Hay cosas que no se aprenden cuando alguien intenta explicárnoslas. Podemos escucharlas muchas veces e incluso repetirlas como propias, pero sólo adquieren sentido cuando la vida decide colocarlas frente a nosotros. Entonces entendemos que saber algo no equivale a comprenderlo y que algunas verdades necesitan tiempo, pérdidas y despedidas antes de encontrar significado.
Durante años creemos que podemos administrar el tiempo, aplazar conversaciones, dejar sueños esperando mientras atendemos asuntos que parecen más urgentes. Vivimos como si siempre hubiera un después. Hasta que un día miramos hacia atrás y descubrimos que aquello que llamábamos presente ya pertenece a una historia que no podemos modificar. Quizá ahí comienza cierta forma de madurez: cuando dejamos de creer que el tiempo nos debe oportunidades.
La costumbre puede ser refugio y prisión. Nos acostumbramos a personas, lugares, silencios e incluso a aquello que nos lastima. Permanecemos porque conocemos el terreno o porque partir significa enfrentarnos a lo desconocido. El miedo sabe disfrazarse de prudencia y el apego, de amor. Lo difícil no siempre es irse; a veces lo verdaderamente difícil es admitir cuánto tiempo llevábamos queriendo hacerlo.
Las personas también se revelan con el tiempo. No siempre es la adversidad la que muestra quiénes son; a veces lo hace el poder. Con los años comenzamos a admirar otras formas de riqueza: la serenidad de quien no necesita demostrar cuánto vale, la inteligencia de quien comparte sin humillar, la dignidad de quien trabaja sin avergonzarse y la humildad de quien, habiendo llegado lejos, todavía recuerda de dónde viene. Tal vez la verdadera grandeza tenga menos que ver con aquello que conseguimos que con aquello en lo que decidimos no convertirnos para conseguirlo.
La verdad exige valor. Puede modificar relaciones e incluso dejarnos solos. Durante mucho tiempo confundimos ser fuertes con soportarlo todo, cuando a veces el mayor acto de valor consiste en decir basta. No siempre marcharse significa rendirse. Hay lugares de los que uno tiene que salir precisamente para no terminar perdiéndose dentro de ellos.
También aprendemos que la libertad no llega solamente cuando dejamos atrás aquello que nos lastima. A veces uno se marcha y continúa viviendo durante años bajo las mismas culpas, los mismos miedos, las mismas voces. Hay cárceles que sobreviven mucho tiempo después de haber abierto la puerta.
Perdonar forma parte de esa libertad. No creo en un perdón que obligue a olvidar ni que exija regresar al lugar donde fuimos lastimados. Hay heridas que vuelven a doler aun después de haber perdonado. Quizá sanar no sea conseguir que desaparezcan, sino impedir que sigan decidiendo por nosotros.
Amar también exige aprender a soltar. Los hijos quizá sean la expresión más profunda de esa contradicción. Llegan dependiendo de nosotros y pasamos años preparándolos para caminar solos; sin embargo, cuando comienzan a hacerlo, algo dentro se resiste. Sabemos que nunca nos pertenecieron, pero saberlo no evita el dolor de descubrir que su libertad también significa una vida en la que nosotros dejaremos de ser el centro.
Con el tiempo dejamos también de contar amistades y comenzamos a reconocer presencias. Algunas personas permanecen incluso desde lejos; otras, estando cerca, hace mucho dejaron de acompañarnos. La familia puede ser refugio y pertenencia, pero ningún vínculo debería utilizar su nombre como permiso para herir.
Y luego está la muerte. Durante años la pensamos como algo que les sucede a otros, hasta que adquiere un nombre, un rostro, una fecha. Entonces comprendemos algo para lo que nadie nos prepara: la muerte no sólo nos quita personas; también nos quita la versión de nosotros que existía con ellas. Cuando alguien muere, desaparece también la persona que éramos a su lado. Tal vez por eso ciertas ausencias no terminan de irse: porque no sólo extrañamos a quien murió, también extrañamos quiénes éramos cuando todavía estaba.
Quizá ahí encuentre sentido la fe. Creo en Dios, no porque la fe me haya dado respuestas para todo, sino porque me permite conservar esperanza cuando la razón ya no alcanza. Hay preguntas que siguen abiertas y quizá algunas deban permanecer así.
Después de vivir no obtenemos todas las respuestas. Apenas reunimos algunas certezas, y muchas llegan tarde. Tal vez la vida no pretenda enseñarnos a saberlo todo, sino a reconocer, mientras todavía tenemos tiempo, qué merece permanecer, qué necesitamos dejar ir y a quiénes debemos amar antes de convertirlos también en recuerdo.
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Erendira Paz López. Psicóloga clínica egresada de la Universidad Autónoma de Sinaloa (2006–2011), con especialización en salud mental, psicoterapia humanista, género y adicciones.
Ha trabajado en instituciones como el Hospital Pediátrico de Sinaloa, clínicas de rehabilitación y programas de formación con CEPAVIF y SEMUJERES.
Colaboradora en medios como TV Azteca Culiacán, TVP, Grupo ACIR y la revista Gente Sinaloa.
Cuenta con certificaciones otorgadas por CONOCER, CONADIC y la CNDH en violencia, derechos humanos y atención psicosocial.
Entre 2019 y 2022 coordinó en Culiacán las acciones de la Ley Sabina, enfocadas en la defensa de los derechos económicos y judiciales de madres e infancias.
Actualmente reside en Canadá, donde ejerce como terapeuta, acompañando a mujeres migrantes en sus procesos de empoderamiento, reconstrucción emocional y fortalecimiento.