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Noviembre 2026

NADIE PUEDE COMPRAR LA LLUVIA. Erendira Paz López

El dos de noviembre, cuando México honra a sus Fieles Difuntos, preparo su altar con el amor de quien espera una llegada. Dispongo sus platillos y el café de olla; quisiera que el aroma guiara hasta aquí al hombre rarámuri con el que crecí, que reconociera algo suyo en esta tierra lejana y se sintiera en casa. Que por una noche la distancia fuera apenas el espacio entre su lugar y el mío.

Su piel morena brillaba como cobre bajo el sol del mediodía. Había en su cuerpo y en su alma la firmeza de un árbol centenario; miraba de frente la vida dura. Sus manos, agrietadas por el trabajo honesto, dieron cobijo a su descendencia, hoy también agrietada, como tierra seca. Cuánto hace falta su corazón amplio entre los suyos, aquella paciencia silenciosa con la que sembró amor y esperanza, día tras día, sin esperar recompensa.

Dicen que el tiempo todo lo borra, pero aún puedo reconocerlo en el olor del cigarro barato y en el café que mi mami le preparaba, mañana y tarde, en su olla de peltre azul con puntitos blancos. La veo todavía. Alrededor de ella vuelve la casa, vuelve él, vuelve el tiempo en que acercarme era tan sencillo como ir a sentarme a su lado.

Amaba la lluvia. Se quedaba quieto mirándola caer y decía, con aquella voz profunda que calmaba tormentas: «Ven, siéntate… mira qué milagro es la lluvia, es el regalo más bello y deseado, y nadie lo puede comprar».

Hoy comprendo aquellas palabras. Cuando llueve, me quedo observándola, como él lo hacía. Respiro profundamente el aroma de la tierra mojada y aquella paz vuelve despacio. Regreso a nuestras largas pláticas, a su café a un lado y el cigarro entre los dedos. Le cuento lo que me duele, lo que me alegra, cómo ha cambiado la vida desde que se fue. La lluvia me concede ese tiempo con él, y algo de su calma vuelve conmigo.

Su raíz rarámuri quedó honda en mi vida. La llevo hasta esta tierra donde la lluvia cae sobre otros árboles y, sin embargo, despierta el mismo olor de mi infancia. Por un instante puedo estar aquí y estar con él, respirar el aire de aquella tarde sin que los años se interpongan.

La ausencia ha caminado conmigo hasta esta casa donde hoy preparo su altar. Llueve aquí y llueve allá donde crecí con él. Frente al café que humea, acerco mi silla como cuando me invitaba a sentarme. Esta vez soy yo quien le hace un lugar, quien le habla bajito: «Ven… quédate otro poquito».

 

 

 

 

© All rights reserved Erendira Paz López

 

 

Erendira Paz López. Psicóloga clínica egresada de la Universidad Autónoma de Sinaloa (2006–2011), con especialización en salud mental, psicoterapia humanista, género y adicciones.

Ha trabajado en instituciones como el Hospital Pediátrico de Sinaloa, clínicas de rehabilitación y programas de formación con CEPAVIF y SEMUJERES.

Colaboradora en medios como TV Azteca Culiacán, TVP, Grupo ACIR y la revista Gente Sinaloa.

Cuenta con certificaciones otorgadas por CONOCER, CONADIC y la CNDH en violencia, derechos humanos y atención psicosocial.

Entre 2019 y 2022 coordinó en Culiacán las acciones de la Ley Sabina, enfocadas en la defensa de los derechos económicos y judiciales de madres e infancias.

Actualmente reside en Canadá, donde ejerce como terapeuta, acompañando a mujeres migrantes en sus procesos de empoderamiento, reconstrucción emocional y fortalecimiento.

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