LA MEMORIA EN EL ULISES DE JOYCE. Dolors Fernández Guerrero

Hace tiempo, a través de mi blog, una persona desconocida me planteó una cuestión sobre el Ulises de Joyce. Algo insólito y estimulante.  Como lectora y estudiosa de la obra joyceana sentí que mi trabajo, por una vez, había sido realmente útil, que había logrado traspasar las fronteras del papel, y una cosa así no sucede todos los días.

Concretamente era el tema de la memoria en la novela del autor irlandés, a partir de la figura paterna, lo que suscitaba a mi interlocutor algunas dudas, hasta el punto de comparar el Ulises –en este aspecto‒ con Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Mi desacuerdo ha sido el punto de partida de estas reflexiones.

Reconozco que la “reconstrucción del pasado” a partir del padre de Leopold Bloom, protagonista del Ulises, era un tema que no me había planteado antes. De hecho, las alusiones al padre, en mi opinión, le sirven a Joyce para justificar los orígenes semíticos de su protagonista y su carácter, en cierto modo marginal, abúlico y escéptico. Una manera de ser y de entender el mundo ajena a la mentalidad imperante en la sociedad de ese Dublín “integrado”, donde creencias, prejuicios y costumbres constituían un ecosistema propio. Una ciudad representada como un microcosmos, analogía a la inversa de la diversidad y amplitud de parajes visitados por el Ulises clásico en su referente literario, la Odisea.

En la novela, la figura del padre podemos rastrearla en los capítulos 6 y 7 (“Hades” y “Eolo”, respectivamente). Ahí se hace alusión y se especifica su condición de judío converso al protestantismo, tras el matrimonio con la irlandesa Ellen Higgins, así como su suicidio, pero poco más. Es un ejercicio de evocación que aparece mientras Bloom acude al funeral del amigo muerto, Paddy Dignam, en el capítulo 6; mientras que rememora nuevamente a su antecesor en el capítulo 7, cuando en un diario de Dublín ve a un tipógrafo colocar los caracteres de plomo en la imprenta. El sentido de la colocación, de derecha a izquierda, le retrotrae de nuevo a su infancia y a la lectura de la Hagadá por parte de su padre.

Estas conexiones con el pasado se vinculan con un presente deprimente, marcado en el recuerdo de Leopold Bloom por el fin trágico de Rudolf Bloom (el padre suicidado); en el momento de la narración, por el fallecimiento del amigo, Padyy Dignam; y en un tiempo futuro, por las esperanzas truncadas tras la muerte temprana del hijo del protagonista. De modo que la mnemohistoria en este caso funciona de un modo diametralmente opuesto a Cien años de soledad, donde el tiempo narrativo tiene el sesgo de las narraciones convencionales y dota de sentido a la vida humana en su valor de “renovación”, inherente a la especie humana.

Desde mi punto de vista, el Ulises no es una larga remembranza del protagonista en busca de un sentido existencial que se origine en el desarraigo, que busque antecedentes familiares para reencontrarse con sus orígenes en una voluntad de regeneración o, más todavía, que intente un anclaje del individuo como ser humano dentro de una visión más universal y trascendente. Creo que las circunstancias personales y familiares de Leopold Bloom justifican un carácter y una individuación, pero que eso es meramente contingente y que la obra de Joyce va más allá.

Para mí, las criaturas de Joyce no tienen salvación posible. Así lo ha querido su autor. Una interpretación en sentido contrario chocaría frontalmente con el nihilismo feroz que desprende la obra. De hecho, el hiperrealismo de la novela tiene su razón de ser en esa visión “descompuesta” de la vida y la sociedad humanas. La relativización extrema de cualquier acontecimiento conduce al desenfoque radical de la novela, resuelto con sucesivos puntos de vista, saltarines, continuos, con ese alarde abigarrado de técnicas, que, en definitiva, remiten al experimentalismo extremo de que hace gala el autor. Con su Ulises Joyce parece decirnos que la realidad es inaprehensible, porque tan verdad es la presencia de una silla (en un afán científico la describe minuciosa y pormenorizadamente), como la transfiguración surrealista de un prostíbulo.  Así las cosas, yo veo una intencionalidad disruptiva y deconstructiva en esta novela -por llamarla de algún modo-. Y el concepto de “verdad”, como comúnmente lo conocemos, poco importa a su autor.

Tanto es así que el componente temporal me atrevería a decir que es irrelevante. ¿Por qué si no la historia se centra en un solo día, aparentemente anodino, de la vida de los protagonistas? Una medida tan breve, pero asombrosamente dilatada en el tiempo interno de la narración. Y como así lo ha decidido su autor, sobre esta unidad de tiempo Joyce ha articulado toda la historia –y esa es otra, prácticamente carente de argumento- laberíntica, ilógica con frecuencia, atípica, necesariamente críptica por lo que tiene de “imposible”, de “irreal”.

Y si el tiempo poco importa, si Leopold Bloom -y el ser humano por extensión- va a la deriva sin remedio, supeditado a pulsiones animales, sin creencias, sin ideales, sin objetivos, sin arraigos familiares, puesto que estos se deshacen como un nudo laxo justo después de la infancia -y hasta esos a veces los trunca la muerte-, ¿qué sentido tiene recordar o todo lo contrario, nadar en el olvido? Todo queda disuelto en el caos vertiginoso de la vida, representado en este caso en un 16 de junio de 1904.

Creo que la potencia narrativa del Ulises y su originalidad -transgresora, radical- desarman al crítico y estudioso más atentos. Debe buscarse un paradigma distinto para intentar dilucidar el propósito de Joyce al escribir así. Por ello es menester huir de la exégesis al uso. En el artículo titulado “Ni Joyce sabía de qué iba su ‘Ulises'”, Kiko Amat (“Babelia” en El País, 09/03/2018) aborda con inteligencia e ironía una serie de cuestiones al respecto, que nos ayudan a no perder el timón a la hora de leer esta magna obra. Porque a la postre, coincido con Amat en que quizás Joyce no pretendía nada concreto, sino apuntar en varias direcciones, disparar y que cada cual recoja lo que pueda, en un formidable alegato de relatividad literaria y existencial llevada hasta sus últimas consecuencias.

No olvidemos tampoco la concepción aristocrática que James Joyce tenía de la literatura –quien no lo entienda es que no merece leerlo-, incluso de la vida, y que el Ulises es una obra concebida desde el experimentalismo más absoluto y sorprendente. ¿Por qué negarle un componente lúdico, de desafío narrativo, en su vertiente puramente técnica?

Con el hincapié que hizo Joyce en todos estos aspectos, en el Ulises, más que nunca, continente y contenido devienen inseparables. El edificio construido por él es una especie de castillo enloquecedor, kafkiano, que per se dota de sentido a la totalidad de la novela. Tanto es así que realmente, a día de hoy, su obra sigue sin tener parangón.

En definitiva, yo no hablaría de “memoria” en el Ulises de Joyce, sino de “desmemoria”. La única que hace un ejercicio más de ensoñación que memorístico -recordémoslo- es Molly, la mujer de Leopold Bloom, en el portentoso monólogo interior con el que concluye la obra. ¿Una concesión de Joyce o una escena planificada con alevosía y premeditación para acabar de desconcertar al lector?

Ante este nuevo interrogante tendría que extenderme más de lo que este espacio me permite. Otra vez, quizás.

 

© All rights reserved Dolors Fernández Guerrero

Dolors Fernández Guerrero (Barcelona, 1968) se licenció en Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona en 1992. Es autora del poemario Mi corazón mordido por tus labios (2017) y de la novela inédita El club del tigre blanco. También ha participado en numerosas antologías sobre poesía y relato breve, y administra el blog Despeñaverbos. Autora bilingüe (castellano y catalán), ha obtenido diversos premios literarios en las modalidades de relato y poesía. Asimismo, ha colaborado con poemas, relatos breves, microrrelatos, entrevistas y crítica literaria en diversas publicaciones, como en las revistas Clarín, El Ciervo, La Charca Literaria, Azharanía, Tànit, Nagari y Almiar, así como en el diario El Punt Avui. Es Presidenta del colectivo literario El Laberinto de Ariadna, con sede en Barcelona (España), y miembro de la Junta de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña (ACEC).

twitter: @sibilinda

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