LA CIUDAD DEL INVIERNO ETERNO. Wilfrido Pabón

Me encontraba bastante distraído mirándole el trasero a la azafata, cuando el pasajero de al lado me tocó el cuello para indicarme que mi nariz sainaba. Casi automáticamente, varias blasfemias se apoderaron con vehemencia de mi lengua. Mientras me disponía a inclinar la cabeza hacia atrás, de reojo noté como estaba salpicada mi bufanda, solo en la parte más clara, con varias gotas muy redondas de sangre. Pensé que habría sido a causa de las blasfemias de segundos antes. Sonreí preocupado. Inmensamente preocupado porque sabía que no debí haberme quitado la bufanda y dejar el cuello expuesto. Se me ocurrió que, con antelación, pude haber advertido al pasajero de al lado: «suceda lo que suceda no se atreva a tocarme la piel». Lo habría aterrorizado y con toda seguridad se habría cambiado de asiento y de esta manera se hubiese escapado del sortilegio (el cual se extendería por dos generaciones) que desde la niñez me amedrentaba, azoraba y atemorizaba.

Después de más de una hora de vuelo me enteré de que mi compañero de viaje era de Moldavia, también que era su primera vez en un avión.

Al aterrizar, me dirigí a un baño para limpiarme las axilas y partes íntimas con un paño húmedo con aroma muy bien fingido de aloe vera. Salí del aeropuerto y esperé un poco a que apareciera un taxista, pues dada la hora no había muchos. De pronto, percibí un fuerte olor a tabaco. Esperé un poco para saber de dónde provenía, y era de un hombre con una panza turgente que transmitía autoridad. Como estrategia comercial, este conductor me acogió como en casa al saludarme en dialecto. A continuación, fijó su mirada en la pernera de mi bluyín manchado con góticas de sangre, que yo no había notado, y en cuestión de segundos comenzó (esta vez en italiano) a ofrecerme su servicio de transporte terrestre mientras apagaba su tabaco escupiendo la última calada. Rápidamente asentí. El chofer con su gabán muy glamuroso me sonrió y, dejándome ver la ausencia de varios dientes incisivos a través del espejo retrovisor interior, me informó de que habría mucha neblina, y vaya que tenía razón.

Ya dentro del taxi blanco marca Toyota, quise sestear brevemente apoyando mi cabeza sobre mi chaqueta. No conseguía dormir. Minutos después de convencerme de que no iba a conciliar sueño vino a mi mente Teresa, una nueva amiga carpintera que había perdido una mano en un accidente laboral: la mano siniestra, la más hábil. Me acordé de ella porque la semana pasada debió haberse realizado un implante de mano. Yo la había ayudado a escoger la nueva mano. Fuimos directamente a la ciudad de Fráncfort del Meno para elegir el diseño de su prótesis, todas eran transparentes, recuerdo.

Regresando de Alemania reconozco haber pensado en su masturbación. — ¿Cómo iba a «tocarse» con una mano autómata? — Me pregunté. Me concentré tanto en esa situación que incluso vi en mi mente su mano robótica que no se sincronizaba con su erotismo. Esta reflexión malsana me hizo exhalar, en modo de burla, un ligero aire por ambas narinas.

Finalmente, luego de más de dos horas de trayecto, llegué a mi céntrica casa en la calle Anita Garibaldi. Antes de entrar a mi casa me coloqué doble guante en la mano derecha y olí un racimo de jacinto tocando su vástago con mucha atención. Entré y empeñé varios segundos en recordar que interruptor daba luz a la sala. Me serví medio vaso de agua, saqué mi libreta de gastos y anoté los egresos del día, sin incluir un billete de lotería que había comprado. Minutos más tarde, me quité mi sombrero de fieltro y rebané un velloso kiwi. Luego, abrí un táper con pasta y ragú de pato, ya ácido.

A la mañana siguiente, como de costumbre, fui a la cafetería de siempre, Café Amadeo. Pedí a Romina, la propietaria y única trabajadora, mi habitual café al ginseng y me dispuse a leer El Ómnibus, periódico que mañana a mañana leo como una especie de ritual laico. El titular de aquel jueves informaba sobre un accidente mortal ocurrido el día anterior a solo quince minutos del aeropuerto. El cronista relataba que un taxista, el cual conducía con una de las piernas amputadas, perdió el control del auto, se salió de la vía y cayó en una especie de caño. Únicas víctimas mortales confirmadas: una ciudadana de nacionalidad moldava de tan solo veintitrés años que respondía al nombre de Baia Costin y su padre, Aron. No me atreví a seguir leyendo. Este último pedazo había hecho vibrar mi clavícula de temor.

Al cabo de un momento agregué nerviosamente azúcar morena a mi café, ya frío, y esperé a Teresa, que apareció en poco menos de tres minutos. Llegó y me saludó alzando ambas cejas. Impulsivamente lo primero que emergió de mis cuerdas vocales fue:

—¡Sucedió de nuevo!

Teresa no tardó en deducir a qué me refería, ya que ella misma (aunque «afortunadamente» solo perdió una mano) había sido víctima del draconiano sortilegio al cual doña Gregoria, mi tía abuela, por más de treinta años, dedicaba rigurosos rezos matinales con la esperanza de contrarrestarlo. Los artífices de la maldición habrían sido unos antiguos patrones de doña Gregoria que, involuntariamente, al ella haber dejado caer el neonato hijo de sus acaudalados jefes le provocó un estado vegetativo, mejor dicho: lo enclaustró en su propio cuerpo condenándolo a vivir dentro su propia mente.

Teresa, guiada por su asombro, rascándose con las uñas de la mano derecha la sien izquierda, empezó a leer la noticia acentuando la última palabra de cada línea. Cuando terminó de entender el suceso, trató de confortarme, empero, la radio negra que estaba por anunciar el sorteo de la lotería gradualmente se apoderaba de mi oído, así como la mirada de Teresa poco a poco encuadraba mis tetas de silicona.

© All rights reserved Wilfrido Pabón

Wilfrido Pabón (Barranquilla, Colombia 1991) se considera un diletante de las letras.

Graduado en Lenguas Extranjeras. En la actualidad es docente de inglés y vive rodeado de viñedos y el Monviso en la ciudad de Alba, Italia. En 2019 fue diagnosticado, por un camarero, con el síndrome de Stendhal.

Finalista (V Premio Internacional de Relatos Ciudad de Sevilla)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.