SOBRE < < CARA AL VIENTO COMO UN LEON > > DE DANIEL BARROSO. Flavio Crescenzi

«Desconfío de los escritores que no empezaron haciendo versos», dijo Abelardo Castillo en uno de sus últimos trabajos. El que humildemente garabatea estas palabras comparte ese recelo, y, para tranquilidad de todos los que, de una forma u otra, sospechan que detrás de una sentencia como la que acabo de citar yace una suerte de irrefutable «verdad literaria», les recuerdo que tanto el autor de la novela Cara al viento como un león, Daniel Barroso, como su célebre protagonista, Leopoldo Marechal, iniciaron su senda creativa escribiendo versos de alto vuelo. Barroso todavía lo hace; Marechal, por razones que tienen que ver con la finitud de la materia, ya no, pero ahí están Días como flechas, Odas para el hombre y la mujer o El centauro para inmortalizarlo de algún modo. A Barroso y a Marechal también los une el peronismo, ese «hecho maldito de la política argentina», y es justamente a partir de esa otra inmensa coincidencia que la novela puede leerse casi como un ajuste de cuentas, ajuste que si bien encierra un homenaje, al mismo tiempo, interpela a la historia y sus intencionales olvidos. Remitámonos, sin ir más lejos, a ese ingenioso y elocuente subtítulo: Pleitesiario Marechaliano. Sin duda, hay aquí una manifiesta toma de posición, la de iniciar un «pleito» reivindicatorio del «Poeta Depuesto», de modo que, tras evidenciar (aunque mejor sería decir recordar) las verdaderas causas de esa «deposición», el poeta vuelva a ocupar el lugar que se merece, tanto en nuestro siempre arbitrario canon literario como en nuestra muchas veces falible memoria colectiva.

Flavio Crescenzi

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─Ciertamente, Elbiamor, desde los tiempos de la Biblioteca Popular Alberdi de Villa Crespo que no respiro ese aire entre benéfico y prodigioso, evocativo y premonitorio, como quien arremolina las hojas de un libro y las deja volar apenas atrapadas por el dedo pulgar; exhalando desde ese peculiar abanico crepitante una respiración intensa de árbol, bocanada de aire filantrópico oliendo a pastos de La Pampa o incendios de quebracho en El Chaco, eructo de laurel recién machacado y frescor agrio de ajos y cardos. Revelación y destino de los sueños atesorando nostalgias de momentos y lugares ignotos o familiares. Intensidad sobre el pecho, colapso azul en las arterias, espasmos de luz en los tendones. Aire de elucubraciones terrestres y frutas del cielo, aire urgente y la vez relajado, aire de muelle portuario y de orquesta sinfónica, aire como voces de sótano y coros Órficos. Aire, al fin, que hemos respirado en augurios y desconcierto y que hoy respiramos en esta isla de Balvanera; desde donde yo, el Poeta Depuesto, y vos, Elbiamor, somos: el uno, que construye la cartografía literaria de una sed política y religiosa con la hechura metafísica de la Patria y el otro (la otra), que destila las ciencias y conciencias del mundo ignorado por los Alcahuetes Ilustrados del Gran Cipayo.   

─Este departamento y sus inmediatos confines, sus caminos estrechos y de recorridos mínimos; el escaso suspenso en las estancias atiborradas de promesas en las paredes y esa resaca ambarina de tabaco turco que se diluye en hendijas y respiraderos. Aquí, en este recóndito jardín de pinotea y zócalos lustrados. Aquí, entre infinitos rincones de este espacio cuadrangular y previsible; entre rigurosas líneas espectrales y objetos negligentes, extasiado entre una luz fresca y detenida en los ventanales del frente y la otra luz seca merodeando desde el alba hasta la invasión nocturna con sus reverberos ardientes y extraviados. Este islario maternal y congruente, este territorio interior de robinsones y templarios, este cobijo de amantes que nos aleja de poetas de musas militari y embelecos de pasamanería. Guarecidos y a salvo de la filosa sombra de sables de empuñadura entorchada y de chancletas cardenalicias arrastrándose por los pasillos de una Catedral que ha dejado a Cristo sin el trapo de sus pudores. A salvo de entusiastas conciudadanos civilizatorios que vitorean el triunfo en los desfiles militares y en los purgatorios populares. Los mismos que propiciaron el exterminio mapuche, tehuelche, ona, querandí, guaranítico y ranquel; sometiendo el Puelmapu hasta humillarle los huesos y los dioses. Perseguidores de gauchos pobres y harapientos: diestros en bolear animales, domadores de baguales e insidiosos cantores en fogones y pulperías; desgraciándose en sangre y pendencias bien afirmados sobre la tierra, aunque los milicos los trocharan como bestias. Atildados disciplinadores de trabajadores con la crencha engrasada y la piel oscura, de poetas con conciencias impúdicas y contestatarias. Esos, que fueron contras de todos los que no tuvieran alcurnia de levita o cucarda imperialista en la pechera, fuesen generales de la Patria o Shorthorn capón en La Rural. Ahí, en ese antro de bosta y polvo, se pavoneaban como reales aves de corral oligarca o picoteando el lomo de los peones como caranchos en bandada. Hasta hubo uno que entró con un carruaje traído de España por la Infanta: el muy distinguido general de labio leporino, cabeza de raposa y bigotes de morsa.   

─Sí, Elbiamor, estoy indignado hasta el cuello, pero sereno hasta mis entrañas. Vos y yo hemos encontrado senderos universales en nuestra íntima aldea, hemos iniciado la unidad cardinal y armónica en este archipiélago de retazos beligerantes y épicos. Somos, entonces: sendero de unicidad combatiente en este archipiélago resistente de Balvanera.   

─Desde este centro piadoso de Buenos Aires, donde acuden Nuestra Señora de Balvanera y las vacadas que iban rumbo al Matadero de Miserere, nosotros, Elbiamor, esparcimos racimos de una vid diferente, trapicheando un vino lujurioso hasta hacer amanecer sus fermentos y taninos, como aquel que preparaban Megafón y Patricia Bell de sus «parras interiores» y que luego derramaban con júbilo eclesiástico y danzas de beguinas y milongueros porteños.   

─Este deliberado barrio cosmopolita con balcones con flores o sin ellas (recuerdo aquel poema de Baldomero), que atesoró sin reparar en reclamos orientales o pretensiones francesas al Jilguero del Abasto en la calle Rincón 137; morocho y zorzal criollo, subido a los retablos del café O’Rondeman junto a Razzano y algunos relumbrones de punta afilada, que animaron reyertas por infortunios de amor y trámites urgentes en los que el honor le ponía sangre al traje y al expediente.  

─Barrio de Discepolín y su Mordisquito Depuesto hasta el féretro. Barrio de Salomé Loredo y Otaola, conocida como la Madre María. Barrio de aullidos y resoplos de otros argentinos degradados y amontonados tras los muros del Hospicio de Miserere.   

─Barrio donde Don Hipólito, cuando andaba de uniforme y machete, apresando a los chorizos y escruchantes, manducando puchero con los changarines del Mercado mientras algunos parroquianos vociferaban bravatas contra los conservadores, pitucos y engominados.  

─Este barrio de fantasmas donde las sombras del Cementerio de Disidentes ocultan fémures irlandeses, quijadas alemanas y alguna flemática clavícula «de la pérfida Albión».   

─Aquí, Elbiamor, somos David preparando su honda, mientras las estrellas de esta noche sin tregua juegan con el bandido Nuño Oñez, que juega ante la aparición de la Virgen María, que juega con convertirlo en fraile.  

─Ya sé, Elbiamor, parezco un guía turístico del Jardín del Pensamiento, que así llamaban al solar donde levantaron el Mercado Spinetto, y que, a decir verdad, es un buen nombre para recordar, ahora que nosotros vivimos en los introjardines resistentes del pensamiento y el destierro de entrecasa.   

─Hemos sobrevivido a este desafío insular de la existencia, mimetizándonos en elocuencias de metáforas y plegarias, convertidos en pura estrategia del ser encarnando virtudes cotidianas; tan imperiosas y esenciales como la Patria misma cuando la Patria es el comandante Andresito, Sabino Navarro, el gaucho Rivero o Evita Capitana.   

─ ¿Y mis libros, qué ha quedado de mis libros? Poemas arrojados con la furia o la bondad del Nazareno, arremetiendo contra los filisteos de lo vulgar y pedestre. Poemas colmados de antorchas y presagios, atravesados de una lírica de metáforas flagrantes e inconfesables hasta atragantarme de humedad simbólica y belleza desértica; siempre amasando su costado profético con la harina de la palabra, la levadura de los adjetivos y la sal del verbo. Intentos de reflexión explícita y apodíctica, tesis de purificación de mi Psiquis chocarrera y polifónica hasta reencontrarme con la neblina esotérica del Riachuelo y su sincretismo de agua pura.   

─ ¿Mis libros, Elbiamor, ¿qué han hecho con ellos sino ignorarlos y apostrofarlos, la más de las veces sin leerlos y siempre sin amarlos? Novelas prodigando la cartografía heroica de Buenos Aires, sus suburbios y pajonales, andurriales de matreros y fogosos amantes, ochavas de quijotes sentimentales, balcones heridos cuando había silencio de serenata de resistentes y resistidos haciendo tronar caños y velas en todas las plazas para La Santa. Esos libros míos, provistos de urgentes coordenadas, buscando la unicidad de un lenguaje capaz de emitir silencios en clave de parábola, arrastrando recuerdos y añoranzas desde el niño que fui hasta el hombre que te abraza, Elbiamor.   

─ ¿Quién ha perseguido a mis personajes hasta sus refugios de sombra y vanidades? ¿Quiénes arrasaron de los escenarios los mitos tonantes de los actores, los vestuarios harapientos y chuscos de los comediantes? ¡Han mordido los talones literarios y los sueños ecuménicos de mis personajes! ¡Han dado por muerto a Adán Buenosayres! ¡Gog y Magog tuercen sus jetas de opereta para eludir la asechanza febril de los gendarmes! ¡El Oscuro de Flores desata su nueva batalla contra los tardos y prebendarios! ¡Módicos y remilgados hijos de puta, carroñeros del fondo del tarro, ilustres chupamedias de la Sociedad Argentina de Escritores!  

─Entonces, Elbiamor, tendido como cualquier hombre tendido que va a morir en nuestro refugio de réprobos y malditos, tan postergados como los millones que volverán y buscarán y encontrarán a Lisandro Frías y su viejo revolver oxidado gatillando un suicidio de glicinas. 

 

 

Daniel Barroso Escritor argentino (Buenos Aires, 1954). Textos suyos han sido incluidos en varias antologías y obtenido premios y menciones en diversos certámenes. Pueden encontrarse versiones digitales de sus libros, así como de su creación poética, en distintas plataformas de la red. Ha publicado el poemario Ojos de huella (2001) y la novela Cara al viento como un león (Imaginante, 2020).

www.danielbarroso.com.ar.

Donde adquirir el libro para leerlo online o bajarlo gratuitamente:

https://editorialimaginante.com.ar/producto/cara-al-viento-como-un-len-pleitesiario-marechaliano-daniel-barroso/

https://archive.org/details/cara-al-viento-como-un-leon/mode/2up

https://lexia.com.ar/2020/Libros_digitalizados_2020/Cara%20al%20viento%20como%20un%20leon.pdf

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