ESTA ANÉCTODA ES REAL: McOndo a sus 25. Elidio La Torre Lagares

Esta anécdota es real.

Al otro lado del Macondo de García Márquez, así, como quien cruza la cuadra, encontramos un espacio del mundo donde la vida se hila entre alucinaciones e insinuaciones, y donde lo mejor que se ha creado es un día detrás del otro. La cosa es que no hay prisa porque la sensación es la de dirigirse a ninguna parte. Aquí no hay niñas que se convierten en araña por desobedecer a la abuela ni flores que sangran.

Aquí los personajes son disfuncionales y se mueven en espacios urbanos mientras se perfilan entre la violácea irreverencia y la violencia irreversible. Se difuminan entre sombras y humo -o smog-. Van de cama en cama pidiendo que la noche no termine y la memoria siempre es convocada por alguna melodía de rock. Aquí Blacamán el bueno ya no vende milagros y Melquíades el mago ya no tiene credibilidad.

Este es el mundo de McOndo, que no es un punto geográfico en un mapa, sino que es, en el desplome de las utopías, una actitud o una localidad del ser.

La antología McOndo, publicada en 1996 en Barcelona bajo el sello Mondadori, estuvo al cuidado de Alberto Fuguet y Sergio Gómez. La selección incluía a figuras definitorias de la literatura iberoamericana del siglo XXI como Rodrigo Fresán, Edmundo Paz Soldán, Santiago Gamboa, Ray Loriga y Jordi Soler, entre otros que, para entonces, «eran levemente conocidos en sus respectivos países».

Los macondinos, podría argumentarse, es la primera generación de escritores que aprenden a escribir desde la impasividad cibernética y su subsecuente singularidad. El lanzamiento del libro, que en el 2021 celebra  los veinticinco años de su publicación, concurrió entre aroma a papitas fritas en un McDonald’s de Santiago.

I’m loving it.

Sucede que, para 2008, Fuguet inventó el distanciamiento social cuando me concedió una entrevista para un diario en Puerto Rico desde lo que entonces denominé como «tomarnos un café cibernético»: cohabitar en el mismo espacio aunque nos encontráramos en lugares diferentes.

Y capuccino en mano, Fuguet me dijo entonces que desconocía qué cosa podría ser McOndo, pero sí sabía lo que no era. Así que ni manifiesto ni movimiento. Le parecía, de alguna manera, un adjetivo, otra manera de decir bizarro o freak o raro o hiperrealismo, según me dijo. «Es una manera rápida de resumir lo que implica ser Latinoamérica a fines del siglo pasado y los comienzos de éste».

La crítica literaria a través del continente americano comenzó a padecer de convulsiones frecuentes ante el libro que Fuguet y Gómez describen como «incompleto, parcial y arbitrario. No representa sino a sus participantes». Hablamos, también, del primer grupo demográfico globalizado.

«Supongo que fui o soy de esa generación», me dijo Fuguet, «pero me gustaría creer, más que nada, que soy contemporáneo». Lo complicado con lo de las generaciones, acota, es que envejecen aún más rápido que uno mismo. La idea que aborda Fuguet es que, tal vez, todos seamos fronterizos y liminales. «A la larga, uno pertenece a la hermandad cósmica».

Concuerdo.

Después de todo, el deber de un artista de la palabra es crear a sus lectores o espectadores o auditores, dice. En estos tiempos, cada uno es capaz de armar su propio mundo.

Fuguet comenzó a escribir cuentos para sus compañeros de curso. Eran admitidas copias de copias de copias de cuentos de Bukowski. Luego intentó la suerte con un certamen literario y obtuvo el segundo premio, a raíz del cual fue invitado a participar de un taller de escritura, nada menos que con Donoso y Skármeta. «El resto, supongo, es historia. O mi historia».

O la historia.

Sucede, frecuentemente, que el primer signo de la innovación es el rechazo. Sobreponerse al status quo, o a los que pretenden imponerlo, es un acto de insurrección.

Fuguet no lo niega: es un escritor político. En Tinta roja, obra adaptada para el cine por Francisco Lombardi, el autor utiliza el periodismo amarillo más que como cuarto poder, como testigo de la realidad. Ya antes, en Mala onda, vemos como el trasfondo político demarca la vida de Matías Vicuña, un joven de 17 años que regresa a su país luego de varios años en el extranjero. Mala onda es sobre un país donde las fiestas son largas porque hay toque de queda. Es una novela sobre la dictadura, en clave disco, confiesa Fuguet.

Su éxito amargó un poco más el confort literario. Y todo fue bueno.

Los escritores de la antología McOndo no se adscriben a un árbol genealógico específico. En todo caso, es un movimiento (si se admite como movimiento) rizomático. La raíz es fija. La raíz es estable. El rizoma macondino es nómada, liso, descentralizado. Lo mismo evocan a Douglas Coupland que a Salinger y Bukowski, «aunque también Vargas Llosa y Richard Price… Ethan Canin, y ahora, no sé, Dave Eggers y James Ellroy y Andrés Caicedo y Pavese», dice Fuguet.

Es una familia extendida.

Irónicamente, Fuguet encuentra la respuesta en Gabriel García Márquez: «Cuando tituló su novela Cien años de soledad, sin querer, el Gabo anunció que este es un continente de gente sola. Es raro: la gente cree que no es así, que todos somos latinos y nos la pasamos abrazados y bailando. Quizás fuimos así pero, de a poco, nos hemos ido quedando solos y a la deriva».

Cuando tuvimos esta conversación en el 2008, las redes sociales no eran lo que son hoy día. McOndo tenía ya doce años cuando Facebook apenas invadía nuestra privacidad y Twitter iniciaba su ascenso a lo que conocemos hoy día. Instagram no existía. ¿WhatsApp? In your dreams…

Cuando Fuguet y Gómez se sentaron a hacer la selección de los escritores, «la comunicación con el exterior fue difícil, atrasada, escasa», y surgió a un ritmo más lento del que esperaban, según consignan en el prólogo de la antología. El continente en sí mismo les parecía desconocido, virgen. «Llegamos a pensar que America Latina era un invento de los departamentos de español de las universidades norteamericanas».

De ahí el resentimiento que Alberto siente contra la literatura que se venía produciendo en su país y en el resto de Latinoamérica. Y musita: «Uno siempre habla -y escribe- por la herida».

Apenas son 25 años —no son nada, ¿verdad?— y el mundo desde entonces es irreconocible. Ya en mayoría de edad, volveré a pasearme por las páginas de McOndo, ese otro barrio que muchos desconocen que aún habitan como ciudadanos de ese espacio de culturas bastardas y mestizas que no es otra cosas, como dicen Fuguet y Gómez, que la América misma.Les digo: esta anécdota es real. Como el cubrebocas.

 

 

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Elidio La Torre Lagares es poeta, ensayista y narrador. Ha publicado un libro de cuentos, Septiembre (Editorial Cultural, 2000), premiada por el Pen Club de Puerto Rico como uno de los mejores libros de ese año, y dos novelas también premiadas por la misma organización: Historia de un dios pequeño (Plaza Mayor, 2001) y Gracia (Oveja Negra, 2004). Además, ha publicado los siguientes poemarios: Embudo: poemas de fin de siglo (1994), Cuerpos sin sombras (Isla Negra Editores, 1998), Cáliz (2004). El éxito de su poesía se consolida con la publicación de Vicios de construcción (2008), libro que ha gozado del favor crítico y comercial.

En el 2007 recibió el galardón Gran Premio Nuevas Letras, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico, y en marzo de 2008 recibió el Primer Premio de Poesía Julia de Burgos, auspiciado por la Fundación Nilita Vientós Gastón, por el libro Ensayo del vuelo.

En la actualidad es profesor de Literatura y Creación Literaria en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha colaborado con el periódico El Nuevo Día, La Jornada de México y es columnista de la revista de cultura hispanoamericana Otro Lunes.

twitter: @elidiolatorre

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