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Junio 2024

FENOMENOLOGÍA DE LA TRISTEZA: La región más pegajosa, de Luis B. Méndez del Nido. Elidio La Torre Lagares

En una escena de «Bluebeard’s Castle», historia que cierra la colección La región más pegajosa de Luis B. Méndez Nido, publicada por Editorial Pulpo, el personaje Marcelo se adentra ilegalmente en la marina de Yatch Haven Garden en Charlotte Amalie junto a Ana, su obsesión irrefrenable. Tras trasgredir el espacio privado, ella le ofrece fumar un cigarrillo de marihuana. «Estoy tratando de dejarlo», le dice Marcelo, «pero también estoy tratando de dejar de brincar verjas, así que qué más da». «No te va bien», replica Ana, y luego le confiesa la razón por la cual ella, malagueña de nacimiento, se encuentra viviendo en San Thomas.

 

A nadie le puede ir bien.

 

«Me quedé aquí porque me cansé de irme de todos sitios», dice. «Estoy aquí porque no estoy en otra parte», añade.

 

La admisión de Ana podría metonimizar las voces de los personajes que habitan La región más pegajosa. Siguiendo las palabras del escritor Daniel Rosa Hunter en el prólogo del libro, y parafraseando a Italo Calvino, «nuestro milenio debería enfocarse en formas ligeras de la melancolía: la literatura como función existencial, la búsqueda de la levedad como reacción al peso de vivir».

 

La levedad es una gravitación universal que mantiene la materia en su forma unida.

 

Hunter señala que los personajes y narradores que habitan los cuentos detentan un poder de búsqueda que, a mi entender, es una búsqueda imperfectible, fútil, al menos en el presente narrativo en el que se encierran los cuentos.

 

Cuando hablo de encerrar, me refiero a inducir hacia lo adentro; hacia lo que confiere, por diferencia, un afuera. Esta dicotomía socava la noción de lo pleno e inmediato. Es decir, la existencia de estos personajes es de relaciones preposicionales donde la identidad va de puntillas sobre superficies porosas. Ese es el «dónde», el lugar que es el no-lugar de La región más pegajosa. La polifonía se decanta por lo monotónico, o por el sentido sonoro del tono fijo, que es la manera en que timbran las existencias de los protagonistas que se desplazan por los no-lugares los títulos de los cuentos localizan: el bar “El Sabroso”, el restaurante «La Cornucopia», el terraplén conocido como «El Parque Ceremonial» y el hotel «Bluebeard’s Castle».

 

De toda la colección, el cuento mejor terminado es «Bluebeard’s Castle». Nuevamente, como acierta Rosa Hunter, la nostalgia domina la vida del narrador testigo que nos cuenta de la melancólica travesía de Marcelo, un músico que no logró llevar sus talentos a puerto seguro. En Saint Thomas, una isla dependiente de una industria terciaria como el turismo, Marcelo conoce a Ana, quien está comprometida con Luuk, el dueño del hotel Bluebeard’s Castle. No ocurre nada. Al ser empleado en el Treasure Chest, el restaurante del hotel, Marcelo vive todos los días como si fuera su primer día de trabajo. Primer signo del no-lugar: si la modernidad se asocia al tiempo que avanza para mejorar, la sobremodernidad recaba en la sensación de inmovilidad, de desaceleración histórica en beneficio de los excesos de datos que son el andamiaje de la sobremodernidad.

 

El concepto de sobremodernidad, así como el de «no-lugar», corresponden al antropólogo Marc Augé. Según Augé, si un lugar puede definirse como un topos de identidad, relacional e histórico, el espacio —que no puede definirse ni como espacio de identidad, ni como relacional, ni como histórico— definirá un “no-lugar”. El no-lugar es un producto de la sobremodernidad, que se resalta en tres elementos presentes en La región más pegajosa: espacio, tiempo y ego, la triada vital para construir una narrativa.

 

El golpe maestro de Méndez del Nido es que tergiversa la sobremodernidad productora de no-lugares que plantea Augé y la convierte en submodernidad, por el modo en que los personajes valoran la continuidad y tradición de los rituales que los anclan a un pasado que a veces, podríamos pensar, ni siquiera tuvieron. Si para Augé los no-lugares desintegran los lugares antiguos y los relegan a «lugares de la memoria», los personajes de Méndez del Nido son boricuas que resisten disolverse en el anonimato, aunque fracasen.

 

El mundo, dice Augé, nace en la clínica y muere en el hospital; se multiplica en modalidades lujosas o inhumanas, los puntos de tránsito y las ocupaciones provisionales: las cadenas de hoteles, los clubes de vacaciones, los centros comerciales, las barras degradadas, las estaciones de tren, la escuela, la iglesia, entre otros. Tanta familiaridad y cercanía con estos espacios nos lleva a concluir que un no-lugar existe igual que un lugar: no existe nunca bajo una forma pura; los lugares se recomponen desde el punto de vista del «lugar practicado» que predicaba Michel de Certeau y que Henri Lefebvre llama «producción del espacio».

 

En los cuentos de Méndez del Nido, el lugar y el no-lugar se ratifican como polaridades falsas: el primero no queda nunca completamente borrado y el segundo no se cumple nunca totalmente; son palimpsestos donde se reinscribe sin cesar el juego de la identidad y de la relación. Son efímeros de lo eterno.

 

En un mundo cada vez más dominado por «no-lugares», la tarea de reconectar con espacios significativos y construir comunidades vibrantes y memorables se vuelve más urgente que nunca. Así, Jorge, el protagonista de «El Sabroso», sale tras una aventura amorosa a pesar de que su esposa padece de cáncer, razón por la cual está fuera del país. Por eso El Sabroso le parece un lugar ideal para el encuentro furtivo con Lucy: ofrece la garantía de la invisibilidad. Asimismo, en «La Cornucopia», el lugar, menos que ser un lugar de reunión, es un no-lugar al que asiste «una clase media que casi deja de serlo, pero no lo logra». En «El Parque Ceremonial», no solo encontramos nuevamente a Marcelo como estudiante de colegio católico, sino que el espacio aludido ni es parque ni es ceremonia. Lo que sí será es un hábitat para las frustraciones y la necesidad de probarse macho cabrío entre la tribu domesticada. El final, devastador por demás, devela el performance siniestro del no-lugar que es el parque ceremonial.

 

La nostalgia de los personajes de estos cuentos se hipertrofia en melancolía y se deforma en tristeza. Y si queda nostalgia, es por el futuro.

 

Desde una fenomenología de las emociones, los estados emocionales de los personajes afectan la intencionalidad de sus actos; es decir, la forma en que se dirigen hacia y experimentan el mundo. La tristeza puede transformar el entorno cotidiano en un paisaje de indiferencia o alienación, despojando a los lugares familiares de su significado habitual y convirtiéndolos en «no-lugares» existenciales.

 

Transitoriedad y desarraigo. Anonimato y despersonalización. Ausencia de significación fija.

 

No queda duda de que en La región más pegajosa Luis B. Méndez del Nido captura el país que nos han legado. Un país de alegrías prestadas; cierto en la incomodidad, pero adherido a la piel en su inevitable pegajosidad.

 

 

© All rights reserved Elidio La Torre Lagares

 

 

Elidio La Torre Lagares es poeta, ensayista y narrador. Ha publicado un libro de cuentos, Septiembre (Editorial Cultural, 2000), premiada por el Pen Club de Puerto Rico como uno de los mejores libros de ese año, y dos novelas también premiadas por la misma organización: Historia de un dios pequeño (Plaza Mayor, 2001) y Gracia (Oveja Negra, 2004). Además, ha publicado los siguientes poemarios: Embudo: poemas de fin de siglo (1994), Cuerpos sin sombras (Isla Negra Editores, 1998), Cáliz (2004). El éxito de su poesía se consolida con la publicación de Vicios de construcción (2008), libro que ha gozado del favor crítico y comercial.

En el 2007 recibió el galardón Gran Premio Nuevas Letras, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico, y en marzo de 2008 recibió el Primer Premio de Poesía Julia de Burgos, auspiciado por la Fundación Nilita Vientós Gastón, por el libro Ensayo del vuelo.

En la actualidad es profesor de Literatura y Creación Literaria en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha colaborado con el periódico El Nuevo Día, La Jornada de México y es columnista de la revista de cultura hispanoamericana Otro Lunes.

 

 

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