A esa hora la ciudad ya había decidido quién era cada uno.
Los que volvían con paso firme, los que miraban el celular para no mirar a nadie, los que apuraban el último colectivo como si todavía hubiera algo que alcanzar. Él caminaba entre todos, sin apuro, dejándose llevar.
Había salido tarde del trabajo. Otra vez.
No porque tuviera demasiado que hacer, sino porque le costaba irse. Como si al quedarse unos minutos más pudiera justificar el día.
En el ascensor apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos un segundo. El espejo devolvía una imagen que no terminaba de reconocer: la camisa arrugada, el nudo de la corbata apenas flojo, una marca roja en el cuello. Pensó en acomodarse, pero no lo hizo. Nadie lo estaba mirando.
Cuando se abrieron las puertas, salió sin prisa y cruzó el hall con esa sensación leve —ya conocida— de estar llegando a un lugar que no le pertenecía del todo.
El departamento estaba en silencio.
Siempre estaba en silencio.
Dejó las llaves en la mesa, apoyó la mochila en el suelo y se quedó de pie unos segundos, como si hubiera olvidado qué venía después. La rutina existía, claro: prender la luz, abrir la heladera, decidir si tenía hambre o no. Pero había algo en ese orden que ya no funcionaba como antes. Como si las cosas siguieran ocurriendo, pero sin él.
Caminó hasta la habitación y abrió el placard.
El traje estaba ahí, donde siempre. Colgado con cuidado, separado del resto de la ropa.
Limpio. Intacto. Esperando.
Lo miró sin acercarse.
Durante un tiempo —no sabría decir cuánto— había sido al revés. Era él el que lo buscaba, el que necesitaba ponerse eso para que el día empezara de verdad. Para que algo, al menos por unas horas, tuviera sentido.
Ahora no.
Ahora el traje parecía saber algo que él no.
Se aflojó la corbata del todo y la dejó caer sobre una silla. Se sentó en la cama sin sacarse los zapatos y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Afuera, el ruido de la calle subía amortiguado, como si viniera de otro lugar.
Pensó en el día.
En lo poco que había pasado.
Y, sin embargo, estaba cansado.
Pidió algo para comer sin pensar demasiado. Algo sencillo, rápido. Confirmó el pedido casi sin mirar y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, como si así pudiera acelerar el tiempo.
Encendió el televisor. Recorrió las opciones sin verlas realmente: imágenes que pasaban, títulos en otros idiomas, caras que prometían algo que no terminaban de explicar. Eligió una película al azar, extranjera, subtitulada. Le pareció que eso, al menos, le daba cierta consistencia a la noche.
A los pocos minutos ya no estaba mirando.
Miró el teléfono. Dudó un segundo y llamó a un amigo.
Atendió enseguida.
Hablaron de lo mismo de siempre.
Las mismas quejas, los mismos comentarios irónicos, las mismas pequeñas exageraciones que en otro momento le habían parecido necesarias. Se escuchó a sí mismo reír en los lugares correctos, decir lo que correspondía, sostener una conversación que ya conocía de memoria.
En algún punto dejó de prestar atención.
Esperó una pausa, inventó una excusa breve y cortó.
La comida llegó poco después. Comió sin hambre, apoyado en la mesa, mirando de reojo la pantalla donde la película seguía avanzando sin él. Cuando terminó, apartó sin ganas el envase a un costado. No lo tiró.
Se levantó y caminó otra vez hasta la habitación, esta vez con pasos apurados de una urgencia que no entendía.
El placard seguía abierto.
El traje, en su lugar.
Se quedó mirándolo un rato largo. Sin moverse, como si ya formara parte de él.
Había algo en esa imagen —tan simple, tan quieta— que lo retenía más que cualquier otra cosa. Como si ahí, en ese espacio reducido, no estuviera colgada una prenda, sino una forma más nítida de sí mismo. Una versión que no dudaba, que no se detenía a pensar demasiado, que no necesitaba justificarse.
Durante un tiempo había creído que ese era él.
Que el resto —el cansancio, las decisiones a medias— eran apenas interferencias.
Ahora ya no estaba seguro.
El traje no parecía haber cambiado. Seguía teniendo la misma precisión, la misma promesa de ajuste perfecto.
Era él el que no terminaba de ajustar.
Sintió, por un momento, una incomodidad casi física. Como si al acercarse demasiado algo fuera a quedar en evidencia. No un defecto, exactamente. Más bien una distancia. Una pequeña desalineación entre lo que podía ser y lo que efectivamente era.
Estiró la mano para tocarlo, pero no lo hizo.
Se quedó ahí, en el umbral, sin avanzar.
Giró apenas la cabeza.
En la mesa de luz, la única foto. Su madre.
La tomó con cuidado.
La sonrisa le salió sin pensarlo, breve, casi infantil. Como si algo en él reconociera ese gesto antes que cualquier otra cosa. Ella siempre había sabido entender. Siempre había encontrado la forma de que todo fuera un poco más liviano, de que nada terminara de volverse grave, ni definitivo.
Se quedó mirándola unos segundos más.
Después, en un movimiento casi involuntario, abrió el cajón.
El retrato de su padre estaba ahí.
Como si lo hubiera estado esperando.
El mismo gesto de siempre. La misma rigidez en la cara, esa forma de mirar que no terminaba de ser enojo, pero tampoco aprobación. Como si algo faltara, y él tuviera que saber qué.
Lo tomó.
Se quedó un momento sosteniéndolo, abrazando con sus dos manos el marco. Como tratando de descifrar un mensaje oculto, sin saber bien por qué.
Después empezó a caminar por la habitación, despacio y sin apuro. Llevando el retrato en la mano por delante, como quien avanza en un bosque desconocido, guiado por una brújula.
Se detuvo frente al placard abierto.
El traje seguía estando ahí.
Lo miró fijo. Y por primera vez en toda la noche, la idea de ponérselo volvió con fuerza. Más nítida, más concreta. Como si no fuera una posibilidad lejana, sino algo que podía ocurrir ahora mismo.
Apretó un poco el retrato entre los dedos.
El impulso se detuvo ahí.
La imagen del padre —quieta, fija, inalterable— parecía interponerse sin moverse. No como una prohibición clara, sino como algo más sutil. Una medida. Un límite. Una forma de señalar, sin palabras, que eso no alcanzaba.
Se quedó así, unos segundos.
Después bajó la mano.
Fue hasta la cocina, abrió un cajón y sacó lo que había dejado guardado ahí hacía unos días. Lo preparó con movimientos lentos, conocidos, sin apuro. Volvió a la habitación y se sentó en la cama, en la misma posición de antes.
Encendió.
El humo llenó el aire de a poco, suavizando los bordes de todo. La respiración se hizo más profunda. Más fácil. Afuera, la ciudad seguía en lo suyo, pero ya no importaba tanto.
Levantó la vista.
El traje seguía ahí, esperándolo.
Lo miró como se mira algo que pertenece a otro tiempo.
Recordó.
Esta vez no fue una sensación difusa.
Bajó la mirada y, casi sin pensarlo, pasó los dedos por el golpe. Todavía estaba ahí. Apenas visible, pero firme.
No había desaparecido.
Y con ese contacto volvió todo.
No como antes —fragmentado, impreciso— sino de golpe.
La velocidad. El vértigo. La claridad absoluta de saber qué hacer en cada instante.
Hubo un tiempo en que esa certeza era total.
La idea —fuerte, casi indiscutible— de que había un lugar para él en todo eso.
Y también el error, el único que no podía corregirse. El día que se puso el traje por última vez, y estuvo a punto de costarle todo.
El día que murió su padre.
Inhaló otra vez.
Por un momento le pareció que todavía podía volver. Que bastaba con levantarse, dar unos pasos, y estirar la mano.
Pero no se movió.
Se quedó ahí, sentado, dejando que el humo se disipara lentamente entre él y el traje.
La distancia era mínima.
Y, sin embargo, imposible.
Como si ya no fuera él.
FIN
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Luis Eduardo Juanicó
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Luis Juanicó es investigador del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina) y escritor de narrativa breve con enfoque en la intersección entre lo simbólico y lo conceptual. Ha publicado dos libros de cuentos en KDP (Amazon).
Reside en San Carlos de Bariloche, Argentina.