CONTRABANDO: EL MAR COMO ELEMENTO INNOVADOR EN LA NARRATIVA DE ENRIQUE SERPA. Héctor Manuel Gutiérrez

            En Contrabando (1938) nos asalta desde el principio un léxico marino que además de rico es muy cubano: rabi-rubia, cherna, serrucho, dientuso, colorao, pargo, caballerote, cabrilla, cojinúa. La lista es impresionante y mi pesca es más que suficiente para hacer un estudio lingüístico de su narrativa. Sin embargo, no voy a tomar ese camino, y expongo que resulta curioso el hecho de que con anterioridad a Serpa, en una isla como Cuba no se haya tratado el tema del mar con el respeto y el entusiasmo que éste desplaya en su cuaderno.

 Si bien en el año de publicación obtuvo el Premio Nacional de Novela y su autor fue alguna vez lisonjeado por Ernest Hemingway, Contrabando no es la mejor novela cubana del siglo XX ni mucho menos. Carece de una trama robusta; en ella escasean los ingredientes dramáticos que abundan, por ejemplo, en los experimentos descriptivos de su colega y contemporáneo Carlos Montenegro. En definitiva, no encuentro en ella ningún elemento concreto que nos ayude a enmarcarla dentro de una corriente narrativa específica, aunque admito que esto último podría convertirse en su ente definidor.

A pesar de estas características negativas, un breve análisis quizás nos permita contar algunas aportaciones innovadoras dentro de la narrativa cubana. A mi entender, sobresale entre ellas la inclusión del mar, no sólo como elemento integrante, como refracción de la realidad que les circunda, sino como recurso narrativo que funciona aun en los momentos más pueriles de la trama. Podemos palpar su instalación en este pasaje:    “Apenas entendí el sentido de sus palabras. Su voz resonaba opaca y distante, cual si la emitiese desde el otro lado de una ensenada. Una voz alta en la costa, pero fiel al contacto del mar, aislado y solo como un islote en medio del océano.” (Contrabando, 96).

Salta a primera vista, entonces, el aprovechamiento de los símbolos marítimos para hacer las comparaciones necesarias y, afortunadamente, nunca forzadas. La novela se me antoja como una especie de “diario de a bordo”, donde el capitán —que en este caso se deja llamar “El Almirante” y es el narrador en primera persona— nos hace partícipes de una empresa donde el proceso y la motivación son, hasta cierto punto, más importantes que el fin mismo. La ágil elaboración del texto, lograda entre otras cosas con el uso de frases rápidas, nos deja una interesante hoja clínica —si me permitiesen abusar del término— donde abundan ejemplos nítidos de la composición psicológica de un personaje que adolece de un carácter débil y dependiente, como es el caso del narrador en primera persona que nos entrega la trama: “La atmósfera enervante me agobiaba y embrutecía, embotándome los sentidos. Pero en lo hondo de mis sentidos se erguía, implacable y pavoroso, el fantasma de la sífilis. Ahora viviría mucho tiempo bajo la angustia dilacerante del miedo. Escudriñarse el cuerpo, con patológica meticulosidad, a todas horas: al levantarse, durante el baño y a la hora de acostarse, para sorprender los síntomas de la enfermedad.” (96)

            Es decir, aparte de detallar los concatenados acontecimientos que a nosotros lectores nos toca experimentar, el autor, con el recurso del narrador en primera persona, logra describir muy bien las interioridades de “El Almirante”, utilizando un lenguaje donde las símiles marítimas y otras figuras literarias emparentadas con el mar, sirven de contorno en el proceso descriptivo en que está inmerso el personaje: “En ocasiones, al cabo de algunas noches desenfrenadas me sentía ganado, física y moralmente, por un cansancio de agonía. Notaba entonces que mis pies eran de plomo, que mis hombros eran de plomo, que mis manos eran de plomo. Y con esos miembros de plomo concordaba la torpeza de mis ideas, brumosas y lentas como reptiles ciegos. Sentía los músculos inconexos, laxos y fríos, semejantes a moluscos, hechos de fatiga y aburrimiento. Y entre este aburrimiento y aquella fatiga flotaba, tal un alga viscosa en un océano de lodo, mi voluntad deshecha.” (40-41)

En la concepción de El Almirante y Cornúa —sobrenombres marítimos que se utilizan casi con exclusividad a lo largo de la novela— el autor logra una relación simbiótica, donde sobresale en estatura la figura tosca y sucia del patrón, a pesar de que todo está filtrado por la interioridad del narrador, como notamos en este segmento: “Un áspero rencor contra Cornúa me aguzaba el ánimo. Y ahora, de pronto, comprendía cuán estúpido había sido convivir con aquellos hombres, inferiores a mí en educación, en posición social y en situación económica. ¿Por qué? ¿Por qué lo había hecho? Nada había de común entre ellos y yo. Ningún nexo nos unía. Ningún parecido intelectual o espiritual, por remoto que fuese, existía entre nosotros. Ni un solo sentimiento podía acercarnos. Ni siquiera el sentimiento de la amistad, porque ellos no podían sentirse amigos míos.” (262)

Aunque el desenlace de  la novela no tiene repercusiones dramáticas o profundas, como Hombres sin mujer, que utilizo como prototipo en términos de época, una de las figuras centrales de la trama, “El Almirante”, se perfila como una imagen trágica de repercusiones nihilistas. No es más que un agonista, un antihéroe en el buen sentido de la palabra, destinado a nunca realizarse como individuo de importancia. Para esta generalización, me baso en la constante reflexión y auto-evaluación en que se enfrasca el personaje. Esta interiorización, como la llamarían los impulsadores de la crítica del psico-análisis, se fundamenta en un peculiar discurso que también sufre la influencia del mundo marítimo: “Entreabrí los labios en una sonrisa, burlándome de mí mismo. ¡Cuántas tonterías! Pero en seguida volví a sentirme desazonado, abrumado de pesimismo. Quedaban en mi interior rezagos de inquietud y angustia, como, al descender la marea,  quedan sobre la costa grandes charcos de agua. Charcos de angustia, charcos de inquietud, en que se contorsionaban, blandas y lúgubres, larvas del pensamiento.” (113-114)

            El mar es, a fin de cuentas, lo que motiva a Cornúa a definir, a imponer, en la estricta acepción de la palabra, el sentido a la vida sin rumbo de su empleador. Es carnada esperanzadora hacia aquel mercado nocturno y sediento de alcoholes prohibidos que aguardaba: “Cornúa permaneció callado unos instantes. El chapoteo del agua le lamía el casco de  ‘La Buena Ventura’.  Llegaba hasta nosotros como el eco de una charla remota. La noche había cerrado completamente. La luna se adormecía sobre unos mástiles lejanos y se duplicaba en el mar. Retazos de brisa sureña refrescaban de cuando en cuando el bochorno veraniego. Una estrella atravesó a la distancia,   como un  pez   ígneo,  la rada del cielo.”  (55)

Concluyo entonces, que el mar, como medio creativo siempre presente, como metáfora última de la novela, podría hacer las veces de faro de puerto que ofrece  una   posibilidad salvadora en esa apatía crónica, esa afectación existencialista que acosaba al dueño de   “La Buena Ventura”. La falta del elemento dramático que en última instancia sin duda hubiera contribuido a una mejor elaboración de la novela,  se compensa con un texto que nos llega con frecuencia  cargado de logrados elementos poéticos, casi siempre incorporando el acervo marítimo. Es quizás esta peculiaridad genérica, lo que en realidad salva al texto.

 

Fuente: Serpa, Enrique. Contrabando.

Miami: Ediciones Universal, 1973

 

© All rights reserved Héctor Manuel Gutiérrez

Héctor Manuel Gutiérrez, Miami, ha realizado trabajos de investigación periodística y contribuido con poemas, ensayos, cuentos y prosa poética para Latin Beat Magazine, Latino Stuff Review, Nagari, Poetas y Escritores Miami, Signum Nous, Suburbano, Ekatombe, Eka Magazine y Nomenclatura, de la Universidad de Kentucky. Ha sido reportero independiente para los servicios de “Enfoque Nacional”, “Panorama Hispano” y “Latin American News Service” en la cadena difusora Radio Pública Nacional [NPR]. Cursó estudios de lenguas romances y música en City University of New York [CUNY]. Obtuvo su maestría en español y doctorado en filosofía y letras de la Universidad Internacional de la Florida [FIU]. Es miembro de Academia.edu, National Collegiate Hispanic Honor Society [Sigma Delta Pi], Modern Language Association [MLA], y Florida Foreign Language Association [FFLA]. Creador de un sub-género literario que llama cuarentenas, es autor de los libros CUARENTENAS, Authorhouse, marzo de 2011, CUARENTENAS: SEGUNDA EDICIÓN, agosto de 2015, y CUANDO EL VIENTO ES AMIGO, iUniverse, abril del 2019. Les da los toques finales a dos próximos libros, AUTORÍA: ENSAYOS AL REVERSO, antología de ensayos con temas diversos, y LA UTOPÍA INTERIOR, estudio analítico de la ensayística de Ernesto Sábato.

 

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