JUAN L. ORTIZ SALVADO POR LA BELLEZA. Luis Benítez.

Nació el lunes 1 de junio de 1896 en Puerto Ruiz, un pequeño poblado en las cercanías de Gualeguay, provincia de Entre Ríos. No existieron en su vida, además de su vida, grandes acontecimientos. Como Emily Dickinson, haría de su retraimiento el punto de visión de la creación, multiforme y una. La escueta biografía prosigue con su traslado a otro poblado, vecino a Villaguay: Mojones Norte, cuando contaba tres años de edad. El hecho se motivó en la aceptación, por parte de su padre, de un empleo como mayordomo en una estancia de esa localidad. Allí terminó Juan L. Ortiz la escuela primaria y se trasladó, posteriormente, a Gualeguay, donde cursó estudios —que no completó— en la Escuela Normal. Desde los 17 a los 20 años, una época oscura y ciudadana: vivió en Buenos Aires, mudándose a diferentes conventillos de Sarandí, en la provincia de Buenos Aires, y de Villa Crespo, en la ciudad de Buenos Aires.

Es en esta etapa cuando da sus primeros pasos por la pretendida bohemia literaria, nuevamente, otra mitología. He tratado de imaginar las noches de ese Ortiz juvenil en los sórdidos conventillos de Sarandí, mientras más allá del horizonte estallaba la Guerra Europea, tan distintos aquellos conventillos de lo que había grabado en él ese mítico Entre Ríos. Una existencia no se decide en una noche y, posiblemente, se decide subterráneamente, como el crecimiento de un hombre o un árbol, sin que el árbol ni el hombre lo perciban hora tras hora. Algo debió decidir a Juan L. Ortiz, en esos conventillos, no podemos ver ahora la luz de gas, ni los posibles pasillos ni un patio con macetas, a retornar para siempre a su provincia. Sabemos de un ofrecimiento de Natalio Botana, propietario del diario “Crítica”, producido tiempo después del momento que estamos reconstruyendo, para que el poeta se estableciera en Buenos Aires y en el diario, ofrecimiento que Ortiz declinó cortésmente, declarando que la mudanza lo alejaría para siempre de la fuente de su misma poesía. El ofrecimiento entrañaba dinero -Botana era casi siempre un hombre generoso- y difusión de su obra, al ubicarse el poeta en el fácil amiguismo que repartía en ese tiempo -una costumbre argentina que perdura, como los buenos sentimientos— los menguados laureles y los premios. Ambos cebos le resultaron indiferentes. Algo que parece un mérito y es tan natural en una concepción del mundo como la de Ortiz: la diferencia es también un halago.

En Gualeguay y en 1924, contrajo matrimonio con Gerarda Silvana Irazusta, quien le sobrevivió y le daría un hijo, Evar. Ortiz trabajó en el Registro Civil, según sabemos, hasta jubilarse. En 1942, la familia Ortiz se traslada a Paraná. En 1957 viaja a China y a algunos países europeos, en compañía de otros escritores y poetas argentinos. La China de Li-po y de Tai-pei la vio y vio la otra. Después de haber escrito una de las obras poéticas más importantes de la lengua castellana del presente siglo y de haber pasado por el silencio y los estruendos de numerosas modas literarias sin ser tocado y sin dejar influencia visible, dando a conocer esa misma obra en reducidas ediciones de 300 a 500 ejemplares, tras medio siglo de creación ininterrumpida, murió en su casa de la calle Buenos Aires 810, en la ciudad de Paraná, el sábado 2 de septiembre de 1978 a los 82 años, ciego desde tiempo atrás.

Nada nos devolverá los momentos secretos de nuestra propia vida, ni nos es dado contemplar —ni comprender- los de la vida de otro. Ello nos priva de saber quién era, íntimamente, ese hombre cuyos restos reposan en el cementerio de Gualeguay, con un solo premio literario en su haber, compartido. Se trató en su momento del Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía, que se le otorgó a él y a Raúl González Tuñón en 1969.

Queda de él su visión, que no cambia, y queda de él la literatura: Juan L. Ortiz tuvo una suerte, crear de lo intemporal lo intemporal. Otros hay que toman de lo intemporal lo perecedero y hacen obra. Ortiz compuso en su vida un poema solo, dividido en muchos títulos, que son más bien los cantos de su creación única. Esa admirable secuencia es como los remolinos del río que amó —su manera de amar todos los ríos y así con cada cosa—: llevan a otra parte que también queda allí mismo. Leer es viajar y leer a Juan Laurentino Ortiz es viajar a todas partes, a cualquier tiempo, a cualquier lugar, como querían y no siempre lograban hacerlo los imaginistas.

 

Ese azul gris, ese celeste,

infinito, infinito, sobre la isla.

 

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Oh, como una música os desplegáis,

o sonreís, o cambiáis, o morís entre la lejanía de los vapores bajos.

Cielos, sois una música. No sois todavía el pensamiento

ni la alta serenidad.

 

(de La Rama hacia el Este, 1940)

 

Tengo ante mí la valerosa edición de “En el aura del sauce” (Editorial Biblioteca, Rosario, provincia de Santa Fe, 1970), que reúne en tres tomos las obras completas de Ortiz y adrede, he citado al azar, sin buscar. Fragmentos de poemas —y todo poema es un fragmento— que ciertos hombres de cualquier tiempo podrían haber escrito. Un pájaro o una situante “ribera del río Paraná” sirven como excusas a los ingenuos que leen en Juan L. Ortiz sólo lo autóctono, esa nacionalista jerarquización de lo evidente. Las boquillas de caña, el amor a los gatos, las creencias políticas sirven a otros tantos a quienes Ortiz, el inapresable, he aquí otro, tal vez, de sus mayores méritos, se les escapa. Hay en él el intento más importante de los arriesgados por nuestras letras, de encerrar en palabras y en la combinación de éstas aquello que constituye la poesía misma, sin caer en los dos ruidosos pecados: el conceptismo o la pura verbalidad, ambos meritorios por sus objetivos. Ortiz es el que corrobora que escribir poesía es, en definitiva, un fracaso desde el vamos, pues lo que se dice no alcanza para lo que se quiere decir, algo que redescubrió Antonin Artaud, algo que intentó Antonin Artaud transgredir y que dio posteriormente un triste balbuceo. Ortiz también fracasó, pero su fracaso es genial. Nada hay en él que no sugiera lo que no se puede decir y, es más, en forma ininterrumpida.

El secreto de sus interrogaciones constantes, un recurso literario con el cual comienza, desarrolla o culmina muchos de sus textos poéticos, es ese instalar la respuesta por lo que se pregunta, como tratando con una presencia innombrable. Me resulta semejante a algo que me relató un viajero a México, algo que luego me confirmaron otros, más veraces o de imaginación más limitada, que no existía, al menos en México. La narración hablaba de un templo azteca de rarísima construcción, cuya particularidad consistía en poseer dos larguísimas hileras de figuras a medio terminar, incompletas, que subían desde la base de la pirámide truncada que constituía la figura del templete hasta la cúspide. Para comprender el dibujo de estas formas incompletas hacía falta un crepúsculo. Al crepúsculo, a cierta hora del crepúsculo, las formas se completaban con sus sombras, formando, la sólida piedra y la intangible penumbra de este templo que no existe, las figuras de dos serpientes emplumadas, simétricas y paralelas, con las horribles cabezas apoyadas en la base de la construcción y las extremidades de las colas apagándose en la cúspide de la pirámide. Lo dicho y lo sugerido así se me representan en la obra de Juan L. Ortiz, donde la tosca palabra, siempre será tosca, adquiere significado con la sombra de lo que va a representarnos, que por su parte necesita apoyarse en la palabra para hacerse visible. Sin la palabra, imperfecta, siempre será sombra.

 

La belleza

 

Si para paliar la desesperación ninguna de las ideologías alcanza, nos queda la alternativa de elegir la menos peor. Ella será, para Juan L. Ortiz, la doctrina de la belleza. La belleza que salva, por su misma visión, a quien la ve.

La actualidad, amiga de los contrastes bruscos entre realidad e imaginación, no puede soslayar la presencia de la realidad “horrible por definición”, según la definición del surrealismo, por la mera contraposición de un ideal bello, aunque se trate de la invocación de la mismísima Belleza. Entonces se hace necesaria una invocación de la belleza contrastada con la realidad palpable y visible, señalada como la realidad superficial, cuando inscribimos a la belleza como la realidad última y, verbigracia, “real”. Esta belleza que toma en cuenta en su reino los límites con lo horrible, lo real aparente, salva por su presencia en todas y cada una de las cosas, como el ideal panteísta, de ese universo posible: el de la desesperación particular, porque ya que la belleza existe, existe para ser contemplada y admirada en cada cosa y cada cosa compone el universo. Un universo así nombrado como bello, donde lo único dinámico es la maldad, una maldad humana, política, capaz sin embargo de moverse hacia la armonía con el resto del universo, mientras permanece estática la belleza del resto de las cosas. El hombre adivinará esa belleza nombrada, haciéndose a sí mismo poeta; el poeta sólo adelanta la condición de la gracia y la demuestra como posible en sí, él es la mejor prueba de su teoría de mundo. El modelo propuesto por Juan L. Ortiz es lo enunciado.

En Juan L. Ortiz la belleza será la que triunfará a pesar de la circunstancia, porque está nombrada en su discurso como más allá de la circunstancia y lo que es mejor, como su mismísimo sedimento. Lo horrible del mundo está apoyado en la belleza, se origina en ella por concurso del hombre que lo hace surgir consigo mismo del, podemos decir, bello caos sin nombre. El poeta, entonces, sería alguien detenido en el momento de nombrar las cosas, de hacerlas inteligibles para ese mundo humano, un traductor privilegiado con la visión y la palabra, un puente entre las opuestas dimensiones del mundo natural y del mundo humano. La visión que le permite acceder al mundo natural ya abandonado por sus congéneres y al cual ellos y él, irrenunciablemente, siguen perteneciendo. La palabra que le permite nombrar aquello que no pertenece al territorio de la palabra, por cuanto es, exactamente, el mundo material, el mundo natural, enfrentado al mundo de la imaginación, el mundo artificial, el mundo humano en la tradición occidental.

El recurso que empleará nuestro autor para esta imposible proeza, para lograr su como si, será el de hacer desaparecer al individuo relatante, al visionario, al poeta-vidente de Rimbaud, sentando la seducción de leer como si el mismo mundo natural fuera el relator. El recurso empleado es similar al de la pintura china, donde la representación del hombre, tan numerosa en Occidente, tiene apenas esbozos y, cuando esa aparición humana se produce, se trata de figuras diminutas en relación al paisaje representado, de una parte más y no de la parte principal, como sí sucede en Occidente cuando una figura humana aparece en una pintura.

Lo que hace a Juan L. Ortiz distinto y singular es que mantiene la postura de que es posible la visión de esa belleza cósmica y al no nombrarse como visionario, sino dejar que la visión sea la que vea, ésa es su ficción, permite, en el sentido de otorgar un permiso para que otros lo utilicen, permite que otros, cualquiera que sea su condición, sean capaces de ver esa misma belleza, tan presente en lo insignificante como en lo  grandioso. Juan L. Ortiz es aquel que cede gustoso su lugar a quien quiera mirar el universo a través de su telescopio y de sus microscopios, sin aristocracia en el gesto, por la sencilla razón de que él, el convidador, no está allí, ocupando un espacio frente a los aparatos.

El hombre de Juan L. Ortiz, que por su visión y su devenir se salva a sí mismo, la creencia en ello como posible, es la salvación individual del hombre Juan L. Ortiz, ya que, como Walt Whitman, un hombre tan materialmente desgraciado, un descastado para el sistema de valores de su país, un hombre que ocupa socialmente un rango inferior, que culturalmente se encuentra marginado de las pompas de la misma cultura a la que renueva, no de otra forma puede enfrentar al universo que como un desesperado, un proletario intelectual que transforma en belleza el mundo que habita, haciéndolo así habitable, casa del hombre.

 

Obras de Juan L. Ortiz

 

El agua y la noche (1933).

El alba sube… (1937).

El ángel inclinado (1938).

La rama hacia el este (1940).

El álamo y el viento (1947).

El aire conmovido (1949).

La mano infinita (1951).

La brisa profunda (1954).

El alma y las colinas (1956).

De las raíces y del cielo (1958).

En el aura del sauce (1970).

© All rights reserved Luis Benítez

Luis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Sus 36 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro fueron publicados en Argentina, Chile, España, EE.UU., Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay

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