Y TODO SE AQUIETA. Alicia Grinbank

Llegó a la playa con una bikini amarilla. Ya de entrada me pareció una tilinga: combinar el amarillo canario de la bikini con ese pelo rubio platinado, es todo un indicador.  

Papá la había invitado a pasar quince días con nosotros y decía que era mejor así: conocerla en vacaciones para quitarle formalidad al asunto. Atrás de ella como un burdo cortejovenían sus hijitos, dos gnomos de flequillo acarreando palitas y baldes. El cuadro me pareció lamentable: papá recibiéndola baboso y ella riéndose como una estúpida para disimular la incomodidad.  

El divorcio de mis padres, unos meses antes, había caído sobre mí aplastándome el cráneo: ¿cómo de un día para otro se divorciaron?… ellos no discutían y se los veía bien, trabajaban a la par en la clínica, tenían amigos y se consultaban casos y cosas, paseaban, hacían proyectos. Pero cierto es que los volcanes erupcionan de la noche a la mañana sin decir «lava va»; un buen día el pueblo es ceniza: amantes congelados en la piedra, torneros petrificados en su labor, niños estampados en las hamacas, y de ese pueblo sólo queda una ruina turística. 

 Y ahora que la evoco, pasándole el bronceador a papá por la espalda, me pregunto si habrá sido a causa de ella ese divorcio o si mis padres alimentaban ya su propia lava ciega e incandescente, tras esa imagen armónica que dibujaron silenciosamente durante años.  

Después de esa grotesca entrada en la playa, convivimos esa quincena con ella y sus repelentes gnomos en el departamento frente al mar. Yo dormía sobre el piso en la bolsa de camping y ellos en las cuchetas, al lado. Insomne, yo escuchaba risitas ahogadas o quejidos silentes que venían del otro dormitorio. Alguna noche el más chiquito quería pis y la llamaba; ella acudía medio adormilada con un camisolín de satén trayendo el perfume de papá en la piel, y se inclinaba maternal. Yo la veía en la penumbra ir hasta el baño con el gnomo, arroparlo después y regresar a la cama de papá.  

Mirándola así en medio del silencio de la noche poco vestida y adornada, me di cuenta de que su cuerpo menudo y pulposo era parecido al de las chicas con las que yo salía a veces. Me avergonzaba pensando en tocarla y al mismo tiempo sentía un profundo asco por papá: lo recordé tomado dulcemente de la mano de mamá cuando caminaban por esa misma playa pisoteada este año por la bikini amarilla. 

 En ese veraneo de terror se me hizo imposible concentrarme para el examen de la facultad, que debía rendir al regreso de las vacaciones: la estridencia de su voz intentaba congraciarse preguntándome sobre mis estudios, qué música prefería, si tenía novia, si me gustaba nadar o cualquier boludez que se le viniera a la mente.  

«Cerebro de libélula» pensé un día en que la vi salir del mar con su bikini de voladitos… no es la experiencia lo que diferencia a las personas, es la inteligencia.  

Fueron días de hiel y cardos que me aturdieron sin tregua. La heladerita playera cargada de empalagosas vituallas… y esa bikini amarilla sinuosa y brillante de aceite de coco, sobre las rodillas un tanto achacosas de papá.  

Aguanté como el mejor, es más, creo que me quedaba cerca para cebarme. Mis amigos venían a buscarme y yo no salía con ellos, sentía un regocijo amargo en aquella fantochada… anclado cada vez más a las patéticas escenas entre papá y ella.  

Los hijitos se me pegaban, y terminé haciendo castillos de arena como una nodriza. Papá y la bikini suponían que yo disfrutaba, y se solazaban juntos con más desparpajo. Me exasperaban las risotadas levemente procaces de ambos cuando los escuchaba regresar a la madrugada un poco ebrios del casino o de la disco. Comencé a sentir entonces que crecía en mí un árbol extraño: viejos brotes disputándose espacio con celestes lianas de ponzoña, raíces volándome la tapa de los sesos.  

Hasta que un día, al atardecer, después de tomar mate mirando la puesta de sol me encaminé hacia el mar. El mayor de los gnomos me siguió, como siempre, y entró al agua conmigo. La frescura del mar a esa hora es incomparable: parece que algo bueno le sucede al mundo y todo se aquieta. Gaviotas hambrientas, el sol agónico y una luz que beatifica los rostros.  

Lo dejé ir como a un papelito, mientras que en la orilla el hermano más chico daba vuelta el balde con la torta de arena y la bikini amarilla corría hacia el mar agitando los brazos, a los gritos. 

      

© All rights reserved Alicia Grinbank                                         

Alicia Grinbanknació en 1949 en Buenos Aires, ciudad de la Argentina en la cual reside. Es egresada en la especialización Literatura por la Alianza Francesa. 

(Se consignan aquí solo algunos de sus premios) 2002 los primeros premios en Prosa poética y en Poesía, por la Universidad de Morón; 1993 Primer Premio en el Concurso «Carlos Alberto Débole»  por su libro Curanto.  2005 en narrativa breve Primer Premio en el Certamen «Discurso Abierto».  2011 Primer Premio de Cuento de la Editorial Torremozas, España.   

Coordina talleres de orientación en la escritura, cursos de lectura y de apreciación de la poética del tango. Como profesora de francés enseña y traduce. Fue incluida en antologías nacionales e internacionales: Poesía argentina comtemporánea de la Fundación Argentina para la Poesía; Por la senda del reencuentro chileno-argentino Centro Cultural Chileno «Gabriela Mistral», Testimonios del presente Editorial La Luna Que; Memorias del vino – Poemas elegidos Uruguay; Travesías poéticas bilingüe español–francés, Editorial L’Harmattan; Antología de poesía argentina 18 poetas Alción Editora – Reflet des Lettres, etc.  

Publicó los poemarios Bruma y verdor (1987), Curanto (1992), La balsa de la medusa (2002), Noche cerrada (2006) y Pulmón de manzana (2011); y en co-autoría con Manuel Bendersky: Alguien que amo rodea mi cintura (poemas cubanos, 1993). 

Su libro de cuentos es de próxima publicación. 

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