CRÓNICA X (CUADERNO DE UN VIAJE). Jórge Córdova Monares

Estoy tumbado boca arriba en el centro de mi cama con las piernas colgando a punto de alcanzar el piso. Miro el techo dibujando toda clase de figuras bizarras y no tanto, combinando las alternancias de luz y sombra. Estoy ahí después de un desilusionante intento de coger, colectando las impresiones en mi mente de cada toque, de cada beso, cada palabra dicha con los ojos cerrados a la hermosa chica que ahora se viste en al baño huyendo de mí,  todo para convencerme de que en realidad no estuvo tan mal, pero no hay forma, no hay forma de falsificar una buena cogida, así que amigo estoy mirando el techo colectando mis propios pedazos cuando me acuerdo de la pequeña capsulita que guardé en la vasija de barro que uso como lapicero. Me paro de un salto, voy a mi mesa que en realidad es la puerta de madera del cuarto suspendida del techo con cadenas de bicicleta y vació la olla. La pildorita blanca sale rodando hasta el filo de la mesa y la atrapo antes de caer al vacío. Vuelvo a la cama, alzo la mano con la cápsula entre los dedos y la mira a la luz de un atardecer gris que va dejando de respirar del otro lado de la ventana. Hay mucha curiosidad, pero aún más, deseos de desaparecer. Alcanzo una botella de agua del buró, desenrosco la tapa y me meto el éxtasis en la boca y trato de tragarlo por mí mismo, pero en verdad necesito el agua. Entonces ella sale del baño, se para al pie de la cama con su pelo corto húmedo peinado como una niña.

     ―¡Estoy lista! ―el éxtasis cruza mi garganta y desaparece en mi interior.

     Todo empieza un par de semanas antes cuando mi amiga Moni, quien es una hermosa chica que siempre piensa en mí y pasa por mi casa cargando bolsas con víveres y también con buenas ganas de coger, de modo que ella no sólo alimenta mi cuerpo sino mi alma volátil, llega a casa a darse unos toques y a mirar las caricaturas sin volumen mientras bailamos y reímos con la buena música de Asteroid Galaxi Tour, y cuando nos cansamos y nos tiramos en el piso juntitos ella empieza a decir que sería bueno tomar X juntos, y yo le digo que nunca lo he probado, y ella me cuenta la historia demasiado detallada para mi gusto de la pasada fiesta en la que conoció a un dealer de éxtasis con quien terminó encamada y a punto, y como siempre me tiene en mente, le dio mi número para venderme. Días después recibo una llamada, de este tipo Saúl  que me pregunta cuantas camisetas quiero y yo digo:

     ―¿Camisetas?

     ―¡Sí, güey! Camisetas.

     ―Ah sí, voy a querer… una.

     ―¿Una? ¡Dios santo!

     Después compraría de a diez por lo menos. Pero entonces quedamos para un par de días después, o así,  por la tarde, en la esquina de Michoacán y Ámsterdam. Y ahí estamos haciéndonos los locos por un rato tipo “al servicio de su majestad”, hasta que Saúl se anima a hablarme y me pregunta si soy yo, y claro, aunque en realidad es difícil determinarlo, para el caso le digo que sí soy yo. Por alguna criptica razón que nunca entiendo, no lleva la cápsula, y me hace seguirlo por varias calles de la Condesa hablando por teléfonos públicos buscando alguien que tenga un éxtasis para vender. Nos detenemos frente al Plaza y esperando a que haga su llamada, me veo de niño a la entrada de este sólido edificio  que en los ochentas fue un cine. Estoy tras mi hermano, con las manos en los bolsillos de la chamarra mientras él compra los boletos para “el señor de las bestias” y por un instante, desde mi perspectiva infantil, alcanzo a percibir la profundidad de nuestro vínculo como familia con todo lo catastrófico de nuestra historia, la crónica del desconcierto. Cuando mi hermano voltea sonriendo con los boletos en la mano, Saúl me toca el hombro y me dice que hay alguien cerca a quien le sobra un éxtasis. Lo sigo con naturalidad como alguien vacío que no tiene pasado y que sólo existe en el momento específico de necesidad, pero en silencio, experimento un sentimiento de agradecimiento conmovedor al darme cuenta que veinticinco años después, mi familia continúa su recreación en torno a la búsqueda de sentido, cada uno, siguiendo su propio camino de desconcierto ante lo hallado. Llegamos a un lujoso edificio de condominios en la calle de Sonora. Llama por el interfono, y en poco, una voz bonita nos hace subir al quinto piso. Una linda chica de unos veinte años nos espera recargada en el marco de su puerta frente al elevador. Saúl nos presenta, y en definitiva, a mí me gustaría quedarme ahí, con ella, ¡Dios, qué bonita es! Pálida esbelta de ojos vivos y mueca-sonrisa que la delata como una eterna loca que no para de construir arquitecturas imposibles en todo tiempo y lugar y realmente querría conocerla a fondo, y en eso, Saúl hace mención a mi novatez con el x para crear un ambiente de condescendencia hacia mi insólita intención de comprar una sola capsulita. Sonrío incómodo y empezaría a describir la experiencia con cada cosa que sí me he metido, que dicho sea de paso, ha sido mucho, pero ella hace algo muy lindo que me cierra la boca y me recuerda que todo está bien siempre: se para frente a mí mirándome a los ojos con esa sonrisa suya sin decir nada y luego de un rato, toma mi mano y sin dejar de verme se lleva la palma a sus labios y me besa y luego en el lugar justo donde me arde su beso, pone la cápsula y dice:

     ―Sin importar de donde vengas, yo te recibo, porque te veo a ti, tal como eres en realidad ―me cierra la mano sobre el X, me acaricia el rostro un momentito, se da vuelta y sin decir nada más, se mete a su departamento. Nos quedamos ahí, en medio de las puertas cerradas de la chica y el elevador. Saúl es el primero en moverse, va y oprime el botón para bajar. Adentro del elevador, después de un silencio de tres pisos Saúl me pregunta si no le di dinero a la muchacha.

     ―Lo que viste fue lo que pasó ―le digo.

     ―Bueno, pues bien por ti.

     Caminamos unas calles juntos hasta que termino por parar un taxi. Saúl me cierra la portezuela y antes de que arranque, mete su cabeza al coche, me dice que no beba y me desea buen trip.

     Así que esa es la manera como llego al punto en el que un éxtasis resbala por mi panza mientras esta chica preciosa que se despide de mí casi sin queja, me espera al pie de la cama. Me levanto rebotando en el colchón, y decido acompañarla a su casa, que tomando en cuenta que vive hasta Villa Coapa, es en verdad un gesto lindo de mi parte. Salimos de casa y caminamos uno al lado del otro y al doblar en la esquina tomo su mano y ella la deja estar e incluso, la entrelaza a la mía. Estamos en ese momento al inicio cuando no sabemos qué está pasando entre nosotros, ese momento en el que un ligue podría convertirse en algo para siempre, ¿quién sabe? Así que cruzamos Obrero Mundial tomados de la mano como dos amantes bajo la luz amarillenta del alumbrado público que ha comenzado a encender. Percibo el ambiente excitado con esa algarabía peculiar del anochecer cuando la calle alcanza un gran movimiento antes de que la gente desaparezca. Unas calles más adelante nos detenemos a esperar el camión, y mientras esperamos a ella se le antoja un pastelillo árabe de la tienda Libanesa que está en la esquina, entonces entramos y paseamos entre los estantes con cientos de cosas exóticas que ella manosea molestando al dependiente quien nos sigue con una mirada severa a punto de corrernos de su tienda, y como soy un resentido social que no estoy dispuesto a padecer una sola incomodidad por ser quien soy, levanto la mirada y le digo al tipo que si tiene algún problema con nosotros. Es tal mi disposición a arreglar el asunto de una vez, que el tipo alza las manos como si lo estuviera encañonando con una pistola y dice que no hay problema. Aunque quisiera salir de allí no sólo no comprando nada sino apaleando al sujeto éste, compro dos pastelillos de miel porque mi chica quiere. Salimos de nuevo a la noche y al mismo tiempo pasa el camión indicado. Tenemos que correr para alcanzarlo y ella me deja un poco atrás y además salta al estribo y me da espacio para que yo alcance a subir. ¡Qué chica! Se pasa al interior casi vacío mientras yo pago, y se sienta al lado de la ventana recorriéndose para que yo me acomode a su lado. Percibo el olor de su cabello y su cara tan bonita diciéndome que es una noche especial, mientras rosa mi antebrazo con sus dedos, que si me doy cuenta de la energía en el ambiente.

     ―Es el verano indio ―le digo

     Y entonces ella me mira de una forma extraña que me preocupa.

     ―¿Qué tienes? Estas blanco…

     Con sólo decirlo tomo conciencia de que algo está pasando dentro de mí, un sudor frío moja mi cara y mis manos y siento el momento justo en que mis pupilas se expanden como un agujero negro devorador de cosas vivas. Todo me da vueltas y siento que viajamos a la velocidad de un bólido. Ella está asustada.

     ―¿Podemos bajarnos?, necesito aire ―le digo. Ella niega lentamente con la cabeza, no quiere problemas de drogas, mi fama me precede.

     Para mí, el bajar del camión se vuelve un asunto vital, pienso que ese sólo acto detonará una salida, un espacio abierto que reajustará las cosas para seguir viviendo sin dolor. Me levanto y la luz me pega de golpe con una intensidad desconocida. Me tardo una eternidad en encontrar el timbre y cuando lo aprieto, siento una leve sacudida en mi estómago. El camión se para y bajo trastabillando. Me inclino hacia adelante con las manos sobre las rodillas a punto de vomitar, alzo la vista y alcanzo a ver el camión alejándose con ella dentro, con ella decidida a no darme otra más. ¿Cómo te llamas? Me gustaría recordarte en tu nombre. Escucho las palabras distorsionadas apenas dichas en todo lugar, los pensamientos manifiestos en las ondas electromagnéticas que atraviesan la noche cálida. Hago un esfuerzo por parecer normal, me incorporo y me apoyo en un árbol esperando pasar desapercibido, pero me doy cuento de la intuición en alerta que se suscita en la gente al pasar a mi lado, un sentido absolutamente inconsciente en la pobre concentración de la vida diaria en una ciudad poblada por dementes voraces incapacitados para reconocerse en un espejo. Es el miedo, como una vibración violeta suspendida delante de sus vientres, que les dice que están frente a virus, un valor indeterminado extraño a la secuencia numérica, un fenómeno. Y esta distinción me llena de un terror que me ahoga, de modo que la normalidad, el retorno a la sobriedad apacible de los años de infancia frente a la televisión, se vuelve imprescindible, apremiante, pero yo sé que es tarde ya, una vez traspasado el umbral de fuego no hay retorno, ¿es esto verdad? Así que intento cruzar División del Norte del modo más paranoico que pueda existir: corriendo entre los coches que se me abalanzan con sus luces cegadoras a velocidades imposibles con el único propósito de hacerme añicos. Llego al camellón y pierdo el paso e intento ponerme en pie mil veces como un cabrito recién nacido,  y cuando lo consigo, corro de nuevo como un salvaje en la noche de los tiempos, lanzo alaridos excitados a los aliados que pueblan la oscuridad ocultos de la luz eléctrica que los relegó a los cuentos extraordinarios contados frente al fuego sagrado. En la otra banqueta, la mujer que espera en la parada del camión, explota en ondas rojas del miedo más intenso, al verme correr hacia ella, pero no se mueve, no sabe interpretar algo así, no hay referencias más allá del miedo elemental. Nos miramos a los ojos y permanecemos por una eternidad que son algunos segundos o años o profecías de sueños lunáticos milenarios o sea lo que sea mientras ella abraza su bolso y es posible mirar la tensión establecida desde nuestros ombligos, un encuentro total, sin las apariencias vacías de nuestra ropa de marca, sin carne, sin huesos, sin mente, sólo vació, sólo la mujer que espera y yo sin nombre. Me doy vuelta repentinamente y paro un taxi.

     Llevo la cabeza pegada al cristal, abandonada, imposible de sostener por la fuerza centrífuga del taxi espacial que recorre novas y supernovas a la velocidad de la luz, vórtices de colores luminosos que pasan al otro lado del cristal. Alzo la vista un segundo y alcanzo a mirar el velocímetro, ¡Dios, sesenta kilómetros por hora! El chofer trata de hacer conversación y me dice que es una noche extrañamente calurosa para diciembre y yo quiero decirle que es el verano indio, pero en mi cabeza sólo hay rumores de bosques negros antiguos y me escucho decir:

    ―No nos salven de las flamas.

    ―Quemémonos pues amiguito ―dice el hombre y acelera y me lleva de vuelta a la Narvarte. Cuando bajo del taxi le pago con un billete cualquiera y me voy sin esperar cambio. Pienso un momento en ello, y el que ese papel tenga un valor, se me hace la idea más loca que pueda haber, pero alucinante es, el que me ocupe de ello. Respiro profundamente al dar la vuelta por Obrero Mundial y entonces ¡fuuu! Mi pecho se abre, los edificios se alargan hasta perderse en el cielo, las estrellas titilan dentro de mis ojos, mi cuerpo gotea derretido por una onda expansiva de placer que vibra a lo largo de mi columna vertebral, la noche se aclara como el ajuste de brillo en la televisión, todo es tan espacioso, tan pleno, igual que en la cima de una montaña. Camino lento, cómodo en el movimiento de mi cuerpo elástico que atraviesa el espacio íntegro de sentido, todo es perfecto. Llego a casa. Primero me descalzo, pero no es suficiente y me quito la ropa. Me tiro en el piso con los brazos extendidos sobre la duela como un cristo y la posición moviliza la memoria de mi cuerpo y entonces desde un centro alojado en cualquier parte del universo me incendio, me consumo  en la verdad ubicua que sólo es risa, llanto, voz, presencia alucinante, amor incondicional. Es tan grande y perfecto y compasivo que lloro de agradecimiento por mi desnudez, y me voy rindiendo a la crudeza de mi historia personal contada por los actos y pensamientos y palabras y miradas y encuentros e incertidumbres representadas en los ladridos de perros salvajes al amanecer de todas las hojas en blanco que he llenado con mi aliento hasta el día en que me desnudaré, me tenderé en el piso de mi habitación interior con los brazos extendidos como un Cristo crucificado autoexpuesto, y al llorar, comprenderé todo, todas las cosas. Los rasgos, los perfiles de una colección de dibujos extraordinarios agrietados en las paredes de las ruinas del mundo, los nombres secretos recopilados para crear cada visión del futuro. Experimento un distanciamiento tal, que necesito una prueba de que aún existo en este planeta determinado. Me levanto y marco el número de Moni:

     ―¿Sí? ―me es imposible hablar de pronto―. ¿Quién habla?

     ―Soy yo… ―alcanzo a decir.

     ―¿En verdad eres tú? ―y de nuevo, me es imposible hablar―. Lo sé, lo sé, yo también te amo.

     Sonrío, ella entiende lo que pasa, me desea buen viaje, y colgamos realizando la totalidad de lo que somos.

Jorge Córdova Monares. Nace en la ciudad de México en 1971. Ha realizado estudios de danza contemporánea y clásica, teatro, cine, video.  

Desde 1987 ha pertenecido a diferentes agrupaciones artísticas, presentándose en los festivales y foros más significativos de danza y teatro mexicanos. 

En 1991 integra como miembro fundador el colectivo Danza Luthor, grupo dedicado a la investigación y creación de ensambles multidisciplinarios, convirtiéndose en un grupo emblemático de la escena subterránea de la danza performance de los 90’s. En 1995 inicia un camino más personal y funda el grupo Rey Lagarto, con el que toma las calles como escenario de sus obras, abriendo una discusión fundamental sobre el uso de los espacios públicos. Ha escrito teatro, guión cinematográfico, video documental, radio, historieta, cuento, y su novela Krummville 50 ha sido publicada por la editorial de la Universidad Veracruzana en el año 2010.

e-mail: reylagarto201@hotmail.com

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