
Imagen del tramo «El Espinazo del Diablo» rumbo a Oaxaca.
El tembloroso susurro del anciano invadió el espacio, y creó una genuina sensación de terror en el resto de los pasajeros, aunque no en el que escribe este relato. En ese preciso momento mi mente adquiría demasiada información dentro y fuera del subconsciente; se alimentaba una vez más con los hechos y se debatía en la urgente necesidad de investigar profundamente el porqué de las circunstancias que, como de costumbre, me impedía conciliar el sueño.
Afortunadamente, tanto la luz como la voz que causó tanto pavor en «El Handsome Gringo», nos llegaban desde un enorme camión de carga que de pronto apareció y frenó, justo cuando yo despertaba a nuestro conductor de turno. Dos hombres se acercaron al «Volcho», como llaman los mexicanos a este invento moderno que es ya un clásico. Uno de ellos se las arregló para amarrar una gruesa cadena desde la defensa delantera del camión al Axel trasero de nuestro vehículo. Gracias a su peculiar diseño, el auto tenía el mayor peso en el motor de cuatro cilindros situado en la parte posterior, mientras en ese frágil momento, las dos ruedas delanteras colgaban de la orilla derecha de la carretera, en un tramo por cierto bastante estrecho, en aquella época sin vallas de contención o muros protectores. Las luces que proyectaban sus bombillos delanteros se perdían peligrosamente en la profundidad del precipicio de aquella zona montañosa, estrecha y oscura.

Detalle de otro de los tramos de aquella peculiar carretera
Una vez asegurada la conexión entre el carrito y el camión, el amable conductor de éste, dando marcha atrás, haló la cadena, y logró movernos hacia el centro de la vía, salvando así de una muerte segura a la tripulación.
Escasean las palabras para describir las muestras de agradecimiento del grupo para los empáticos camioneros mexicanos que nos extendieron la vida cuando ésta empezaba a dejarnos, a apenas unas pulgadas, segundos y libras de distancia. Demás estaría decir que aquello fue un acto humano que se grabó en mi memoria. Tampoco olvido las reglas que con humor campechano nos proporcionaron los improvisados rescatistas al momento de proseguir nuestro itinerario: «Jóvenes, continúen su viaje y nosotros seguiremos detrás de ustedes, hasta que pasemos el tramo en que estamos. Es uno de los más peligrosos de la región. Ah… y recuerden: está prohibido por la ley del estado, dormirse en el timón».

Actual carretera Cuernavaca a Oaxaca, cinco décadas después de largo viaje.
De mi parte, y a pesar de los años vividos, sigo agradeciendo, no sólo al generoso par de desconocidos que no tuvieron tiempo de darnos sus nombres, sino también a mi madre, que tantos buenos consejos me dio. Agradezco por igual a mi vieja inhabilidad para conciliar el sueño, pues fue esta condición que a estas alturas todavía me azota, lo que me permitió provocar el frenazo del «Bello Durmiente» Rafelo. Abiertamente confieso que aquel incidente no fue para mí la primera ni la última vez en mis largos años de existencia, en que logré evadir las garras de la muerte. De ahí la opción de escoger el título del presente testimonio personal.
Sin olvidarnos de enfatizar la peligrosidad de aquella carretera que nos llevaría a nuestro próximo destino, continuemos con la secuencia de los hechos.

Entrada a la centenaria ciudad de Oaxaca.
Finalmente, arribamos a Oaxaca, aproximadamente una hora antes de salir el magestuoso sol. Gracias a esta natural circunstancia, pudimos disfrutar del contraste de la semi oscuridad de las luces de los postes que nos regalaban un ambiente de paz y silencio impecable. La primera impresión de la mágica ciudad nos impactó a todos.
Una de las calles de Oaxaca de Juárez con el sol a punto de salir.
Como era de esperarse, aprovechamos la corta estadía para dar una vuelta por sus vías, cuando ya empezaban los habitantes de la ciudad las faenas del día, activando la disponibilidad de los lugares para un buen desayuno, incorporándose, como nosotros desde el Volcho, al movimiento de los vehículos y los transeúntes, en una comunidad vibrante y harmoniosa.

Las montañas que rodean esta pintoresca ciudad, son un genuino complemento a su belleza.
En este loco devenir de mi primera experiencia en México, creo necesario abundar someramente en el origen del nombre de la maravillosa, encantadora ciudad mexicana. Me permito entonces citar algunos fragmentos extraídos de enciclopedias que nos familiarizan con la toponimia del lugar. «El nombre Oaxaca proviene de la denominación náhuatl «Waxyakak», impuesta por los conquistadores aztecas en el siglo XV, justo en el momento de su incorporación al Imperio mexica. «Waxin» se refiere al huaje, planta común en la región de sus valles; «yakatl» significa literalmente “nariz” o “punta”, y el sufijo «katl» es equivalente a una forma abreviada de la palabra «lugar“».

Vista de otra de sus calles.
Abundando un poco más en la toponimia, desde una perspectiva en el terreno de la fonética, se leería el glifo como Wax-yaka-k, es decir, en la nariz o punta de los huajes, vegetal que muestro desarrollándose en el árbol del mismo nombre, en la siguiente foto. Por supuesto, no es más que una adaptación lingüística de los conquistadores españoles registrada posteriormente, y que derivó en el actual «Oaxaca». Personalmente, probé este producto en uno de los restaurantes de aquella área y me gustó, aunque [de nuevo] mi paladar caribeño prefirió la forma en que los oaxaqueños cocinan los frijoles negros. La razón está en el estilo de preparación, tan cercano a la manera que me acostumbré a comerlos en mi lugar de origen. Allí se sirven usual —aunque no exclusivamente— acompañados de arroz blanco o mezclado, estilo culinario que en la parte oriental llaman «moro» o «moros y cristianos», forma también histórica de recordar la rica presencia árabe en el sur de España, mientras que en otras regiones lo llaman «congrí».
Debo agregar que, en 1872, a raíz del fallecimiento de Benito Juárez, se tomó el apellido de este importante personaje histórico, quedando finalmente como “Oaxaca de Juárez”.

Una hermosa versión de vainas de huaje.

Vainas de huaje ya agrupadas para su venta o listas para desgranarse en la cocina.

Detalle de una de las muchas cuadras que reflejan una peculiar arquitectura oaxaqueña.

Vista frontal del Templo de Santo Domingo de Guzmán, ubicado en el Centro Histórico de la ciudad de Oaxaca de Juárez.
A mis ojos, la montañosa naturaleza, la mano del hombre tras la arquitectura de sus edificaciones, la permanencia de las tradiciones antiguas y luego mestizas, más la cultura y gentileza de sus gentes [evidente en aquel incidente del precipicio, camino a nuestro destino] hacen de aquella comunidad un lugar, muy especial. Obviamente, es una circunstancia que tengo, además de grabada en la memoria, incrustada en el corazón, sensación que me da pie para continuar aquella aventura en la próxima parte del presente relato.
FIN PARTE IV
© All rights reserved Héctor Manuel Gutiérrez.
HéctorManuel Gutiérrez, Ph.D, es instructor de español avanzado y literatura hispana. Funge como Lector Oficial de Literatura y Cultura Hispánicas en el programa de evaluación superior Advanced Placement, College Board/ETS. Colaborador mensual de la revista musical «Latin Beat», Gardena, California. Miembro/fundador de la revista literaria «La huella azul», FIU, Miami, Florida. Editor de contribuciones, «Revista Poetas y Escritores Miami», Miami, Florida. Colaborador «Revista Suburbano», Miami, Florida. Colaborador/ columnista, «Nagari Magazine», Miami, Florida. Colaborador «Linden Lane Magazine», Fort Worth, Texas. «Insularis Magazine», Miami, Florida. Es autor de los libros: «Cuarentenas», «Cuarentenas: Segunda Edición», «Cuando el viento es amigo», «Dossier Homenaje a Lilliam Moro» y «De autoría: ensayos al reverso». Les da los toques finales a «Encuentros a la carta: entrevistas en ciernes», a publicarse en 2026, «La utopía interior: estudio analítico de la ensayística de Ernesto Sábato», a publicarse en 2027, y la novela «El arrobo de la sospecha», que esperar publicar en el 2028.