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Octubre 2026

GARRAS AFILADAS. Fernando Brito Ruiz

A Ernesto le gusta arrellanarse en su escritorio, sentir que domina el espacio a su alrededor, que es dueño de la situación.  Su rutina diaria, antes de iniciar las actividades, pasa por tomar un buen desayuno, un café, fumar un cigarrito, leer el periódico. Revisa los papeles y diligencias que tiene pendientes, confirma el horario de citas, programa mentalmente el orden que va a seguir. Las diligencias le toman un par de horas. Cuando regresa, la ve sentada en la sala de espera. Le pregunta a su asistente si tiene cita o algún asunto pendiente. Ella le responde sonriendo que no viene por asuntos de la oficina. Es una amiga, y la espera para ir a almorzar. Antes de salir, le dice que se la quiere presentar. Es una enorme morena de ojos verdes, de pelo alborotado, una tigresa con un contoneo y unas curvas que dejan sin respiración. Toma las manos de ella entre las suyas de manera caballerosa, sin presionar demasiado, sin demorar el apretón.

Cuando salen, se sienta en el escritorio, sin hacer nada, sin pensar en nada. No recuerda el nombre, si es que ella se lo dijo, solo sus formas, su porte, la distinción y el aire al caminar, su figura de leona recelosa. A su regreso, le pregunta a la asistente que tal estuvo el almuerzo. Quiere saber si su amiga trabaja cerca o en que se ocupa. Ella nota el interés y le dice que mañana viene a recogerla, porque están haciendo un trabajo para la universidad. Vuelve a preguntar su nombre y lo retiene en la memoria. – Es una chica muy bonita – dice. Cuando viene al día siguiente, está atento a su llegada, sale a saludar, la invita a seguir a su oficina. Sin pensarlo dos veces, le pregunta si le gustaría ir a almorzar o a comer uno de estos días. Empiezan a salir. La leona del primer día, ahora ronronea suavemente cuando lo saluda, cuando se acerca, cuando le toma la mano.

Su estampa es magnífica. Se siente poderoso acompañado de esa bella mujer. En ocasiones se ven al mediodía para almorzar. Por lo general se encuentran al final de la tarde, toman un café, comen algo. A veces van a ver una película en el cine cercano. Cuando intenta ganar un poco más de confianza, mantener tomada su mano, acariciarle el cuello, poner una mano en su cintura, ella lo aparta suave, discretamente. No sabe si es una estrategia, un cuidado por su bien más preciado, o rastros de esa educación religiosa que impide besos y caricias antes del matrimonio. Piensa que es una beldad, pero no está en sus planes comprometerse formalmente. No tiene el matrimonio en su lista de asuntos pendientes. A veces desea terminar con la relación, porque prefiere seguir como ha hecho siempre. Sin inhibiciones, sin compromisos. Una chica que lo acepte como hombre y como compañero, no un prospecto de matrimonio. Está acostumbrado a las relaciones con sexo, sin derivar en compromisos, sin tener que asumir otro tipo de responsabilidades. Salir con ella, lo ha dejado en la mitad del camino. Dos o tres veces intenta dar por terminado el asunto, pero no lo consigue. Obra en su contra que la chica es realmente preciosa.

Una noche, sus amigos organizan una reunión en el apartamento de uno de ellos. No son gente muy confiable. Beben largamente, hay mucha marihuana, mucha promiscuidad. Son bastante desordenados. Eso a él no lo afecta, pero le explica el ambiente que van a encontrar. Ella no hace ninguna objeción, no ve problemas para ir. Se encuentran en la oficina y salen de allí para la reunión. El tiempo pasa entre copas, humo de cigarrillo, música estridente, bailes cadenciosos, incitantes. Uno de los residentes le pide que lo acompañe a comprar más alcohol, porque se agotó. Ella le dice que vaya tranquilo, que no hay lío, que lo puede esperar.

El sitio no es distante, no toma mucho tiempo ir y volver. Al regreso no la encuentra. Pregunta por ella. En principio, nadie da razón. Luego de indagar entre borrachas, borrachos, drogados, una chica le dice que tal vez esté afuera, en la terraza. Sale a la inmensidad de la noche, el lugar está atiborrado de palmas, hay plantas por todos lados, no se logran vislumbrar las cosas o los objetos. El espacio está sumido en la oscuridad, es sombrío, silencioso. Al fondo, en la espesa negrura, dos mujeres están entrelazadas en un abrazo amoroso, entregadas a los besos, a las caricias, al sexo. Se frotan frenéticamente una contra la otra, gimen, jadean. No está seguro de lo que ha visto, ni de las protagonistas.

Regresa al interior de la fiesta, sin hacer nada, sin decir nada. Tiempo después la encuentra en uno de los salones, en medio de un grupo, sonriente, con el pelo alborotado como siempre, con esa pose de leona, desenvuelto, devorador. A su lado, una rubia de pelo corto, alta, muy bien formada, asiente a todo lo que ella dice. De tanto en tanto se miran con aire de complicidad, sonríen, se tocan discretamente el brazo, o una de ellas apoya levemente la mano en la espalda de la otra. Cuando lo ve, le sonríe. Ambas se le acercan. Le presenta a la acompañante rubia, le pregunta si hace rato llegó. El trato es cordial, pero se nota cierto aire glacial, una discreta distancia. Él responde cortésmente. Después de una conversación insustancial sobre distintos tópicos, le pregunta si quiere regresar o si se va a quedar, porque él está cansado y se quiere ir. Ella dice que se van a quedar algo más, que el ambiente de la reunión es muy bueno. Se despiden con un leve apretón de manos. El agita la mano al pasar frente a uno u otro de los que están a su paso. La mayoría están sumergidos en el alcohol, en la música, en las substancias que han consumido. El frío viento de la noche lo golpea con inclemencia.

© All rights reserved Fernando Brito Ruiz

Fernando Brito Ruiz. 1954. Nacido en Alcalá (Valle del Cauca), Colombia.

Abogado

Correo electrónico britto00@hotmail.com

Dirección actual: Vía Pereira Cerritos, entrada 6 condominio Malabar casa 3, Pereira, Departamento de Risaralda, Colombia

Profesor universitario por más de 25 años

Colaborador ocasional del periódico ‘El Espectador’ que se publica en Colombia.

Recientemente se han publicado sus cuentos: Adiós, mamita, en la revista literaria Letralia, Tierra de letras, de Venezuela; La prueba, en la revista Baquiana, de Estados Unidos; Un festival, en la revista Argentina El Narratorio.

Está dedicado a escribir cuentos cortos.

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