EL “PIJOAPARTE” EN VERSIÓN FEMENINA Y ACTUALIZADA. Carlos Gámez Pérez

Inicio la lectura de Listas, guapas, limpias, de Anna Pacheco, que forma parte de la selección de Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez para Caballo de Troya. Y al principio las palabras me chocan. Pienso que las seis ediciones que avalan al libro se deben a las cortas tiradas que utilizan los editores contemporáneos para llenarse la boca pronto con el éxito de la reimpresión, y a la componente generacional, que hace que nuevos lectores queden fascinados con argumentos y escenas más que trillados en la historia de la literatura. No hay tensión narrativa, al menos en las primeras páginas. El texto se adscribe a la tan trillada autoficción mediante una estrategia de iniciales que no coinciden con las de la autora a no ser que se trate de un apodo (p. 14). Este lector encuentra varias cacofonías y repeticiones de palabras, como la del final de la página 15, y algunos temas del escrito le resbalan, por no decir abiertamente que le irritan. Me importa bien poco lo que le suceda a la narradora en un espacio tan vulgar y aséptico como una autoescuela, básicamente, porque la escena que describe es una variante no demasiado elaborada de “más de lo mismo”. No me parece una descripción de rasgos de identidad millennial, y las reflexiones feministas que acompañan al pasaje me siguen sin sacar de ese “más de lo mismo”.

Dejo reposar el libro por unos días y después recapacito. A fin de cuentas, se trata de una primera novela, y siempre hay que concederle el beneficio de la duda a una persona que empieza a publicar. Al menos a mí me hubiera gustado que me trataran así y debo aplicar los mismos códigos éticos. Pese a los esfuerzos iniciales por mantener el interés, reconozco que se destila autenticidad del relato en los pasajes en los que la narradora describe las vivencias familiares. Esas escenas, que me recuerdan mi vida pasada, en el barrio, no son, en cambio, “más de lo mismo”, al menos en la literatura española contemporánea. Por una parte, son narraciones que podemos encontrar en los pocos escritores que describen la emigración contemporánea en Catalunya, como Najat el Hachmi. Por otra, parece que un sector de la crítica y de los lectores quiera olvidar que son vivencias compartidas por otros emigrantes, como los andaluces que protagonizan este libro o el reciente ensayo de Javier López Menacho: Yo charnego (Catarata, 2020). Por ejemplo, la relación entre una hija que es buena estudiante y su madre charnega, que espera que escale posiciones en la vida. Las tensiones que eso provoca en la relación de dos amigas “cholas” como son la narradora y su íntima: Yaiza. El conflicto identitario, que la autora expresará muy bien más adelante con la frase: “Nunca lo suficientemente catalanes. Nunca los suficientemente andaluces” (p. 120). Pero muy especialmente, me impacta la descripción de la abuela de la narradora, que se va a convertir en la verdadera protagonista con el paso de las páginas, y de su amiga Lulu, la vecina. Mantengo en el recuerdo la magnífica descripción que se hace del entierro del marido de Lulu (pp. 49-53). Decido seguir.

Y acierto. A partir de ese momento la novela no hace más que crecer. Me encuentro de frente con la descripción del ascenso sociocultural de la narradora. Se trata de la versión femenina del Pijoaparte narrada en primera persona. “Más de lo mismo”, dirán. Pero no. No hay libros en lengua castellana en donde la voz narradora sea de una mujer que está ascendiendo en la escala social. En primer lugar, las mujeres quedan relegadas a meras comparsas en ese ascenso, como en Últimas tardes con Teresa. En segundo lugar, nunca llenan la narración con su primera persona. Para lograrlo, Pacheco cuenta el verano en que pasa de la relación con su novio del barrio: Hugo, a su relación con un chico de la élite cultural barcelonesa: Pau, que ejercerá de Pigmalión (p. 99), pero que también le servirá a la narradora para entender que no pertenecen a la misma clase social en la discusión entre ambos que abarca las páginas 116 a 118.

Impagables resultan los pasajes en donde se describen los barrios altos de Barcelona: “Las calles de la zona alta siempre están iluminadas y limpias. En esa zona de la ciudad las fincas tienen porteros, plantas, palmeras y sofás de cuero en las porterías. Todas las porterías por las que pasaba me parecían pequeños hoteles. Espacios diáfanos y anchos con mobiliario muy fino” (pp. 61-62), como impagables resultan la experiencia infantil con la lengua catalana, algo ajeno a la realidad de la narradora (p. 82), o la descripción que se hace del pepero de origen humilde, en la figura del padre de Carlos (p. 90), un figurante que aparece en los recuerdos de vacaciones de la narradora. En verdad, la construcción memorística del pasado es lo que ha despertado más interés en este lector, y conforme va creciendo, hace más asimilables los pasajes sobre la existencia cotidiana de esa voz, para los que no tenemos la suerte de pertenecer a la misma generación que la autora. También es cierto que las oraciones que expresan esa cotidianidad son menos banales conforme se avanza en la lectura: “me pareció que eso era exactamente la intimidad: el rugido de las tripas después del sexo” (p. 103). Ambas líneas argumentales, la de la cotidianidad y la de los recuerdos, acaban coincidiendo al final del escrito, cuando la narradora tiene que resolver su conflicto sentimental, en la figura de la abuela, que ha empezado a padecer los sufrimientos de una edad avanzada, pero que aún es capaz de ilustrarnos con su juventud en un pueblo de Jaén y su llegada a la periferia de Barcelona. Y ahí toma todo el sentido la narrativa feminista que ha ido apareciendo en todo el texto, y que queda muy bien justificada por ese contraste entre pasado y presente. Hay cosas que no deberían volver. Y no me refiero a la narrativa de Anna Pacheco, de ella espero muchas buenas narraciones en el futuro.

© All rights reserved Carlos Gámez Pérez

Carlos Gámez (Barcelona. 1969), es escritor y profesor. En 2012 ganó el premio Cafè Món por el libro de relatos Artefactos (Sloper, 2012). En 2002 publicó el relato de no ficción Managua seis: Diario de un recluso (Instituto de Estudios Modernistas). Sus relatos han sido seleccionados para las antologías: Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (Candaya, 2013); Presencia Humana, número 1 (Aristas Martínez, 2013); Viaje One Way: Antología de narradores de Miami (Suburbano, 2014); y para la revista de creación Specimens (Septiembre, 2014). Colabora con las revistas literarias Nagari, Suburbano y Quimera, además de colaboraciones puntuales con Rocinante y Agitadoras. Acaba de finalizar su tesis sobre ciencia y literatura española en la Universidad de Miami. Malas noticias desde la isla es su segundo libro de ficción.

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