LA CHICA MELOCOTÓN. Toshiya Kamei

Ilustración de Harumi Asano

—¿Qué gano yo con eso? —el mono te pregunta con una mueca. El perro, tu primer criado, gruñe y enseña los dientes—. Dame tu famoso kibi-dango, chica melocotón —exige, con una mano peluda extendienda—. Entonces pensaré en unirme a ustedes.

Su mueca se profundiza y el gruñido del perro se hace más intenso. Le indicas al perro que se quede quieto, no es momento de derramar sangre. Aún no, incluso dentro de la Red, cada acción traerá consecuencias. En silencio, sacas una pieza y se la das al mono, tus dedos rozan brevemente los suyos.

—Entonces, chica melocotón, ¿cuál es tu problema con los onis? —el mono sonríe y se lleva el kibi-dango a la boca.

Gracias a la nanotecnología de vanguardia, las mejoras cibernéticas se han vuelto algo común, tanto es así que eres una de las pocas personas que no las tiene. Cada vez que alguien se burla de ti por eso, te sientes molesta, sin embargo, en la superficie siempre mantienes una sonrisa encantadora. No necesitas ninguna mejora, tu cerebro es suficiente.

Desde tu infancia has tenido un sueño recurrente, en él viajas hacia la Tierra, tu segundo y único hogar. Tu nave espacial flota a través del vacío, finalmente te acercas a la Tierra y entras en la atmósfera superior. La nave espacial parece un meteoro mientras el fuego la envuelve cuando golpea las capas más pesadas de la atmósfera. Una luz tenue surge de la nada y miras un muro de niebla.

Naciste en otro planeta, en una galaxia lejana, justo antes de que tu planeta natal explotara, tus padres te pusieron en una nave con forma de melocotón y te enviaron a la Tierra, pensaron que tu primo Momotarō te ayudaría una vez que aterrizaras. ¡Vaya! ¡Estaban equivocados! El chico melocotón es el tipo más desagradable que hayas conocido en la Red, además recientemente cruzó al lado oscuro, dicen que se cansó de ser superhéroe. Afortunadamente tus padres adoptivos, los Suzukis, encontraron la nave espacial, te llevaron a su casa y te criaron como a una de los suyos, estarás eternamente agradecida.

La amenaza es real, los onis han asaltado pueblos en repetidas ocasiones, masacrado a habitantes, saqueado casas, secuestrado a niñas y mujeres jóvenes, alguien tiene que encargarse de eso, ¿por qué no tú? Tus compañeras de escuela te conocen solo como una chica dócil llamada Momoko, pero te llaman chica melocotón en la Red y ciertamente sabes cómo dar una paliza. Muchos piensan que la Red es simplemente un mundo virtual de fantasía. Incorrecto. Todo lo que sucede en la Red es real, si mueres en la Red, mueres de verdad. En serio.

Una chica delgada pasa junto a ti con su cabello con mechas anaranjadas rebotando sobre sus hombros.

—¿A dónde vas, conejita? —la saludas agitando la mano—. ¿Tienes un minuto? —las mariposas proverbiales se agitan en tu estómago. Ella te recuerda a tu ex que te dejó y te rompió el corazón.

La chica se da vuelta y mueve la cabeza haciendo que su cabello largo y ondulado baile a la luz del sol.

—¿Así que quieres unirte a nosotros? —preguntas, sin saber si está interesada.

La apodas «la chica faisán» por su habilidad para saltar alto, ella podría ser la pieza que falta en tu rompecabezas en más de una forma, aun así, te preparas para el rechazo.

—No sé —responde sin comprometerse, su rostro se ha convertido en una máscara de indiferencia.

Le muestras una sonrisa incómoda y te acercas.

—Nos vendría bien tu ayuda —dices con ojos suplicantes.

—¿Lo crees? —ella se rasca la nariz de una manera que hace que tu corazón se salte un latido, sin embargo, no parece totalmente convencida, mira a tus dos criados mientras se obligan a sonreír.

—Sí, ¿de acuerdo? —extiendes la mano y ella la estrecha brevemente.

Desearías que tu apretón de manos hubiera durado más. Quieres darle un abrazo sin ninguna razón, pero te controlas. Es cierto que hay algo agradable en las chicas que conoces en la Red, huelen mejor que los chicos, son más tiernas.

Un pequeño bote se acerca a la isla de los onis llevándote a ti y a tu variopinta banda de criados. Un espeluznante velo de niebla se cierne sobre la isla rocosa. El monte Washigamine, cuya cima alberga la fortaleza de los onis se acerca cada vez que remas. Ahora estás lo suficientemente cerca para ver buitres dando vueltas sobre los picos de las montañas irregulares. Tiemblas en anticipación a la batalla final.

—¡Vamos a ganar por paliza, chicos! —le dices a tu tripulación.

Aterrizas en la playa de arena y te diriges hacia el monte Washigamine. Caminas por senderos sin marcar mientras ocasionalmente giras y admiras la vista del mar a través de los huecos en el follaje. Tus criados te siguen de cerca tratando de seguir tu ritmo. En la cima, la fortaleza se alza ante ti, la puerta está decorada con huesos humanos, parece inexpugnable. El mono intenta escalar la pared, pero no logra llegar a la cima, está muy alta, miras hacia la chica faisán.

—Es la hora del espectáculo —le dices con un guiño.

La chica faisán sobrevuela la fortaleza. Un oni azul al acecho deja escapar un grito de advertencia, luego, jaqueas su sistema y plantas un virus que causa estragos virtuales. La puerta se abre con un chirrido y entras corriendo con tus criados. Una docena de onis tan altos como osos polares lucen aturdidos con sus taparrabos, se apresuran a agarrar barras de hierro. Vas primero, empuñando tu naginata, te enfrentas a un oni rojo moviéndote a su alrededor para distraerlo. Agotado, se tambalea por un instante, en ese momento lo rematas, se derrumba como un tronco. El perro y el mono hacen la mayor parte del trabajo sucio, pura carnicería. A medida que aumenta el número de muertos, te alegras de que estén de tu lado. Los chillidos de los onis llenan el aire, el olor a sangre te pica en la nariz.

—¡Oye prima, tanto tiempo sin verte! —retumba una voz familiar. Es Momotarō tu primo perdido hace mucho tiempo.

—¿Como has estado, primo? —preguntas solo por amabilidad. —¡Has engordado mucho! —la diplomacia nunca ha sido tu fuerte.

—¡Tú y yo, prima!

Te involucra en una pelea de espadas mientras tus criados miran. Bailas alrededor de él para cansarlo, esquivas sus golpes y su agarre con facilidad. Tu primo parece frustrado.

—¡Toma esto! —lo golpeas con un estruendoso crujido en la cabeza y cae al suelo—. Ahora, ¿qué debo decirles a tus padres? —preguntas mientras miras el rostro conmocionado del chico melocotón.

Decides dejarlo allí en lugar de entregarlo a las autoridades, sus fanáticos acérrimos no están del todo listos para ver a su héroe caído en tal estado.

Tú y la tripulación logran poner algunos tesoros en su bote, pero queda mucho en la fortaleza. Tomas nota mental de volver más tarde. Definitivamente necesitas un recipiente más grande. Navegas de regreso a casa, la brisa marina acaricia tu rostro sudoroso.

            Por la noche vuelves a soñar lo mismo, estás dormida dentro de tu nave espacial, flotando en medio de la nada. Aparentemente no vas a ir a ninguna parte, pero mantienes la calma porque sabes que llegarás a casa eventualmente.

© All rights reserved Toshiya Kamei

Toshiya Kamei. es un escritor de narrativa breve. Sus cuentos se han publicado en revistas como Bending GenresNew World Writing y Utopia Science Fiction, entre otras

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