UN SUEÑO YA PRONTO SERÁS. Carlos Gath

                                                             Hoy que Dios me deja de soñar,

                                                                                                                    a mi olvido iré por Santa Fe,

                                                                                                                     sé que en nuestra esquina vos ya estás

                                                                                                                     toda de tristeza, hasta los pies.

                                                                                                                     Abrazame fuerte que por dentro

                                                                                                                      me oigo muertes, viejas muertes,

                                                                                                                       agrediendo lo que amé. (*)

     Despertó como todas las mañanas de este presente monótono, interminable. Un presente sin fisuras; un mar calmo con olas apenas susurrando espuma en una orilla sin principio ni fin. Una eternidad a recorrer paso a paso dejando huellas irreconocibles. Un amanecer igual al anterior y al anterior y al anterior. Su memoria, enflaquecida y anémica, no podía rescatar desde qué momento, desde qué hecho puntual, el tiempo era igual a sí mismo, circular y previsible, sin sorpresas; desde qué instante cada abrir de ojos huyendo de la oscuridad era una rutina sin matices; él era incapaz de establecer un límite, de señalar un principio, de identificar el nacimiento, una fecha. Ya había dejado de interrogarse sobre la génesis, era así y no podía hacer nada para cambiar su actualidad. Y conocerla no alteraría nada. Era su realidad vigente que lo mantenía prisionero, confinado a unos escasos metros cuadrados; había aprendido dolorosamente a ser libre de ataduras, a emprender vuelos liberadores solo en su imaginación y siendo el protagonista de sus fantasías.

     Repitiéndose a sí mismo en cada despabilar, su atención se detuvo en la penumbra que envolvía el perchero de pie cerca de la cama, una mancha un poco más oscura a medio camino de la puerta cerrada que lo apartaba del mundo. Un muro excluyente. De este lado su realidad; del otro lado, una realidad foránea; una realidad cada vez más distante, más ajena, más incomprensible. Una claridad temerosa, insegura, pintaba de amarillo pálido la pared frente a él. Tenues sombras daban movimiento a un cuadro sin marco, sin título, sin pasado ni futuro. Solo el presente se corporizaba en trazos todavía indecisos, precarios.

     Miró su agenda mítica. Un mensaje críptico, una lámina pegada con cinta adhesiva a la puerta del placard cerrado. Antes utilizaba la mesita de luz para tenerlo a mano, pero desde que rodó de la cama al suelo se la alejaron para evitar un golpe fatal en la cabeza con el borde. Esa noche, la de la caída del colchón al suelo provocado al querer escapar de una pesadilla asfixiante, permaneció sin moverse, asustado, sin lograr volver a la cama, tirado sobre las frías e impersonales baldosas; la impotencia y la rabia le impidieron gritar pidiendo auxilio. Sus músculos no respondieron a sus órdenes. Fue una vigilia no deseada, muy sufrida. Hasta que las enfermeras le trajeron los remedios de las seis de la mañana y lo levantaron preocupadas depositándolo con delicadeza entre las sábanas. Hoy, su calendario icónico, diseñado y elaborado en conjunto con su hermano —el arquitecto—, le mostraba un palo de hockey suspendido en el aire. Cada signo, dibujado minuciosamente, y reproducido por impresora en tamaño A4, representaba un objeto o una idea con los que él guardaba una relación estrecha originada en su experiencia personal —eran siete dibujos, uno por cada día de la semana—. Domesticado por su profesión había agrupado sus recuerdos en siete enormes arcones de piratas, y los mantenía ocultos en islas imposibles de identificar, sin siquiera mapas que delataran su secreto. Algunos saltaban entre los cofres siguiendo las líneas de una rayuela etérea, sin decidirse a cual pertenecían. No aceptaban la clasificación formal. Por ejemplo, la escapada con su hermano en bicicleta en Miramar buscando lobos marinos en médanos inexplorados durante unas vacaciones a bordo del Peugeot de su padre que solo él manejaba. ¿Deberían estar atesorados bajo el símbolo «Soldaditos de plomo» o «Auto»? ¿O debía crear una esfera que englobara aquellos recuerdos esquivos a una clasificación inobjetable?

     Su mente se aplacó de la avalancha de ideas que danzaban tironeadas por un torbellino frenético producto de su confusión postdespertar. Volvió a concentrarse en el símbolo que le daba sentido a esa mañana: el palo de hockey. Entonces estuvo convencido de que ese día era lunes. Esas láminas eran su brújula temporal, su calendario casero. Todas las noches antes de darle los remedios de las veinticuatro, Pilar o Josefa, la que estuviera de guardia, colgaba la que correspondía de la puerta corrediza del placard para que fuera lo primero que viera al despertar. Era el ancla que lo mantenía atado a un mundo que día a día se le escurría entre los pensamientos cada vez más indómitos, más desordenados. Eran los portales que lo trasladaban fuera de su calabozo construido a partir de su enfermedad, de las limitaciones que ésta le imponía. Lo conducían por senderos misteriosos que se abrían paso en los universos en los que disfrutaba de su libertad. Eran de él, solo él tenía acceso.

     Somnoliento, ejercitando su memoria, repasó en forma automática el significado de cada uno:

     Lunes = Stick de hockey, había sido la actividad que lo formó, le enseñó el

compañerismo, la necesidad de pertenecer a un grupo, le regaló amigos desde la infancia y

todos los que cultivó durante su vida y todas sus historias estaban contenidas en él.

     Martes = Escalera, su primer amor, eran adolescentes y se encontraban en las

escaleras del edificio, el despertar de las pasiones, del sexo. Todos los encuentros pasionales,

todas las relaciones de su vida se diseminaban por los escalones en penumbras cómplices.

     Miércoles = Soldadito de plomo. Su infancia, a horcajadas de fantasías, de

descubrimientos. Su compinche fue su hermano. Juntos tejieron narraciones que desafiaban

las restricciones familiares. La búsqueda de otros mundos, Abrir escapes cotidianos a la

inventiva infantil.

     Jueves = Bicicleta. Sus hijos, la sorpresa de saberse padre sin tener idea de cómo

hacerlo. La responsabilidad de enseñarles a conducirse en la vida. Las alegrías, las

esperanzas, la necesidad de que sus hijos fueran su continuidad natural.

     Viernes = Torre Eiffel. Su compañera, su pareja, siempre presente a pesar de las

separaciones. Y ese viaje mágico, inesperado. Y al lado todos los demás que hicieron juntos,

los sueños tejidos por ambos, las diferencias que los llevaron a la ruptura.

     Sábado = Un pollito asomándose desde el interior de un huevo roto. Sus nietos, contarles cuentos, enseñarles las puertas secretas de la vida que los padres ocultan. Ser compinches con secretos nunca develados.

     Domingo. Un auto. Un Peugeot 404. La familia completa, padre, madre, hermanos y tiempos de ocio en conjunto. La construcción de las primeras defensas personales, la aparición de los cariños tan necesarios.

     Con los ojos cerrados, la respiración profunda y lenta, su mente se inundó de paciencia y esperó la primera imagen que brotara del arcón de los recuerdos y perteneciera a un acontecimiento del conjunto seleccionado. Las que no cumplían ese requisito eran ignoradas, se perdían en caminos sin destino fuera de su alcance. No las combatía, las dejaba fluir y les abría las compuertas hacia un olvido más profundo. No necesitaba definir con anterioridad los filtros ocasionales, no deseaba influir. Sabía que las historias no eran fiel reflejo de lo que había sucedido realmente. No le importaba, recreaba las anécdotas a partir de pensamientos individuales, por lo general inconexos, y en su mente las vivía y su cuerpo reaccionaba a la situación que lo envolvía. Era su propio aedo que le cantaba sus hazañas a un público inexistente y fiel.

     Esta vez se sorprendió con la escena que irrumpió eludiendo olvidos y su cuerpo se sobresaltó como si hubiera sido víctima de un susto repentino. Raras veces le sucedía, pero lo aceptó sin cuestionar. Daba la impresión que los arcones se sublevaban e intercambiaban recuerdos como si fueran figuritas de jugadores de fútbol de la década de 1960. Se vio, se sintió niño volviendo de las vacaciones en el mar, la piel oscurecida por el sol, el cabello con aroma de sal marina. Estaba en la cancha de hockey pista, en realidad era una de básquet a la que le habían incorporado dos arcos bajo los aros. Se escuchaba la Quinta Sinfonía de Beethoven. Jugaba en el mismo equipo que su hermano y faltaban pocos minutos para que finalizara el partido que definiría el campeonato. Recuperó la bocha en mitad de la cancha, eludió un contrario y le dio un pase magnífico a su hermano para que convirtiera y ganaran el partido. Se abrazó con su madre y abuela mientras su padre sonreía y aplaudía. La enfermera de turno se sobresaltó al escuchar el grito. Se asomó a la habitación. Ella no podía imaginar que él festejaba su primer campeonato. El rostro iluminado y su risa la tranquilizaron, estaba acostumbrada a sus gritos, a sus movimientos incontrolables mientras su cuerpo reposaba.

                                                                                                          Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,

                                                                                                                 guardaré mansamente las cosas de vivir,

                                                                                                                  mi pequeña poesía de adioses y de balas,

                                                                                                          mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín. (*)

 

     La música cambió. Ahora eran los Beatles, Sgto. Pepper. Estaba feliz, no podía describirlo ni hacerlo palabras para que los demás entendieran lo que le sucedía. Nunca en su vida se había sentido de esa manera. Solo estaba seguro que los amaba, por eso estaban ahí. Se encontraba en la confitería vieja del club, demolida treinta años atrás. Alumbrado por un relámpago se vio escondido, asustado debajo de una mesa, mirando El fantasma de la ópera en un televisor blanco y negro colgado de la pared. La lluvia repiqueteaba en el techo de chapa. La imagen se evaporó tan veloz como llegó. Él caminaba entre jugadores y familiares recibiendo felicitaciones y muestras de cariño, tenía la sensación que flotaba. Se detenía para recibir un abrazo afectuoso, compartir la felicidad que los embargaba, hacer un comentario ocasional, Y entonces detectó qué le molestaba en esa escena. En el festejo había personas que no pertenecían a ese ámbito: amigos, compañeros de trabajo, hijos, nietos. No estaban vinculados a los recuerdos que él guardaba del deporte. La música fue disminuyendo en intensidad. Se escuchaba un bandoneón.

     Una luz lo encegueció, todo se hizo silencio, todo se hizo nada…

                                                                                          (*) Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,

                                                                                                                    mi penúltimo whisky quedará sin beber,

                                                                                                            llegará, tangamente, mi muerte enamorada.

                                                               

                                                                                                                  *Horacio FerrerBalada para mi muerte

 

© All rights reserved Carlos Gath

Carlos Gath. Nació en la ciudad de Buenos Aires el 14 de septiembre de J1950. Se recibió de Licenciado en Sistemas y ejerció su profesión hasta su jubilación. En 1982 se mudó a la ciudad de Córdoba.

Curioso lector, se decidió a escribir cuando había pasado los sesenta añosJ. Participó de un taller de escritura que le dio la confianza y seguridad para dar a conocer sus cuentos.

Publicó una novela La injusticia final es la muerte.

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