El Nonno, Tarzán, era europeo. Un día llegó a este paraíso lejano. No por mérito propio: sus padres lo trajeron en una avioneta que cayó en la selva y murieron, dejándolo solo.
Como tantos, había cruzado el océano sin entender el idioma.
Pero la selva lo adoptó.
Fue criado por una tribu de monos. Y cuando se irguió, los monos, maravillados, lo hicieron rey.
Así fue rey.
No tuvo que estudiar. Le alcanzó con erguirse y dejar que el viento ondeara su larga cabellera.
Dicen que fue un buen rey. A su hijo, mi padre, le enseñó lo esencial:
—Hijo, es fácil. Salís de mañana, te subís al peñasco más alto y lanzás tu grito para recordarles a todos quién es el rey. Y nada más.
Mi padre siguió la lección del Nonno. Y fue rey.
Se levantaba temprano. Trabajaba de 9 a 5. Volvía a casa. Y listo.
Era el rey.
Los domingos había ravioles y Boca.
Los sábados, vermut con los muchachos.
A la noche, cine con mamá, pizza con fainá, pingüino de moscatel, flan mixto.
Y vuelta a casa.
Era feliz. No necesitaba más. Porque con eso alcanzaba. Y sobraba.
Perón le había dado quince días de vacaciones pagas en Mar del Plata. Todos los años. A veces Córdoba. Alguna vez Bariloche.
Era el rey.
Cada tarde, al bajar del tren en Retiro, compraba el diario y hacía lustrar sus zapatos por el pibe de la estación. Mamá ya los había lustrado en casa y almidonado los cuellos de sus camisas, pero él disfrutaba ese ritual: abrir el diario y poner cara seria, como si tuviera que aprobar cada ley del Parlamento.
Al final, sacaba unas monedas sin contarlas.
El pibe se levantaba, tocaba la gorra:
—Muchas gracias, señor.
Así transcurrió, sin sobresaltos, el reinado de mi padre.
Hasta que un día se jubiló.
Tenía su casa propia. Quincho en el fondo. Un rosal en el jardín.
Un auto industria nacional —un Falcon en buen estado— y una casita en la costa que había heredado del Nonno.
Pero su mayor orgullo no era eso.
Eran sus hijos.
Mi hermana, maestra.
Yo, médico.
Dos hijos bien encaminados, como le gustaba decir.
Todo con un único sueldo. Administrativo de carrera. En la misma empresa.
El día de la despedida le regalaron un reloj suizo.
Y una tarjeta que siempre mostraba:
—Al pibe que ingresó como cadete y se jubiló como gerente, sin faltar un solo día durante cuarenta años.
Siguiendo el mandato familiar, me recibí de médico y me casé con la vecina más linda del barrio.
Éramos la pareja perfecta. El orgullo de papá. La envidia de las amigas de mamá.
Pero había un ruido.
Algo que no encajaba.
Trabajaba largas horas en dos clínicas. Hacía guardias los sábados. Corría para sostener el nivel de vida que se esperaba de mí.
Y aun así, ese nivel de vida se parecía demasiado al que había tenido mi padre… trabajando de 9 a 5. Sin estudios.
Sentía que algo fallaba.
Pero no sabía qué.
Seguía siendo el rey. Nieto de Tarzán.
—Mucho gusto, soy el doctor Rodríguez. Nieto de Tarzán.
La frase siempre hacía efecto.
Me invitaban a la mesa principal del club. Entré en la comisión directiva.
Mi madre sonreía. Mi esposa también.
Y en el barrio, las madres empujaban a sus hijas hacia Robertito, mi hijo.
Yo creía que, con esfuerzo, iba a poder pasarle la corona.
Como mi padre había hecho conmigo.
Para entonces, mi padre ya había muerto.
Y yo estaba solo.
Una tarde, mientras hacía cuentas que no cerraban, llegó un tío lejano.
Venía de Anillaco.
Era amable. Cercano. De esos que entran a una casa y en pocas horas ya parecen de la familia.
Traía regalos. Y promesas.
Decía que, si seguíamos sus consejos, nunca más íbamos a tener que preocuparnos por nada.
—Robertito —me dijo—, esta selva no rinde. Está llena de mosquitos.
Hablaba de venderla.
De cambiarla por una vida sin sobresaltos.
Un hotel. Todo servido. Sin mosquitos.
Era un canto de sirena.
Y lo sabía.
Pero las cuentas seguían sin cerrar.
Y firmé.
El día que nos fuimos, sentí un nudo en la garganta.
No me dejaron despedirme.
La topadora llegó antes.
Se llevó la selva.
Y con ella, las tumbas del Nonno y de mi padre.
—Es el progreso —me dijeron—. No espera a nadie.
Maldita la hora en que firmé.
Al principio, todo parecía ir bien.
Había piscina. Juegos nuevos. Cosas que no existían en la selva.
Pero cuando llegó el día de pasarle el mando a Robertito, mis palabras sonaron huecas.
Intenté repetir la consigna de mi padre.
No funcionó.
Entonces entendí.
Mi padre no era rey por lo que hacía.
Era rey porque la selva lo hacía posible.
Ese mundo ya no existía.
Mi hijo, médico, ya no heredaba certezas.
Solo opciones que se parecían demasiado entre sí.
Mi hija volvía llorando de la escuela.
Decía que ya nadie escuchaba.
Que las palabras no pesaban como antes.
Vivíamos en un oasis.
Todo estaba servido.
Nada nos pertenecía.
Algunos trabajaban guiando a otros.
Otros atendían el hotel.
A veces, alguien lograba irse lejos.
Siempre a Europa.
Porque, gracias a Dios, tenían pasaporte europeo.
Porque el Nonno era europeo.
FIN
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Luis Eduardo Juanicó
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Luis Juanicó es investigador del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina) y escritor de narrativa breve con enfoque en la intersección entre lo simbólico y lo conceptual. Ha publicado dos libros de cuentos en KDP (Amazon).
Reside en San Carlos de Bariloche, Argentina.