestos cambios que no son más que matices de una continuidad a su favor.

La premisa es simple: no puede darse un cambio global a favor de las mayorías cuando padecemos una crisis de cualquier índole: de salud, económica, ambiental o de seguridad. Este manejo de “la crisis” elimina las amenazas al statu quo. Las élites mantienen el control y ante cualquier peligro, más que reprimir a los inconformes, alientan la crisis hasta apoderarse del escenario mundial del momento. Ejemplo claro fueron las luchas feministas a nivel internacional, las protestas en Hong Kong contra el expansionismo chino, las manifestaciones estudiantiles en Sudamérica, que estaban por lacerar profundamente las columnas del poder hegemónico cuando apareció una nueva crisis global provocada por la pandemia del SARS-CoV-2 que amagaba con la extinción de nuestra especie.

No es que el virus no existiera, sino que el manejo incitó a la crisis. Por tanto, ¿cómo leer la inoperancia de las instituciones —la OMS en primer lugar— para exigir el cierre total de China y sus fronteras de toda índole? ¿Cómo percibir la ceguera y la mezquindad de gobiernos y farmacéuticas internacionales para no liberar las patentes de sus vacunas a favor de la población global? ¿Cómo explicar el incremento de fortunas millonarias en todos los países sin importar el número de muertos? ¿Cómo advertir el despliegue de armamento nuclear en diversas naciones de Europa y Asia en plena emergencia sanitaria? De esta manera, la crisis de salud frenó los movimientos sociales y pasmó los posibles cambios globales.

En 2022, cuando había empezado a clarificarse el panorama mundial, volvemos a otro estado crisis impulsado por la invasión de Rusia a Ucrania que promete convertirse en un conflicto de alcances nunca vistos. Otra vez la alerta, otra vez la amenaza constante, otra vez el abismo frente a la humanidad. Y otra vez veremos la mezquindad, la soberbia, la ceguera y el aumento de riqueza por parte de las élites (naciones y empresas). El costo será el mismo: las muertes masivas y el acallamiento de movimientos sociales —el ambientalista en primer lugar— que no encuentran eco en la agenda mundial ante la crisis.

César Vallejo escribió uno de los poemas más hermosos y más terribles sobre la naturaleza y la existencia humanas. “Los heraldos negros” hablan de la orfandad de los individuos ante los demonios nacidos de sus propias Erinas, a veces violentas, a veces mortales, siempre descarnadas. La crisis se ha convertido en el principal Heraldo Negro de nuestro tiempo que, cuando suelta su furia, siembra horror ante nuestros ojos ahora puestos sobre una pantalla:

¡Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

© All rights reserved Xalbador Garcia

XALBADOR GARCÍA (Cuernavaca, México, 1982) es Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) y Maestro y Doctor en Literatura Hispanoamericana por El Colegio de San Luis (Colsan).
Es autor de Paredón Nocturno (UAEM, 2004) y La isla de Ulises (Porrúa, 2014), y coautor de El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha publicado las ediciones críticas de El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013); Los raros. 1896, de Rubén Darío (Colsan, 2013) y La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).

Realizó estancias de investigación en la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, y en la Universidad del Ateneo, en Manila, Filipinas, en la que también se desempeñó como catedrático. En 2009 fue becado por el Fondo Estatal pJara la CulturPoesía, ensayo y narrativa suya han aparecido en diversas revistas del mundo, como Letras Libres (México), La estafeta del viento (España), Cuaderno Rojo Estelar (Estados Unidos), Conseup (Ecuador) y Perro Berde (Filipinas). Fue editor de la revista generacional Los perros del alba y su columna cultural “Vientre de Cabra”, apareció en el diario La Jornada Morelos por diez años. 
Actualmente es colaborador del Instituto Cervantes de España, en su filial de Manila y mantiene el blog: vientre de cabra.

 

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