VOCES Y PRESENCIAS DEL MUNDO MAYA VIVO EN GUATEMALA. Adriana Herrera Téllez

A los mayas, esos inventores del cero que concibieron el infinito; astrónomos que superaron en la precisión de sus observaciones ─particularmente en las del planeta Venus─ a otras culturas del mundo antiguo, suele pensárselos desde el exterior como si fueran parte de un pasado ya extinto. Con la llegada de los conquistadores, su refinada civilización, magistral en la “domesticación del tiempo[1]” y, por tanto, creadora de uno de los calendarios más complejos y perfectos, fue sometida al silencio de los pueblos vencidos.  Pero un viaje por la tierra de los antiguos mayas en sitios históricos de Guatemala, nos pone en contacto no sólo son las supervivencias de ese universo mágico[2] sino con la experiencia clara de que las voces y presencias mayas emergen ahora con una fuerza renovada por el empoderamiento de las comunidades.

Arribamos a Chichicastenango, el centro donde se concentró la población maya más extensa, el pueblo Quiché, tras ser derrotados por Pedro de Alvarado en 1524, en un viaje organizado por dos mujeres líderes, empecinadas en revelar al mundo los valores culturales y humanos de su país: Anaité Castillejo, vicepresidenta de la Comisión de Turismo Sostenible de la Asociación Guatemalteca de Exportadores, AGEXPORT, y Dagmar Moreno, coordinadora de la misma comisión. Entrar al mercado más extenso y conocido del país, no sólo es asistir a un festín de aromas, colores y texturas, producidos por la enorme variedad de frutas, flores, animales y vegetales de toda clase, sino atestiguar la pervivencia de uno de los centros de comercios más activos desde antes de la llegada de los españoles. En medio de la abundancia de coloridos productos naturales y artesanales, la experiencia del recorrido se transforma en algo extraordinario a medida que uno descubre el impresionante laberinto textil que va desplegando en el mercado todo un lenguaje colectivo no verbal: algodones de colores urdidos cifran el simbolismo de un mundo que contiene visiones del mundo maya ya asentadas en la memoria cultural colectiva, pero que, además, forman parte de la vida cotidiana y del propio atavío de las mujeres. Hay cubículos donde cintos, huipiles o blusas, faldas o cortes, y otras prendas textiles parecieran “tapizar” las paredes hasta casi el techo, bien sea con un predominio monocromático ─del rojo por ejemplo─, mientras otros despliegan múltiples colores. Como los teñidos se hacen a mano con fibras vegetales no hay nunca dos tonos iguales y esta característica nos sumerge en un mundo de figuras de infinidad de colores que contienen mensajes cifrados: no sólo abstracciones geométricas tejidas que hablan de las cosas que existen y son significativas para la cultura, sino ornamentaciones rituales ─aunque también decorativas─ que reafirman una forma de belleza que, en el caso de los mayas,  busca invocar, recordar y adorar al Creador y Formador[3].

La investigadora Bárbara Knoke de Arathoon, autora de Huellas prehispánicas en el simbolismo de los tejidos mayas de Guatemala, comprendió que trajes y tejidos conforman “un lenguaje colectivo” diverso y complejo, e identificó “símbolos como los surcos, el centro, el palo o árbol de la vida, el plato de ofrenda ritual, el chompipe o pavo de la fiesta [de casamiento] muerto, y la serpiente”, en la acción de “sembrar”, como dicen las tejedoras sobre el proceso de su labor, “figuras que se bordan o tejen a medida que se elaboran tejidos en el telar de cintura, de origen precolombino”. En el mercado, una tejedora nos explica, al guía, el maya K´iche´ Tomás Morales Saquic, y a mí, el simbolismo de las franjas que se repiten en la composición de su tejido ─un paño cuadrado en el que predominan figuras de azul turquesa al índigo, pero donde destellan pequeños círculos de amarillo quemado─ como la representación de cuatro figuras: “el ave quetzal, símbolo de Guatemala, la estrella sobre la montaña y el maíz amarillo”. Al nombrar la planta sagrada da vida a una línea del libro sobre el origen de los Kʼicheʼ, El Popol Vuh o Popol Wuj: “De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo la carne del hombre, de maíz se hicieron sus brazos y sus piernas”. Sólo los hombres de maíz vivieron porque usaron sus lenguajes para adorar al corazón del cielo.

El libro sagrado de los K´iche´, cuyo nombre significa “Libro de la Comunidad”, o “Libro del Consejo”, fue transcrito de modo anónimo, en caracteres latinos entre 1554 y 1558, y, como precisó Sam Colop (1955-2011), lingüista nativo traductor de la más reciente versión en su Popol Wuj, el antecedente de su manuscrito “sólo pudo ser un texto jeroglífico” o pictográfico que contenía la parte mitológica, aunque no la parte histórica que “todavía estaba ocurriendo”. Y fue en los alrededores del mercado de Chichicastenago, donde se alza el antiguo Monasterio de Santo Tomás y su icónica iglesia, donde en el siglo XVIII, el fraile dominicano Francisco Ximénez, hizo un manuscrito que contenía la transcripción en Kʼicheʼ con columnas paralelas de su versión al español. Después de ver, en el interior del monasterio, la placa que reconfirma la labor del “cura doctrinero”, regreso a la Iglesia de Santo Tomás y atestiguo la profunda devoción con la que una familia ora en lengua maya frente al altar con íconos católicos. Sin poder discernir sus palabras tengo la impresión de que su plegaria invoca al Dios de los cristianos en el que se encarnó la memoria lejana de el “Madre y Padre de la vida/ de la existencia;/ dador de la respiración,/ dador del corazón./ El Creador y Pálpito de la luz, de la eternidad; de las hijas nacidas en claridad/ de los hijos nacidos en claridad. El que medita, el que conoce de todo lo que existe…”[4].

Construida en 1542, su arquitectura colonial no sólo alberga riquísimas iconografías de la época, sino se ha constituido en el único o el templo principal en el que los líderes mayas realizan rituales provenientes del mundo prehispánico. En los 18 escalones que preceden la puerta principal ─número que representa el mismo número de meses de 20 días del calendario lunar maya─ observo a las mujeres portadoras de flores amarillas y de otros colores, que se adquieren como ofrenda, y a las ancianas que alimentan las brasas encendidas en las que se quema copal y otras maderas para obtener incienso. En el interior del templo, las familias prenden velas, en pequeños andamios dispuestos en el suelo en el espacio central y elevan sus oraciones en la misma lengua del libro que Fray Ximénez tradujo como Popol Buj. Una copia de la época se guarda a la vuelta de la esquina, en un pequeño museo dedicado al libro, al que nos conduce un adolescente después de ofrecernos un pequeño atabal decorado con la figura de un mono. Según una joven maya que lo acompaña, el instrumento tradicional fabricado con bambú se relaciona con “el baile de los monos” ─la Danza del Palo Volador─ que se celebra en diciembre: “un señor frente de la Iglesia se viste de mono en el mes de diciembre y baila frente a la iglesia, mientras otros participantes llevan máscaras de jaguar y otros animales”, nos cuenta. Luego, como los desafortunados hermanos de Junajpu e Cbalamke, los gemelos del libro sagrado, Hunbatz y Hunchouén, cuya ocupación era tocar la flauta y cantar, pero que en castigo por una fechoría se convirtieron en monos después de subirse a los árboles, los danzantes ascienden a la cúspide del palo y ejecutan un “vuelo” ritual. La danza proviene de lo descrito en el antiguo texto sagrado que en la primera versión en dos lenguas se identifica como Manuscrito de Chichicastenango y cuya primera frase dice: “Este es el origen de la antigua verdad”. Y a la vez, la misma danza misma está representada en miniatura en el Museo de las Máscaras Ceremoniales fundado por el historiador maya Luis Ricardo Ignacio y administrado por la familia Ignacio Calel, orgullosa de ser la sexta generación en trabajar las máscaras de madera y confeccionar los trajes para las danzas rituales. Su labor, sin duda, es otro modo de pronunciar esa “antigua verdad” que pervive, quizás entretejida con las revelaciones del Dios que, en lugar de flores e incienso, se ofreció a sí mismo. También los gemelos murieron y renacieron y antes de subir al cielo derrotaron a los oscuros señores del Inframundo. Y sin duda, son estas prácticas vivas las que hacen aún más poderosas colecciones arqueológicas como las del Museo Popol Vuj de la universidad Francisco Marroquín, donada por Jorge y Ella Castillo, con sus vasos estilo códice, o el del dios del maíz sentado en una canoa, y las ilustraciones de los gemelos y los monos del libro o el modelo de la ciudad sagrada de Tikal.

Las nuevas batallas entrelazan de algún modo los legados míticos con la organización de las comunidades. En San Juan La Laguna, uno de los 12 pueblos que rodean el Lago Atitlán, que no sin razón Alexander von Humboldt calificó como el más bello del mundo, encuentro el espacio de un grupo de mujeres mayas, que, cansadas de ofrecer sus tejidos a intermediarios a cambio de remuneraciones tan injustas que ponían en peligro la supervivencia de una tradición unida a su propia esencia, decidieron agruparse. Así salvaron la tradición textil manual con algodones nativos, tintes naturales y telar de cintura, renovándola con creaciones propias.  Hoy Casa Flor Ixcaco reúne a 34 mujeres, muchas de ellas jóvenes madres como Delfina Par, que a su modo reviven la figura de la diosa Ixchel, protectora del amor y la gestación, del agua y los trabajos textiles. Pero también es cierto que, como vimos en el Museo Ixchel del Traje Indígena en Ciudad de Guatemala, entre la colección de cerca de ocho mil tejidos originarios de 181 comunidades, que datan desde el siglo XIX al presente, también las imágenes de la Virgen María se vestían con huipiles. Como Adriana Segura, encargada del área de educación del museo asegura, los textiles del siglo XXI “son parte de la vida religiosa de los mayas en el siglo XXI y participan puntualmente en todo momento en los rituales de la vida religiosa de los mayas actuales”. Y, si hay algo deslumbrante en la vida cotidiana de los lugares donde predomina la presencia maya, es el lujo de los trajes tejidos en telar, que muchas mujeres llevan como orgullosa señal de identidad.

En Tikal, la extraordinaria ciudad de los mayas clásicos, que alzó sus pirámides en el corazón del Petén, al ascender al Templo II, también llamado de las máscaras, desde donde se tiene una vista magnífica del Templo del Gran Jaguar, observo el gran número de mujeres mayas que peregrinan, vestidas con sus trajes tradicionales, a los lugares construidos por antepasados como el Gobernante Ah Cacao hace alrededor de trece siglos. Sus huipiles, cortes y cintas o rebozos, tejidos en telares, transfieren a las ruinas la pervivencia de un mundo ritual vivo que hace de Guatemala un espacio donde la memoria antigua de Mesoamérica se lleva en el cuerpo y es tan preciosa como el jade.

[1] Leroi Gourham sostenía que lo primero que el ser humano domesticó fue precisamente el tiempo.

[2] Parafraseo el conocido título del libro de Laurette Séjourné, Supervivencias de un mundo mágico, centrado en la vitalidad del universo mexica que, por supuesto, absorbió el legado maya. Según advirtió, las tejedoras hablan de que están “sembrando” cuando comienzan a entrecruzar los hilos de la trama suplementaria con los hilos verticales de la urdimbre para crear una franja de figuras que siguen transmitiendo su sentido profundo.

[3] Colop, Sam. Popol Wuj, primera reimpresión, F&G Editores: Guatemala, 2019, p. 14.

[4] Colop, Sam. Op. Cit., p.3

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