
Vista nocturna de Cuernavaca, Estado Morelos. Al fondo la estatua de Cortés y su palacio.
Continúo esta tercera sección aludiendo al término «Cuernavaca». Según algunas enseñanzas compartidas tanto en las escuelas de mi niñez como en las de mi pubertad, este nombre no es más que una deformación de la palabra «Cuauhnáhuac», en la lengua náhuatl. Hace referencia al nombre que utilizaban los nativos a la llegada de los españoles en el Siglo XVI, para denominar espacios geográficos cercanos a áreas ricas en floras y ríos exuberantes.
En efecto, los libros de historia con los que me familiaricé cuando joven, repetían una y otra vez que Hernán Cortés lo castellanizó como «Coadnabaced» o «Cuautlavaca» cuando escribía sus crónicas y cartas dirigidas a los reyes de la Madre España, hasta convertirse en «Cuernavaca», giro hispano que hoy define a aquella hermosa población sureña, también conocida con el logo «Ciudad de la eterna primavera». Aunque no es más que una etiqueta para atraer a turistas, me parece una descripción muy merecida, pues sin duda honra la excelencia de su clima.
Historiadores de períodos más recientes insisten en que el nombre no es más que una reminiscencia de antiguas edificaciones en ciudades del hemisferio de donde provenían los europeos al establecerse en las nuevas tierras. En otras palabras, los llamados «conquistadores» procuraban edificar, reproducir y bautizar las extrañas comunidades con nombres afines a lugares ya existentes. De esa manera las perpetuaban como símbolos de la grandeza de los empresarios que «descubrían, conquistaban y finalmente dominaban» los antiguos territorios que por siglos se desconocían en el resto del globo. No pretendo tener la autoridad para confirmar la versión verdadera de estos dos criterios, pero admito que esa centenaria disparidad se presta para posibles acercamientos historiográficos en proyectos futuros. Me permito ponerlos en remojo.

Detalle Palacio de Cortés, Cuernavaca
Como señalaba en otro párrafo, fue precisamente allí, en Cuernavaca, Estado Morelos, donde mis amigos y yo nos enteramos de que Madre Natura se había puesto de acuerdo con individuos jóvenes como nosotros, quizás con el fin de que algunos puntos geográficos dentro de la nación mexicana se convirtieran en un escenario que, además de enorme, fuera gratis. Quizás estábamos destinados a presenciar desde allí, el fenómeno que los medios noticiosos de la pasada centuria describían como «El eclipse total solar del siglo», 7 de marzo del 1970.
Recuerdo que uno de los muchachos que conocimos en aquella ciudad, nos presentó a un señor norteamericano retirado en México años atrás. Hablaba un español tan escaso como mi inglés de aquel entonces. Esto no denigraba en absoluto la característica que más llamaba la atención en él: este caballero era un personaje tranquilo, amistoso, simpático y, más que nada, un ferviente enamorado de la cultura hispana. Poseía, como yo cuatro años más tarde, un Volkswagen, carrito de creación alemana, pero ensamblado en aquel país hispano donde conocí tanta gente buena. Paolo, el más arriesgado de nuestro grupo, lo convenció para que fuéramos todos a ver el eclipse en su vehículo, a cambio de compartir con él los gastos del viaje y el timón.

Una de las calles típicas de Cuernavaca.
Pronto llegó el día de la partida, viernes 6 de marzo. Procedimos entonces a llenar el tanque de combustible del carrito, y recalcular el espacio para acomodar nuestro equipaje. La «tripulación» la compondríamos cuatro jóvenes, más el propietario del vehículo, «El Gorgeous Gringo», como se hacía llamar en una obvia trasposición lingüística que caía muy bien en nuestro grupo, siempre con el compromiso de alternar un conductor con un colega de travesía en los dos asientos delanteros, y mantener a los otros y el resto del equipaje que no cupo en el baúl delantero y el techo, en el asiento trasero, comprimidos, objetos y personas, como en lata de sardinas.
Partimos de Cuernavaca rumbo sur a eso de las seis de la tarde de la víspera del acontecimiento. El día ya avanzaba en su rutina vespertina, para dar paso a la oscuridad. En todos los pasajeros rondaba el presentimiento de que tanto la noche que se iniciaba, como aquel trayecto desconocido que nos esperaba, serían largos, aburridos y peligrosos.
Después de los primeros minutos de cálculos, planeamientos, expectativas y esperanzas compartidas, nos tocó hacer algunos intercambios de responsabilidades relacionadas con los turnos al timón. Unas veces le tocaba al buen gringo con Paolo como copiloto; otras a Pancho con «El Jorjazo», y Rafelo conmigo. En ocasiones turnábamos las rutinas y, por supuesto, hacíamos una que otra parada cuando las incomodidades de la larga carretera nos permitían detener el vehículo en algún tramo seguro —o casi seguro— donde hacer nuestras necesidades fisiológicas. Creo importante destacar que, en aquel viaje tan escabroso, apenas se percibía de vez en cuando, alguna que otra oscura y remota vivienda, mientras las horas parecían contener 120 en vez de los 60 minutos inventados por humanos.
Muchos kilómetros después de iniciar nuestro largo trayecto, ya en el tercer o cuarto cambio de turno de la noche, fungiendo yo de vigilante en uno de los asientos delanteros, sentí un fuerte, aunque pequeño cambio de dirección de aquel sufrido automóvil. Acto seguido miro alarmado a Rafelo, quien en ese específico momento tenía en sus manos la responsabilidad del timón, y le grito: «Oye, ¿qué pasa? ¿estás loco, o qué?» De pronto, abre los ojos como búho asustado, y frena de golpe, despertando al resto de los tripulantes que, como él, estaban profundamente dormidos. En aquel entonces, serían las dos o tres de la madrugada. Todavía no nos recuperábamos del susto, cuando de repente sentimos unos gigantes reflectores detrás de nosotros y una voz alarmada que nos gritaba desaforadamente: ¡no se muevan, no abran las puertas, no salgan del chingado carro! De momento, al escuchar aquel fuerte grito, el silencio fue aún más profundo que el de las horas de trayecto anteriores, esta vez sólo perturbado por la suave voz del propietario del vehículo quien, con una mueca de sueño mezclado con miedo, susurró: «¡Oh. my God… es un asalto!
FIN PARTE III. CONTINUARÁ.
© All rights reserved Héctor Manuel Gutiérrez
Héctor Manuel Gutiérrez, Ph.D, es instructor de español avanzado y literatura hispana. Funge como Lector Oficial de Literatura y Cultura Hispánicas en el programa de evaluación superior Advanced Placement, College Board/ETS. Ha sido colaborador mensual de la revista musical «Latin Beat», Gardena, California. Miembro/fundador de la revista literaria «La huella azul», FIU, Miami, Florida. Editor de contribuciones, «Revista Poetas y Escritores Miami», Miami, Florida. Colaborador «Revista Suburbano», Miami, Florida. Colaborador/ columnista, «Nagari Magazine», Miami, Florida. Colaborador «Linden Lane Magazine», Fort Worth, Texas. «Insularis Magazine», Miami, Florida. Es autor de los libros: «Cuarentenas», «Cuarentenas: Segunda Edición», «Cuando el viento es amigo», «Dossier Homenaje a Lilliam Moro» y «De autoría: ensayos al reverso». Les da los toques finales a «Encuentros a la carta: entrevistas en ciernes», a publicarse en 2026, «La utopía interior: estudio analítico de la ensayística de Ernesto Sábato», a publicarse en 2027, y la novela «El arrobo de la sospecha», que espera publicar en 2028.