EN LA CUMBRE cuento asturiano. Vidal Alcolea

Esto ocurrió a mediados del siglo pasado, en una parte de Asturias ahora recorrida por eficientes autopistas y líneas de ferrocarril, pero entonces accesible solo a caballo. Mi tío M. era médico rural y vivía en un pueblo en el fondo del valle de H, en una casa de dos pisos que compartía con su segunda esposa. No tenían hijos. Una noche de invierno, con nieve y ventisca congeladora, le despertaron unos fuertes golpes a la puerta de la casa. Salió de la cama y, tras echarse sobre los hombros un grueso abrigo de pieles, bajó al primer piso y abrió la puerta. Había allí un campesino envuelto en capa de cuero y con sombrero de ala ancha sobre el rostro. Era un hombre tosco que hablaba en dialecto muy cerrado. Preguntaba a mi tío si podía acompañarle a la aldea de alta montaña de la que procedía, donde una hija suya había caído enferma y guardaba cama, llevada de las fiebres que la hacían alucinar y la consumían. Mi tío, un hombre generoso, no lo pensó dos veces antes de acceder. Como empujados por el mismo viento, como si sus monturas fueran parte de la nevada misma, los dos hombres cabalgaron raudamente a través de la negrura estriada de hielo de la noche y ascendieron montes arriba, hasta una altitud que cortaba el aliento, en la que ya se veían muy cercanas las peñas sobrecogedoras de la cordillera. Allí encontraron una aldea de casas de piedra que el viento castigaba con encono, asomada a un precipicio cuyo fondo no se columbraba. Antes de que pudieran entrar con los caballos en la única calle del lugar, se vieron rodeados de unas extrañas luces rojas que parecían flotar en la negrura. Al mismo tiempo, mi tío vio los destellos de innumerables dientes afilados. Estaban siendo acosados por una manada de lobos hambrientos. Sin embargo, dos cosas sorprendieron a mi tío: que los animales no parecían producir el menor ruido, y que cuando pudo vislumbrar a medias alguna de las cabezas de aquellas bestias, se le habían antojado vagamente humanas. El hombre de la capa de cuero, cuyo rostro permanecía oculto bajo el ala de su sombrero, trataba de espantar a las alimañas con gruñidos, lo cual no surtía efecto alguno. Mi tío sacó de su funda una escopeta que siempre llevaba por si tenía que hacer una incursión en la montaña. Disparó unas cuantas veces. Le pareció alcanzar a un lobo en la pata o en el lomo, pero fueron los fogonazos de los disparos lo que hicieron que la manada se espantase y desapareciese. Poco después, sin haber cruzado una palabra, los dos hombres llegaban a la casa donde yacía enferma la hija del campesino. Era pobre, estrecha, de paredes de piedra sin pulir, e iluminada con quinqués de petróleo.

La estancia donde se hallaba la enferma tenía el techo de vigas, tan bajo que mi tío tuvo que agacharse para no darse en la cabeza. La niña estaba echada en un tosco camastro de madera. Sudaba copiosamente. Mi tío había dicho al campesino que se mantuviera fuera del cuarto de la enferma mientras la examinaba. Había levantado el camisón de la niña a la altura del pecho, y escuchaba con su estetoscopio los latidos de su corazón. Cuando muchos años después refirió esta historia, siempre hizo hincapié en el hecho de que en aquellos momentos se sentía como fuera de la realidad, como si lo que estaba pasando fuera parte de una pesadilla. El caso es que la niña, de pronto, le agarró la mano fuertemente y le hincó los dientes en la muñeca. Mi tío hizo toda la fuerza posible para zafarse de aquella dentellada atroz, pero no pudo, se dió cuenta de que la enferma estaba bebiéndole la sangre que le salía de la herida en la muñeca. Aterrado y en un estado de trance, salió del cuarto dando tumbos. Según cruzaba el zaguán hacia la calle, le pareció ver sentado a una mesa al campesino que le miraba con una indescifrable sonrisa en el rostro. No era una risa humana, ciertamente, sino la mueca salvaje que se ve en la cara de un lobo cuando despedaza con los dientes a su presa. Se arrojó a la nevada, que le golpeó el rostro febril, y echó a correr alocadamente carretera abajo, sintiéndose perseguido por algo maligno. Al mirar hacia atrás, vio que los lobos corrían tras él. Pronto le darían alcance y se cebarían con su desafortunado cuerpo. Lo más horrible era que aquellos animales tenían rostros humanos, y que entre aquellos rostros vio, sin lugar a dudas, el del campesino, con las fauces abiertas y salivosas, y el de la niña enferma, que lejos de parecer una sufriente parecía un espectro enloquecido por su sed de sangre. Finalmente, mi tío cayó desmayado sobre el empedrado de aquella carretera centenaria.

Al dia siguiente, despertó en una limpia cama del hospital del concejo. Nadie pudo explicarle por qué le habían hallado sin conocimiento en una senda de la montaña, en un paraje desolado, en los alrededores de una aldea que había estado abandonada durante siglos, y él, por su parte, prefirió no contar lo que recordaba haberle sucedido. Y, efectivamente, pasaron años antes de que confesase a nadie que desde entonces había vivido atormentado por un absurdo miedo a los vampíros, y por la sospecha de que él mismo podía haber sido infectado por semejante criatura.

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Vidal Alcolea, poeta y cuentista residente en Toronto.

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