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Julio 2026

LOS DRAGONES DE LEONARDO. Fedosy Santaella

 

Leonardo Da Vinci dibujó dragones en sus cuadernos. Y se habla, sí, de los cuadernos de Leonardo, pero una buena parte de estos eran originalmente hojas sueltas que, luego de su muerte, fueron encuadernadas. De hecho, en el Códice Arundel leemos una anotación hecha en Florencia, el 22 de marzo de 1508, donde Da Vinci dice que dará inicio a un cuaderno que «será una colección sin orden alguno, elaborada a partir de muchas hojas sueltas».

Pero también usaba cuadernillos. Solía cargar con uno que era llamado libricino o librettino. Lo llevaba colgado del cinto con el fin de anotar y dibujar sus ideas o para registrar lo que veía a su alrededor. En ellos escribía con letra menuda para ahorrar espacio.

Muchas de sus anotaciones las hizo en espejo, es decir, de derecha a izquierda; se dice que lo hacía para ocultar su contenido a lectores indiscretos, o espías. También es sabido que escribía con tiza color terracota, lo que hizo que sus páginas tuvieran al cabo de los años (de los siglos) un aspecto terroso, como de más antiguo que lo antiguo. El color, la letra apretada, la sintaxis invertida les otorgan a sus cuadernos un estilo muy particular.

Creo que hay una estética de las libretas hecha de errores, improvisaciones, prisas y destellos, pero que al final termina, digamos, ateniendo al temperamento de su autor. En esa repetición «sin estilo» hay, sin duda, una estética. Da Vinci, por ejemplo, dibujaba y escribía buscando completar el espacio; en otras oportunidades se iba por lo simple: tan sólo acomodaba un dibujo o varios. Pero no era común que dejara una anotación a solas, con frecuencia había un bosquejo cerca del texto. Porque Leonardo, sobre todo, miraba. Su escritura era una forma también de mirar, de seguir presentando y pensando en las imágenes. Hasta cuando realizó la famosa lista de palabras en latín para perfeccionar su vocabulario, incorporó uno que otro dibujo, caricaturas en este caso.

Pienso en esa lista del Códice Trivulziano y en la difícil relación del polímata florentino con el lenguaje. No era éste su don más destacado. Leonardo no pudo ir a la universidad por ser hijo ilegítimo y de allí que no le fue dado adentrarse en el latín y el griego, que se aprendían, por supuesto, en las aulas de las altas instituciones. La lista hace evidente su preocupación: con ella buscaba tener un registro de palabras que pudieran ser usadas para que sus textos o conversaciones lucieran cargadas de autoridad académica.

Con todo, las palabras para él parecen ser un sustento de la mirada, su verdadera forma de conocer el mundo. De hecho, cuando enumera los sentidos, lo hace en orden de importancia: «Los cinco sentidos son: la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato». También llega a escribir: «El ojo, la ventana del alma, es la vía principal por donde el entendimiento puede más copiosa y magníficamente considerar las infinitas obras de la naturaleza».

 Pero para Leonardo mirar es también obrar. Con él no se trata tan sólo de reproducir la realidad a través del dibujo y la pintura, sino también de crear imágenes inéditas de objetos que aún no han nacido. Visionar es creer que son reales cosas inventadas, y Leonardo, en el sentido positivo de esa idea, tuvo la capacidad de visionar imágenes, objetos para el futuro. Era así un visionario: concebía realidades que aún no existían. Tan sólo pensemos en la máquina para volar, en su autómata, en su traje de buzo, en sus múltiples aparatos de guerra. Aquellas entelequias, se ha comprobado, no eran insensateces, sino producto de su genio, de su adelanto a los tiempos. Sí, visionaba, y sí, era un visionario: creía en el poder de la mirada, en la imagen como fuente infinita de producción de cosas existentes, pero también inexistentes. ¿De acá a la mirada del poeta cuánta cercanía o cuánta distancia, cuántas formas de conocimiento entre el mirar para el poema y mirar para descubrir nuevos objetos, nuevas realidades?

Da Vinci tenía sus puntos de vista al respecto. Quitaba, insisto, crédito a las palabras, tanto que, en sus anotaciones, disminuía mucho la importancia de los poetas. Así llega a decir en otro de sus escritos:

¡Ea, pues, poeta! Describe una belleza, sin representación de cosa viva, capaz de despertar en los hombres semejantes apetitos. Si tú dices: «Yo te describiré el infierno o el paraíso y otros horrores o delicias», el pintor te aventajará, en silencio, con iguales delicias, o inspirándote el deseo de huir con los horrores imaginarios de sus pinturas. La pintura excita los sentidos más pronto que la poesía.

Para Leonardo, el lenguaje era insuficiente, y así dice: «Infinitas cosas hará el pintor que no podrán designarse con palabras, por carencia de vocablos apropiados. ¿No ves, en efecto, que si el pintor quiere figurar animales o diablos en el infierno, la abundancia de sus invenciones no tendrá límite?»

Quedan claras sus diatribas con el lenguaje, y también su filosofía de la mirada: no sólo sirve para la contemplación y la representación del mundo, sino también para regalar la abundancia de sus invenciones a otros ojos, al mismo mundo.

No nos hemos ido del inicio, aunque dimos una larga vuelta. Al principio hablamos de dragones, y hacia allá vamos. En los cuadernos de Leonardo, lo he dicho, hay dragones. Esbozó una buena cantidad, pero también escribió sobre ellos. En el Códice Atlanticus dejó incluso un texto titulado «Come debi fare parere naturale l’animale finto»; es decir, cómo hacer (dibujar) un animal falso (finto) o fantástico:

No puedes hacer ningún animal que no tenga semejanza con otro; de modo que, si quieres que un animal falso parezca natural, digamos una serpiente dragón, toma la cabeza de un sabueso, los ojos de un gato, las orejas de un puercoespín, la nariz de un lebrel, las pestañas de un león, las sienes de un gallo viejo y el cuello de una tortuga.

Así, a pesar de su reyerta con las palabras, el maestro no dejó de hacer anotaciones en sus libretas. En el libro Aforismos, compilado por el traductor de E. García Zúñiga, las entradas registradas como las 496, 497 y 498, se me antojan particularmente maravillosas en cuanto a los dragones.

            Acá las dejo:

  1. Dragón. Va enlazado con otro a manera de zarza, y pasa los pantanos nadando con la cabeza levantada, en busca de mejor postura. Si no se uniera de ese modo, perecería ahogado: de allí que esta imagen sea modelo de concordia. Cuando el dragón ve un pájaro que vuela por el aire, le arroja un tan fuerte soplo de su aliento que lo hace caer en su boca.

  1. Marco Régulo, cónsul del ejército romano, fue asaltado por uno de estos animales y estuvo a punto de verse aniquilado, él y su gente. Se logró matarlo con una máquina de guerra, y se halló que medía ciento veinticinco pies o sesenta y dos brazas y media. Su cabeza se elevaba sobre todos los árboles de una selva.

  1. Combate con el elefante anudándole las patas con la cola y rodeándole las costillas con las alas y las garras, mientras le destroza con los dientes la garganta. El elefante cae vencido sobre el dragón y lo aplasta con su peso; y así, muriendo, se venga de su enemigo.

(De Las libretas, Abediciones, Caracas, 2023)

 

 

 

© All rights reserved Fedosy Santaella

 

Fedosy Santaella (1970). Es autor de libros de relatos y novelas, entre ellos los libros de relatos Piedras lunares, Ciudades que ya no existen, Instrucciones para leer este libro y Terceras personas, y de las novelas Rocanegras, Las peripecias inéditas de Teofilus Jones, En sueños matarás, Los escafandristas y El dedo de David Lynch, esta última con la editorial Pre-Textos en España. En 2006 ganó la bienal internacional José Rafael Pocaterra en narrativa. En 2009 fue elegido para participar en el Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa. En 2010 quedó entre los diez finalistas del Premio Cosecha Eñe de España. En 2013 ganó el concurso de cuentos de El Nacional. Ese mismo año estuvo entre los nueve finalistas del premio de novela Herralde. En 2015, quedó finalista del Premio de la crítica a la novela con Los escafandristas. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés, al chino, al esloveno, al turco y al japonés.

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