En las libretas publicadas de Charles Simic que conocemos bajo el título El monstruo ama su laberinto (2015) encuentro una buena cantidad de frases que meditan en torno al lenguaje de la poesía y la imagen. Si bien no estamos ante el discurso de las armas y las letras, ni ante la pretensión de su batalla, sí puede leerse en estas notas un derrotero donde el lenguaje —mira que habla un poeta— lleva sus golpes de cachiporra ante la ineludible revelación de la imagen.
No está de más acá traer a Montejo, quien deja caer cierta nota escrita por el impresor de Puerto Malo en El cuaderno de Blas Coll (2006) en la que se habla del hábito verbal como una prisión del pensamiento y de la poesía como una dimensión de resistencia contra esa prisión. Poesía, nos dice Montejo (2006), “es imagen pura, acecho de la palabra desde la zona de nuestra mente no contaminada aún de verbalidad” (p. 21). Simic, en sus notas, aborda estas ideas, y ofrece por igual una deferencia especial por la imagen.
La primera nota que encuentro inicia en lo concreto, es decir, parte de un objeto que, paradójicamente, ha dejado de serlo: “Las fotografías nos muestran lo que no tenemos palabras para decir” (Simic, 2015, p. 23). Hay aquí de entrada una duda en torno al lenguaje como herramienta eficaz para representar el mundo. No son suficientes las palabras: hace falta la mirada. Acá, Simic —no tan radicalmente como Da Vinci en sus cuadernos— abre su compás de la posibilidad del conocimiento hacia la imagen. Montejo (2006) va a decir en esa nota ya referida que la prosa es “representación de conceptos” (p. 21), Simic, por su parte, asentará: “El poeta ve lo que el filósofo piensa” (p. 27). La visión, obsérvese, entra en juego como otro espacio de conocimiento. Simic cita a Artaud: “Ninguna imagen me satisface a menos que a la vez sea conocimiento” (p. 37). Y también: “La afirmación —tan frecuente por ahí— de que no hay verdad fuera del lenguaje es una estupidez” (p. 51).
Tanto Artaud como Simic insisten en la imagen como otra forma de conocimiento más allá del lenguaje, o más allá de la ciencia. ¿Pero qué forma de conocimiento es esa? No sin humor, Simic deja este apunte: “La poesía es un modo de conocimiento, pero la mayor parte de la poesía nos dice lo que ya sabemos” (p. 37). Lorca, en la conferencia “Imaginación, inspiración, evasión” afirma que el conocimiento de la ciencia puede llegar a ser más fabuloso que la invención poética. Recuerda Lorca que en tiempos lejanos la historia contaba que las cavernas y sus estalactitas y estalagmitas fueron labradas por gigantes, pero que la ciencia ha demostrado algo más poético: que en realidad estas formaciones han sido hechas por la gota de agua por miles y miles de años. Cierto, esto es aún más maravilloso, los gigantes no superan tal maravilla. Pero ese conocimiento, sin la poesía, sin el asombro de la poesía, no es nada, y eso es lo que, a mi juicio, olvida Lorca. Sólo el poeta puede ver en ese conocimiento la poesía. Entonces sí, la poesía nos dice lo que ya sabemos, pero al hacerlo, nos vuelve a pedir que miremos de otra manera. ¿Qué aprendemos de ello? Justamente, es imposible decirlo con palabras. Simplemente algo ha perdido su peso. Las grandes rocas, los gigantes, ya no están en esa dimensión que es la poesía. Lo pesado y el lenguaje —tal como lo conocemos— se han retirado. Simic dice: “El poema que quiero escribir es un imposible. Una piedra que flota” (p. 36). Y sí, el asombro es una forma de levedad.
Ese conocimiento del que hablamos no es, sin embargo, uno cualquiera; ya lo he dicho: es asombro, revelación, iluminación. Simic también lo nota y lo anota:
“¿Qué es lo que quieren los poetas en realidad?”, me preguntó una vez un profesor de filosofía, un tipo listo. Era de noche y habíamos bebido mucho vino, así que dije lo primero que se me ocurrió: “Quieren saber aquello que no puede decirse con palabras” (p. 38)
Así, la escritura se transforma en algo más que un conjunto de letras que tienen una forma específica. Para Simic, el poeta deba llegar, a través de la palabra, a expresar una imagen: “La forma no es un ´contorno´, sino una ´imagen´, el modo en que mi interioridad busca hacerse visible” (p. 36).
Difícil la tiene el poeta: en medio de esta ardua gesta de expresar el mundo o lo experimentado ante el mundo, ha de llevar el lenguaje a su belleza máxima, y también ha de convertirlo en imagen, pero además en silencio. Acá la nota de Simic: “Entre la verdad de lo oído y la verdad de lo visto, prefiero la silenciosa verdad de lo visto” (p. 37).
Ahora, ese conocimiento que lega el poema no necesariamente ha de pertenecerle por completo al poeta. Escribe Simic: “La mayoría de los poetas no comprenden sus propias metáforas” (p. 41). En otra nota lo reafirma:
El poeta es el lector de los posos de té de sus propias metáforas: veo un oscuro extranjero, un viaje, un cambio de fortuna, etcétera. Para el caso, alquila un buen local y cómprate un chal de gitana y unos pendientes. Hazte llamar madame Olga (p. 38).
Difícil, contrario, contradictorio, ambiguo el hacer del poeta, porque no sólo la poesía aporta metáforas polivalentes, sino que la realidad, sea lo que esto sea, es también ambigua:
La naturaleza del mundo es ambigua. La poesía coquetea con la ambigüedad. No hay nada que se le compare en cuanto “retrato de la realidad”. Me refiero a la ambigüedad. Esto no significa que debas escribir poemas que nadie entienda (p. 38).
En cuanto a esto último, quizás debamos adentrarnos por los caminos de la diosa que habla —o dicta—, de la voz que entra en el poeta. Superstición o mística o creencia barata, no sé: de las profundidades de lo que llamamos inconsciente brotan metáforas que el mismo poeta desconoce. Platón, en el Ión, consideraba que los poetas no eran tales gracias a la técnica sino por la posesión sagrada. Así leemos en Ión: “La Musa misma crea inspirados (…) De ahí que todos los poetas épicos, los buenos, no es en virtud de una técnica por lo que dicen todos esos bellos poemas, sino porque están endiosados y posesos” (533e).
Estos posesos, sin embargo, por más altura que tengan, siempre van a dudar de lo que les fue “comunicado” de golpe, con visión o conocimiento absoluto, (“inmensidad en bruto”, diría Vallejo) por causa de la insuficiencia de su propio lenguaje. Simic lo dice: “¿De qué forma comunicar la conciencia…, el instante presente vivido con intensidad y que el lenguaje atrapado en el orden temporal de la frase no puede reproducir?” (p. 39). También: “¿Puede un instante intemporal de conciencia expresarse de manera adecuada en un medio que depende del tiempo, a saber, el lenguaje? He ahí el problema del místico y del poeta lírico” (p. 56).
Nombrar la experiencia poética es un esfuerzo heroico y al mismo tiempo espiritual (o místico), porque el lenguaje, punto de partida del poema, resulta limitado: “La experiencia intensa elude el lenguaje. El lenguaje es la Caída de la conciencia y el temor reverente de ser” (p. 48). ¿Qué entiende Simic por ser? Así responde: “El ser no es una idea filosófica, sino una experiencia carente de palabras que tenemos de vez en cuando” (p. 57). Esa experiencia nos da la conciencia de existencia que se moverá luego hacia otras instancias, según apunta Simic: “Primero, la sensación de mi propia existencia. Luego vienen las imágenes y después viene el lenguaje” (p. 57). Allí entonces surge el poema, el gozne entre el orden temporal de las palabras, la simultaneidad “muda” de dicha experiencia y el ser: “En la línea invisible entre lo decible y lo indecible: el poema lírico” (p. 53).
De nuevo, vaya trabajo el del poeta: ha de escribir lo que ha conocido pero que no entiende, lo que resulta ambiguo, y lo que no puede expresar con palabras y vive en el silencio, pero sin aprovecharse de esa ambigüedad para ser oscuro o charlatán. Acá otra nota de Simic: “Los grados más altos de conciencia prescinden de las palabras y los más bajos son charlatanes” (p. 61). Y otra: “Estoy ocupado en la tarea de traducir lo que no puede traducirse: el ser y su silencio” (p. 62). Por este camino, el oficio del poeta no deja de ser un acto casi criminal, blasfemo, de atrevimiento, de robo de fuego a los dioses. Simic no lo ignora, para él, el poema es como robar un banco: entramos, nos hacemos del botín y salimos a toda prisa.
Esto que he presentado es tan sólo un apartado dentro de las ricas libretas de Charles Simic. Yo me he quedado en estas ideas en particular y no sé bien si me he inventado un orden de pensamiento en estos textos que el poeta ha puesto en fragmentos. No he hecho más que comentar, parafrasear lo que Simic ha dicho. Son apenas frases en una libreta que piensan en torno a la poesía, y así, como en un acto de alquimia, me encuentro finalmente esta nota, que no sé si habla del poema, porque Simic no lo dice, pero porque no lo dice podría sí estar hablando del poema, pero también de la libreta en sí misma, ese matraz donde, por un instante, intentamos meter en palabras una experiencia, un conocimiento sin palabras, un instante fugaz, una revelación magnífica o un engaño inocente, soberbia pretensión que después nos dejará con la risa o la desilusión. La libreta es eso, pero también el poema. Allí está, en la página 79, allí:
Garabato ilegible, maraña de pensamientos inconclusos, dime: ¿esto en lo que ando perdido es la huella del pulgar de Dios? ¿O los posos del café de madrugada de algún demonio?
Montejo, E (2006). El cuaderno de Blas Coll. Bid & co editor.
García Lorca, F (1971). Obras completas. Aguilar.
Simic, Ch (2015). El monstruo ama su laberinto. Vaso Roto.
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Fedosy Santaella (Puerto Cabello, 1970). Narrador y poeta. Ha publicado tanto cuento como novela con editoriales como Alfaguara, Ediciones B y Loqueleo en Venezuela, con Norma en México, y en España con Pre-Textos y Editorial Milenio. En poesía con Oscar Todtmann editores y con LP5 Editora. En 2009 fue becario del programa internacional de escritura de la Universidad de Iowa. En 2010 quedó entre los diez finalistas del Premio Cosecha Eñe de España. En 2013 ganó el concurso de cuentos de El Nacional (Venezuela). Ese mismo año estuvo entre los nueve finalistas del premio de novela Herralde con la novela El dedo de David Lynch (publicada luego por Pre-Textos). En 2016 se hizo acreedor del premio internacional Novela Corta Ciudad de Barbastro con la novela Los nombres, editada también por Pre-Textos. En 2017 obtuvo mención de honor en la I Bienal de poesía Eugenio Montejo. En 2025 publicó el libro de cuentos Los escapistas con Oscar Todtmann editores. En 2026, La ruta de lo lejano, con LP5 editora.