OBRA FOTOGRÁFICA DE RUBER OSORIA. Víctor Bascur Anselmi

Ruber Osoria (Contramaestre, Santiago de Cuba, Cuba, 1992) es un fotógrafo documentalista que actualmente vive y trabaja en la ciudad de Concepción, en la región del Bio Bio en Chile. En su ciudad natal de Contramaestre perteneciente a la provincia en la parte oriental de Cuba, inició su apasionante historia de amor al proceso de creación de imágenes. Pero no fue hasta su llegada a Chile en 2018 como inmigrante que pudo comprar su propia cámara fotográfica. En ese momento, su pasión se convirtió en una especie de obsesión, absorbiendo todo el conocimiento que encontró a través de videos, artículos y libros. Chile le dio a Ruber el escenario adecuado para encontrar una salida a su talento natural para capturar escenas de las calles, explorar los aspectos prácticos de la fotografía observacional y entrenar su ojo en capturar los colores de la ciudad donde se encuentra actualmente viviendo. Hasta el día de hoy, tanto en su esencia como en su complejidad, los principales géneros de la carrera fotográfica de Ruber son el street y el documental. En el año 2021 fue uno de los tres finalistas latinoamericanos del Festival Italiano de Fotografía Callejera. Su trabajo ha sido publicado en varias revistas culturales y de fotografía como L’Œil de la Photographie, El Estornudo, Rialta, Blind Magazine, Street Photography Foundation, The Pictorial List, entre otros. Actualmente es miembro de la Agencia de Medios Fotográficos de Autores de Chile (AMFA). 

 

 

 

 

 

Cuando tenía cinco años me perdí en Concepción. Iba con mi hermana y mi mamá. Era un día de sol, lo recuerdo bien porque en días de sol nos compraban un barquillo para que compartíéramos, privilegio que no alcanzaba para nuestra mamá que, tal como tantas mujeres en Chile, se sacaba la comida de la boca por sus hijos. 

 

Era un día de semana y entremedio de tanta gente que caminaba apurada, yo me quedé pegado en una maquinita de dulces que estaba en Colo Colo con Barros Arana. Era una de esas que uno le pone una moneda y por un tubito cae un «superocho», un «chokman», o alguna golosina similar que uno como niño siempre piensa que sabe mejor que comprarla en un negocio. 

Esa tecnología, esa máquina del tiempo, que hace treinta años me parecía marciana, me dejaba siempre estático. Los colores, los envoltorios, los botones, las claves, el engrane que permitía que cayera lo que uno seleccionaba, todo eso me volvía loco. Me dejaba impávido, me hipnotizaba en un juego donde yo nunca ganaba porque no tenía las monedas necesarias para esa tecnología. 

Estaba en esa contemplación cuando al darme vuelta me encontré solo. Mi mamá y mi hermana habían seguido su camino rumbo a la casa de mis abuelos. Y yo estaba perdido.  

 

…  

Hace dos años conocí a Ruber Osoria. Algunos saludos formales en un trabajo que nos mantiene unidos hasta hoy, nos dieron la confianza para hablar un poquito más cada vez, como esas amistades análogas que se ganan con el tiempo, que no surgen instantáneas y que terminan perdurando por muchos años.  

Dos perros callejeros que se miran desde lejos con temor y se acercan tímidos, lentos, desconfiados, hasta que ya después no conciben el vagar sin el otro al lado.  

Así nos fuimos encontrando en la calle, en las redes, en conversaciones de pasillo con palabras del slang propio de Cuba y Chile, entendiendo cada vez mejor que detrás de todo eso se encontraba un idioma superior, un cariño superior, un sentido de pertenencia mayor a las fronteras, a los acentos, a nosotros mismos.  

Amigos por el arte, que conversan de fotografía, de libros, de política, de colores y máquinas del tiempo. 

Amigos que se encuentran para algo, cuando uno está perdido, estático, hipnotizado por la gente apurada que camina sin rumbo.  

Escribo estas dos historias sobre perderse y encontrarse porque Ruber también las vivió. Tiempo después de hacerme su amigo, lo supe.  

Su viaje a casa fue mucho más difícil que el mío, pero muchísimo más difícil.  

Ruber fue víctima de trata de personas, pasó hambre, sed y frío. Vio la noche como única compañera y pensó que moriría ahí abrazado entre las estrellas que la vida le había negado siempre. Imaginó, para sentirse menos solo, que un día tendría una cámara para registrar todo eso que estaba a punto de perderse y ese sueño le dio fuerza para salir adelante, ese soplo de vida le dio ánimo para salvar la suya.  

Como todos los días caminábamos rumbo a casa de mis abuelos, mi mamá me había enseñado la ruta. Me la sabía de memoria, pero ese día al verme sin ella y mi hermana, pensé que ellas se habían perdido y que no sabrían volver a casa.  

 

Cuando yo me perdí, Ruber aún no nacía y faltaban casi treinta años para que tuviera su primera cámara y pudiera registrar mi dolor. Solo años después de mucho trabajo tendría su primer rectángulo en la mano, como decía Sergio Larraín. La compró en 2018, luego de ahorrar trabajando como personal de aseo en Infocap.  

Antes ocupaba un teléfono celular que un tío le había regalado en su natal Cuba, porque cuando naces con un corazón de poeta, el mundo es tu lienzo y Ruber siempre lo supo. 

Y eso es lo que yo veo en su trabajo. Cuando miro a Ruber en Infocap yo siempre digo: ahí va mi amigo poeta. Me da exactamente lo mismo lo que esté haciendo. Él y su cámara son uno, esa tecnología es un pretexto, no necesita monedas, ni coordenadas, Ruber es un fotógrafo y le roba secretos al tiempo cada vez que dispara su cámara y si no la tuviera seguiría dejándonos perplejos, hipnotizados, estáticos con esos colores que capta.  

Su obra es, cada vez más cercana, cada vez más íntima, donde la técnica y el riesgo comunican más que la suma de sus partes.  

 

Una vez le preguntaron a Bolaño su opinión sobre Pedro Lemebel y respondió: Lemebel no necesita escribir poesía para ser el mejor poeta de mi generación. 

 

Y cuando miro el trabajo de Ruber pienso muy parecido. Su obra es poética, arriesgada, muchas veces sucia como es la misma calle Barros Arana, muchas veces vagabunda, con gente perdida que no sabe que está a punto de ser capturada por su lente.  

 Una mirada a la vida urbana, al cansancio de este tránsito obsceno entre la casa y el trabajo, como un loop infinito que nos roba la vida. En la obra de Osoria  veo  el Chile más real que he visto en mucho tiempo, es crítico sin necesitar palabras, es directa, afectada, doliente.  

Nos acusa, nos desafía, nos dice que todo esto no puede seguir pasándonos por el lado.  

Es un día para acusar lo que estamos viviendo, en estos tiempos donde el fascismo parece estar tan cerca de dominarlo todo, donde la opresión está tan cerca de volver al poder. 

 

El trabajo fotográfico de Ruber Osoria es un niño frente a una máquina del tiempo, que se pierde de su familia y piensa que ellos son los que están perdidos.  

 

Gracias, Ruber, por toda esta luz 

 

Victor Bascur Anselmi (Escritor y periodista chileno) 

 

 

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