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Puede 2024

ESCRIBIR Y PENSAR SON LO MISMO. Héctor Figueredo

Recuerdo como si fuera ayer, cuando en 1983, en una clase de humanidades de título “El hombre como individuo”, mi profesor Stuart Horn dijo que “lo único que los jóvenes tenían que aprender en el colegio antes de entrar a la universidad era a leer, escribir y contar.” Ayer vi un video del comienzo del 2000 curioso, en la calle le hacen preguntas de 4º, 5º y 6º grado de primaria a estudiantes universitarios y las respuestas son… bueno, para reírse, pero a carcajadas.

Interesante que los judíos aglomeran casi el 24% de los premios Nobel de todas las ciencias y economía; y en innovación en medicina o economía han sido responsables del 40% y 27% respectivamente. Sin embargo, ellos son el 0.2% de la población mundial, una ratio por demás asombroso. Una de las razones es porque desde hace miles de años, los niños judíos les enseñaban a leer y a escribir, ha sido algo extraordinariamente importante por su bagaje cultural; la otra es que han permanecido como un “pueblo” durante todo ese tiempo, algo que es único entre todos los pueblos de la antigüedad.

¿Dónde yacen los obstáculos que tenemos para vivir una vida plena? Empieza, como todo, en lo básico: aprender a leer y escribir… pero ¡BIEN!
Lo entiendo, es difícil escribir… claro, ¡hay que pensar!

“No hay diferencia entre pensar y escribir”

Si lo reflexionas un poco, te das cuenta por qué. Cuando hablamos nos comunicamos con todo nuestro ser, aparte de la voz, donde el tono, el ritmo, el pitch y los silencios comunican mucho más que las palabras que se comparten; también comunicamos con nuestra postura, manos, rostro, cuerpo, ojos… quién sabe si también con nuestro Ser más etéreo, ese que llamamos Espíritu o al menos no es tan denso como el cuerpo o los pensamientos. A veces con sólo una mirada o una palabra, recibimos una “extensa y contundente” comunicación; al menos eso recuerdo de mi mamá cuando estaba molesta por algo que yo había hecho.

En fin, podemos decir mucho con todos los elementos con que comunicamos. Cuando hablamos con alguien vamos saltando de un punto a otro, cambiando de un tema a otro; increíblemente con quién compartimos tiempo, espacio y comunicación, nos siguen bastante bien el hilo. Sólo falta que registres a una persona hablando coloquialmente por 2 minutos y trascribas literalmente las palabras que salieron de su boca y lo leas el día siguiente… te darás cuenta de que no te enteras de nada, no hay coherencia, cohesión ni concordancia entre ideas y todo parece las tonterías de alguien que no sabe lo que dice.

Cuando hablamos es como comunicar con una manguera de bombero, vas a mojar al interlocutor sí o sí. Escribir es diferente, si queremos comunicar bien es necesario dejar caer gota a gota en el papel tus pensamientos y sentires, uniéndolos como una serie de puntos que hacen una línea hasta llegar a una letra. Necesitas dibujar con letras una palabra, luego otra y luego otra; y todas ellas forman una idea; y si lo haces bien, puede ser sutil y profundo, o una ola mucho más impactante que la manguera de bomberos.

Lo que pasa, es que cuando escribimos, los símbolos de puntuación y las palabras son limitaciones; cuando tratamos de escribir bien, nos limitan… pero como todos los límites, nos pueden ayudar a tamizar bien lo que queremos decir.

Escribir es una muy tosca traducción del sentir y pensar, pero te ordena la cabeza, no puede ser de otra manera. Recoger una vez una habitación no es suficiente para que sea un cuarto ordenado o tú seas ordenado… igual la cabeza tarda su tiempo y esfuerzo en ordenarse a través de la lectura y la escritura.

¿Qué escribir?

Hay temas que, si los escribo me ordenan más que otros. Yo comencé a escribir dos grandes temas en diferentes géneros: mi historia personal y relatos de ficción. Usé poesía, prosa, narrativa, ensayos… pero sin forma, como me salía, como un niño dibujando. Por cierto, le acompañaba con dibujos y otras locuras sobre papel. Eran un journal (la palabra “diario” me descoloca) era una suerte de cuaderno, ensayo, donde plasmaba la rabia de un momento con la reflexión con palabras y dibujos del porqué me molestaba algo. Era una extensión fluida de mi sentir y pensar.

Nuestra vida es tan compleja, y pasan tantas cosas al mismo tiempo, procesadas por mi mente, aunque no por mi consciencia, todo impactando mis emociones y modeladas por mis ideas; requiero con urgencia un “pararrayos” para ir dando cohesión a toda esa carga inmensa de energías. Mi consciencia necesita colaboración para integrar tanta información. Sin orden, toda esa energía se convierte en estática, saltan de un lado a otro, generando un campo magnético de incertidumbre y sensibilidad sin sentido.

Escribir sobre el pasado

Todos hemos vivido momentos dolorosos, tenemos recuerdos que nos cocinan por dentro, puede que sea a fuego lento, tan suave que puede ni te des cuenta; quizás porque en su momento le pusiste una tapa a la olla. Se requiere algún factor o crisis externa para desencadenar algo que te descoloca y saca toda tu vida del lugar que tanto tiempo te has tardado en acomodar… no hay manera de evitarlo, será una disputa familiar, la muerte o una enfermedad de un ser querido, perdida de un trabajo, un fracaso empresarial, un accidente o tragedia fortuita… alguna vez en la vida a todos nos toca alguna de estas.

La manera de prepararse para lo que venga en el futuro es saber dónde construyes tu presente… y nada te ayuda más que saber de dónde vienes. Una cosa interesante, el pasado se puede cambiar, no importa lo que te hayan dicho o creas. Porque las cosas no son cómo nos pasaron, sino cómo nos decimos que nos pasaron, al igual que “no importa lo que te pase, sino como le pasas tú a lo que te pase” (Jorge Carvajal).

Escribir sobre tu pasado, vuelve a poner un foco en lo que te pasó… y eso es de valientes, porque no lo dudes, estás entrando a la cueva del dragón.
No hay otra manera de cambiar el pasado, volviendo a él, reconocer, perdonar y, sobre todo, perdonarte a ti mismo para no repetirlo.

Cierto que sólo escribir no soluciona todo. Pero tampoco sólo actuar, ni tampoco sólo planificar, y seguro que visionar tampoco. El sentido de la vida lo encuentras cuando descubres que hay algo por lo que vale la pena arriesgar tu vida y apuestas todo lo que tienes a ese número… asumes responsabilidad por tu despertar, defines una dirección, y comienzas a actuar para llegar a esa persona que “eres” si eso por lo que apostaste se hace realidad… y asumes la última responsabilidad: tú eres el último responsable de absolutamente todo, sin importar de dónde viene, de cómo te sientes o porqué.

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