ALGUIEN VUELVE A LLENAR LAS TARDES DE PALOMAS. René Rodríguez Soriano (in memoriam)

El Verde. 2010. Conner. Private. Collection

Quando sarei morta

non saró morta

Quando saró morta

 no sarei morta

Quando moriró

vivró e vedró

Isa Donelli

Io sono Julia.

Lo dijo así tranquilamente y se quedó mirándome con sus dos negrísimos ojos, fijos como clavos en la pared. Me quedé mirándola allí. Sentí el revoloteo de centenares de palomas. Respiré su aroma de azucena en flor. Oí un trinar de ruiseñores, y me perdí en bandas por los senderos y recovecos del olvido. Oyendo a Julia. Mirando a Julia. Sintiendo a Julia. Corriendo. Trotando. Tratando de alcanzarla, de atraerla hacía mí. Apretarla entre mis brazos, en esa tarde que se difuminaba en la plaza llena de palomas. Las ruinas del Hospital de San Nicolás de Bari al fondo, la ciudad durmiéndose de a poco, todo transcurriendo y sucediendo… y Julia, incorpórea, inmaterial, inmóvil y toda mía, y la banda tocando el viejo tema de Basie, y el saxo forcejeando, asordinada la trompeta contrapunteando con el bajo y, un como sopor, y un recordar al Satchmo, y me doy cuenta que no es Santo Domingo, que es Milano, que no son las ruinas ni hay palomas porque Isa, ahora, en este instante, entre su indefinición, su tartamudeo de español, me está diciendo que la Colomba, sí, lo mismo que paloma, este lugar en donde estamos, le produce esa sensación como de volar, de flotar, y transmutarse. Y entonces me doy cuenta que no es Julia; es Isa que me encandila con sus pupilas que me miran, apacibles, profundas, presentes.

—Io sono una giramondo.

Lo dice así, como si dijera que afuera está nevando. Y es como si se silenciara la banda, el público. Me apercibo que estamos ella y yo entre todos los que vociferan, se abrazan, beben, sonríen. Ella y yo, tratando de comunicarnos en esta especie de babel, haciendo concesiones a nuestras limitaciones idiomáticas, buscando, cada uno en nuestras lenguas maternas, raíces y desinencias de palabras para decirnos cosas entre el mar de gentes que nos rodea. Y sus blanquísimos dientes que sonríen con nerviosismo, con dejo de impotencia y yo, que creo entender cuando me explica que la rubia de la mesa contigua, la que tiene los dedos llenos de anillos, es una especie de mujer fatal, y que el gordo que la abraza es un cornudo impotente.

—¿Te piace la Metafisica?

La miro como idiotizado. Le hago saber que la comprendo, pero que se me hace sumamente difícil explicarle todo lo que estoy pensando. Quiero hablar con los ojos, con las manos. Gestos. Palabras. Miradas. Todo mi intento se da de porrazos contra la trompeta que hace un solo ahora, y el bartender que viene de nuevo y me está hablando. Yo, como un idiota, sonriendo. Ella le dice que me traiga otra ananácea. Volvemos a reír, y pienso que es cierto que es Julia, mohín, hoyuelos, persiguiendo, no las palomas ahora –los sonidos-, perdida en el gorjeo del saxo que se alza en un falssette, y el plumaje de las colombas en esta plaza que no son tales ruinas todavía (porque Isa y yo, al fin, nos encontramos en un punto común, en un lenguaje que nos identifica, tarareando el viejo éxito de Billie Holiday, rompiendo las barreras del tiempo y el espacio, mirándolos a todos en tiempo presente y vociferando, aunando sucedáneos para describir a la menuda italianita que se retuerce junto al piano, sacándole las fusas, semifusas y semicorcheas a su ronca vocecilla; compitiendo con el saxo, la trompeta, el bajo, y aquel desgarbado baterista que ya ha roto más de una docena de bolillos, aporreando endemoniadamente los tom toms, el redoblante y los platillos).

What is this thing called love?

Grita el líder de la banda y pide aplausos para la vocalista que ahora se retira nuevamente con su pesadez hacia la mesa, donde un despeinado jovenzuelo la espera para llenarla de besos y apretones; y nosotros, olvidados del bullicio, rehaciendo las palabras, los recuerdos de mis largos paseos por El Malecón de Villa Duarte, y los ojos de Julia, que pudieran ser los de Isa, pero es Isa que ahora es Julia –o pudiera ser Julia, porque, exactamente hace unos minutos, cuando tocaban el tema de Count Basie, ella me lo dijo, con sus propias palabras, en su hermoso idioma, afilando sus rojos y carnosos labios, mirándome fijamente y, como dejando volar el iris por encima de los Alpes nevados, cruzando el ancho mar, rompiendo El Ecuador y las cinco horas de diferencia, me lo aseguró con toda la parsimonia que la caracteriza, convencida:

—Io sono Julia.

Y me asalta la duda porque siento que es ciertamente Julia. Sólo que, aunque su voz es la misma, su timbre, su tono, la modulación, hay algo que no encaja: el idioma no es el mismo. Pero, pienso que el azar le juega a uno tantas vueltas. Uno se despierta un día y se encuentra andando en plena calle El Conde, luego de haber soñado que iba del brazo de Armanda por la Via S. Orsola y que, al cruzar Piazza Borromeo, se encuentra frente al Circolo Culturale “La Lepre di Marzo”, y entra. Se entusiasma, perdido entre los cuadros de esta extraña exposición individual de Guido Marchesi, que luego –de repente- se da cuenta de que no es con Armanda, sino con Barbara que contempla el impresionante diseño del catálogo y la ambientación toda; y que, bobo de entusiasmo, quiere, sueña con invitar a Julio, a Tony, y al loco de Cestero con su archivo colonial, para que inunden este original café-galería con sus paletas trópico de colores… pero no es Armanda ni Barbara. Es Julia, lo mismo da: Isa.

—Isa Donelli.

Recuerdo perfectamente cuando nos conocimos, en la “Lepre di Marzo”, debíamos encontrarnos allí porque así estaba previsto. Ella sería mi guía, mi cicerone. Me lo propuse desde el momento en que la vi entrar con aquel capote marrón oscuro, aquellos alfileres antiques y su pelo recogido y, esos ojos. Sus ojos me embobaron y me hicieron viajar en el tiempo, retrotraerme en la memoria, los recuerdos, en ese pasado de dolor y volteretas; sus ojos que, en definitiva, fueron la bujía inspiradora, la pista que me hizo acercar a ella, buscarla. Porque –pensé- me guiará, me acompañará en esta ciudad lejana y embrujante; una mujer como ésta me ayudará a derretir la nieve y las barreras de incomunicación. Es como Julia, es más, es Julia esta mujer –me dije y la abordé-. Fue cuando me entregó su nombre y su tarjeta personal, cuando comprendimos que coincidíamos en el mismo lugar de trabajo, y comenzamos a comunicarnos en nuestro glíglico lenguaje cortazariano (mitad italiano, mitad español; muchos ojos, muchas manos, hojitas arrancadas a las agendas y libretas para tratar de graficar lugares y detalles de cosas; para conocernos, para vivir Milano, para vivir Italia. Y yo, hablarle de Julia. Y ella, de Armando. Julia, esa mujer tan familiarmente desconocida que me hizo vivir la tarde más ensoñadora e inolvidable de mis días que, así como apareció, se fue de mi vida. Todo en una sola tarde y para siempre. Armando, todo un personaje –celoso, dormilón, juguetón, posesivo y majestuoso- el gato más encantador de toda Italia, el guarro consentido de la Isa).

—Caro amico.

Me lo dice así, con ese calor que derrite toda la nieve que hay allá afuera, que dulcifica más el grave vozarrón del trompetista que ahora canta, tratando de enternecernos, edulcorándonos, mientras yo le acompaño, y la miro, cuando Isa/Julia me mira, me oye, en este inglés de trapisonda, en este punto común donde logramos encontrarnos, y aguza los oídos, y oye mi voz que trata de afinar, de hacer dúo con el ronco trompetista, copia negativa del gran Satchmo.

Little Girl it’s time for bed/ Let’s find your teddy bear…

Y me siento tan cerca de Isa, como aquella tarde de Julia, y me enternece tanto el que esta banda haya tocado esta canción.

When the circus comes to town/ We’ll both go see the clowns with you…

Y la tomo de las manos, y le hago saber que, en mi idioma, se dice querido amigo, querida amiga, en su caso; y le comunico, por mi tacto, más calor, para derretir la nieve de allá afuera y, acá adentro, culmina la canción:

Close your eyes nigthy night/ I love you Little Girl…

Y me enternezco. Algo me sacude. Siento un frío que me cruje en los huesos y en los dientes. Es como si se fuera apagando cual pabilo, siento que se va ausentando, como aleteo de palomas, y pienso en Julia. Recuerdo a Luisa, y todas esas volteretas que continúo dando por la avenida San Vicente de Paúl, tratando de repetir la tarde de la plaza de las palomas, y no es Armanda, y no es Barbara. Sé que sentí frío cuando se retiró para ir al baño, cuando el mozo trajo nuevos tragos de ananácea, y le pagué las mil 895 liras y le regalé 500 de propina; en el mismo momento en que la rubia se iba con un imberbe, y dejaba al gordo cornudo durmiendo una borrachera, con la cabeza sobre la mesa y una notita frente a la nariz que se achataba sobre el cenicero repleto de colillas. La vi, a Isa, alejarse, caminar firme y segura hacia el baño, y era Julia. Puedo jurarlo, era Julia. Se volteó, me sonrió, guiñó un ojo, y me quedé mirando que lucía un poco pálida, y me dije que no era Julia; era más pálida. Los mismos ojos; más alta. La misma boca; más delgada. La misma sonrisa; esa sonrisa poblada de palomas. Diferenciándose en la voz, esa voz que se empecinaba en demostrarme y convencerme de que era cierto que ella era Julia; la que se inmaterializaba, incorporeizándose, y elevándose ante mis ojos, y desapareciendo de este lugar, donde nadie parecía haberse dado cuenta de nada, y la banda terminaba sin contratiempos su función y ya, hacía rato, había dejado de nevar afuera. Su nombre, Julia (1991)

Publicado en Nagari #3 Ceci n´ est pas Mexique

 

© All rights reserved René Rodríguez Soriano

René Rodríguez Soriano (Constanza República Dominicana, 1950, QEPD Texas, EEUU, 2020), escritor dominicano que goza de amplio reconocimiento y prestigio internacional; ha recibido distinciones como el Talent Seekers International Award 2009-2010, el Premio uce de Poesía 2008, el Premio uce de Novela 2007, el Premio Nacional de Cuentos José Ramón López de República Dominicana (1997), entre otros. De sus libros publicados destacan: Raíces con dos comienzos y un final (1977), Todos los juegos el juego (1986); Su nombre, Julia (1991), La radio y otros boleros (1996), Queda la música (2003), Sólo de vez en cuando (2005), Apunte a lápiz (2007), El mal del tiempo (2008), Rumor de pez (2009), Tientos y trotes (2011) y Solo de flauta (2013). Se radicó en  Estados Unidos en 1998, desde donde desarrolla una intensa labor de difusión y promoción de la literatura iberoamericana a través de la revista mediaIsla. (http://mediaisla.net/revista http://rodriguesoriano.net)

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