DE LAS VÍCTIMAS (II). Carlos Gámez Pérez

El impacto que Los cantos de Maldoror provocó en la cultura francesa, la fascinación por lo diabólico, por la rebeldía, por las imágenes, poderosas, y las asociaciones, innovadoras, que pueblan sus renglones, del que hablamos en nuestra anterior columna, es, sin embargo, sesgado. El largo poema que le ha hecho famoso, la imagen del rebelde destructivo con el que se asocia su personalidad formaba, en realidad, parte de un plan más amplio, otro poemario, dedicado, en este caso, al bien, como complemento a Maldoror, como una dupla que contuviera el todo que la muerte bloqueó, convirtiendo a Lautréamont en embajador poético, únicamente, del mal. Ha pasado a la historia de la literatura, sin embargo, como la quintaesencia de los presupuestos estéticos autodestructivos de la Modernidad, que se inaugura en Francia con Charles Baudelaire y su poemario: Les fleurs du mal (1857).

Y algo de eso hay, también en los cantos. Para empezar, la crítica, profunda, a la visión romántica de las personas que crecen en un entorno natural no corrompido, frente a lo degradado de la civilización, que encontramos en las páginas de Pablo y Virginia (1787), la más conocida obra del muy roussoniano Bernardin de Saint-Pierre (1737-1814), esa suerte de germen de El lago azul en donde, como en la película de la década de 1980, el marco natural incomparable del trópico lleva al enamoramiento inocente y edulcorado que, en este caso, finaliza en tragedia, esa fatalidad a la que Saint-Pierre es muy dado, visto el entramado emocional que envuelve a las madres de los protagonistas, y que inicia el relato. Aquellas descripciones de las playas y las junglas, de los paisajes de las Islas Mauricio, que transitó Saint-Pierre, y quedó enamorado, de sus nativos, del sentimiento comunitario de explotación de la tierra que allí contempló, que seguiría conociendo, de primera mano, a partir de su amistad, su estrecha relación, con el gobernador de la isla, y que encandilarían a los románticos franceses, y a todo aquel que, como Rousseau, renegaba de la civilización frente a una vida salvaje, de buen salvaje, quedaba dinamitada por Maldoror, por la mirada, tan poco romántica, de Maldoror, por su maquiavélica maldad congénita, por su afán de pervertir a la víctima, a la inocencia, y por esa modernidad e industrialización que le acompaña, a cada paso. Claro que la lucha de clases que se refleja en el relato de Saint-Pierre, entre burguesía y aristocracia, ha cambiado, y mucho, en la Francia industrializada y colonial que transita Lautréamont. Entonces, ante la aparición y explotación de los obreros, es el burgués, y no el noble, el elemento distorsionador.

Maldoror transforma, también, el papel de la ciencia en la poesía, hasta la fecha. De la idealización con la que se llena la boca, en su extenso prólogo, Maxime du Camp, en Les Chants modernes (1855), romántica, aunque de otra forma, por la idealización, donde el gas, la electricidad, las hélices, y hasta el cloroformo, son figuras retóricas, comparables, según su autor, a los héroes clásicos en la épica grecorromana de los Homero y los Virgilio, se pasa al bisturí, aliado con la destrucción y la rebeldía, que maneja Maldoror, que se transforma en la verdadera herramienta del rebelde moderno para romper con una poética que disgustó a Flaubert, y de la que se burlaron sus contemporáneos, como es la de du Camp, el viajero, el fotógrafo, que no alcanzaría la celebridad de sus amigos, por esos versos, quizá lastrados de tópicos, impregnados de frivolidad, pese al coraje que se insufla, que se pretende insuflar en el prólogo, junto a buenas dosis de chauvinismo patriótico francés. Con el largo poema de Lautréamont, con sus cantos, nos encontramos en el umbral de la narrativa del hombre rebelde que se inicia entonces. Pero de eso, de una Europa revolucionada y de Las flores del mal del mismísimo Baudelaire, hablaremos en la siguiente entrega.

© All rights reserved Carlos Gámez Pérez

Carlos Gámez Pérez (Barcelona. 1969) es doctor en estudios románicos por la Universidad de Miami y máster en creación literario por la Universitat Pompeu Fabra. Ha publicado la novela Malas noticias desde la isla (katakana editores, 2018), traducida al inglés en 2019. En 2018 publicó un ensayo sobre ciencia y literatura española: Las ciencias y las letras: Pensamiento tecnocientífico y cultura en España (Editorial Academia del Hispanismo). En 2012 ganó el premio Cafè Món por el libro de relatos Artefactos (Sloper). Sus cuentos han sido seleccionados para varias antologías, entre otras: Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (Candaya, 2013); Presencia Humana, número 1 (Aristas Martínez, 2013); y Viaje One Way: Antología de narradores de Miami (Suburbano, 2014). En 2016 compiló y editó el libro Simbiosis: Una antología de ciencia ficción (La Pereza, 2016). Ha impartido talleres de escritura en el Centro Cultural Español de Ciudad de México y en la Universidad de Navarra. Colabora con revistas literarias como Nagari, Sub-UrbanoCTXT o Quimera.

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