AMBIGÜEDAD UTÓPICA EN LA NARRATIVA DE CARLOS LOVEIRA. Héctor Manuel Gutiérrez

La Habana de los años veinte

Carlos Loveira y Chirino (1884-1928) es miembro de una generación de escritores afectados por la agonía modernista, que encontraron el espacio idóneo en la incertidumbre de la transitoriedad moldeada por los sucesos socio-económicos de la joven República. Utilizando como eje estructural las incidencias y legado de la familia Caldeira, el autor vuelca en Los ciegos (1922) sus inquietudes sociales y filosóficas.
En la novela se perfila un mundo que no puede matrimoniarse con la realidad progresista que pretendían dictar los parámetros establecidos hasta ese momento histórico. El argumento franquea en la ilusión de una especie de socialismo romántico y quimérico en las interioridades de Alfonso, un joven sindicalista de orígenes muy humildes que se supera intelectualmente, alcanza niveles de consciencia y, finalmente, lucha por alcanzar mejorías sociales en su entorno. En este sentido, quizás sin proponérselo, el novelista sugiere la posible implantación de un modelo de gobierno con raíces utópicas afines a la visión de más de un soñador de tendencias liberales.
Con una marcada crítica social, Loveira aborda además el tema nocivo del fanatismo, concentrándose más que nada en el microcosmos laboral, gremio al cual pertenecía. En este enclave sobresale el tema del obrerismo contra el capital, arena ideológica donde algunos críticos han encontrado connotaciones premonitorias del actual acontecer en la isla. He aquí una de las muchas frases lapidarias que se repiten en boca de los personajes, en los momentos en que el narrador no nos distrae con asuntos amorosos u otras liviandades: “El régimen capitalista está en el comienzo del cierre total de su ciclo histórico”. O esta otra que se connota a una especie de ceguera, metáfora que sugiere la incapacidad de los individuos para “ver” la seriedad del estado de cosas de la actualidad de entonces y que va conformando la conclusión progresiva de la trama: “Nos ha tocado vivir, y más a la generación de nuestros hijos, en una época terrible, de demoliciones y ensayos dolorosísimos”. De ahí la relevancia del título del cuaderno. La obra ventila además, los temas contemporáneos de independencia, anexionismo y determinismo geográfico, tan relevantes en aquella época. Los ciegos es pues, hasta cierto punto, un ejercicio testimonial, una refracción de la realidad circundante del autor.
A mi entender, la novela está bien estructurada y el esfuerzo creativo logra un éxito parcial, si se quiere, aunque a fin de cuentas el balance es positivo. El problema lo encuentro en la inclusión de elementos folletinescos vehiculados en un texto, que por su convencionalismo, de cierta manera afecta la calidad del trabajo, debilitando así la intencionalidad discursiva. Otros analistas también han encontrado aspectos debatibles que el espacio de esta breve reseña no me permite abordar.
Al querer fusionar las adversidades y momentos felices de una historia de amor matrimonial con una tesis de lucha social, Loveira nos presenta un narrador omnisciente que circula desde una embetunada plataforma de estilo re-usado, lleno de lugares comunes que con demasiada frecuencia generaliza sus descripciones tipológicas. Como ejemplo de esa tendencia, visitemos este pasaje que describe a la hija del magnate Ricardo Caldeira, de quien Alfonso, se enamora: “A los quince años Carlota era una mujer hecha y derecha: tan alta y de cuerpo tan lleno y rotundo como el de Doña Benigna. No obstante este precoz desarrollo, con seguridad que sus “quince” eran mejores que los que había tenido su madre, a juzgar por ciertos detalles físicos de esos que sirven para que el observador fino sepa a qué atenerse a la hora de ponderar bellezas que fueron. En Carlota, la cara, si no tenía el óvalo consabido, a éste se aproximaba tanto como la de la madre a la redondez yucateca.” (Los ciegos, 60)
El tono irónico de sus frases a veces surte el efecto jocoso que busca, pero el resultado estilístico con frecuencia es una larga lista de oraciones que distraen al lector con su cargada construcción y débiles opciones del léxico, proyectando un navegar disperso e indefinido: “Ricardo procuró evitar las desastrosas consecuencias que casi son inevitables en estos casos que en un hombre, joven, afectivo, físicamente normal y con sobrantes medios económicos, se ve sometido a un sistemático aislamiento conyugal. En la necesidad de vencer la neurastenia que la violenta situación causábale; dispuesto a procurarse la tranquilidad espiritual precisa para atender a sus negocios; decidido a almordarse a las circunstancias, en vez de contrariarlas suicidamente, empezó a buscar fuera de su casa lo que, en su más gráfica acepción, habíasele esfumado en ella: mujer.” (Op cit. 49)
A veces el texto, más que nada adiposo por el uso exagerado de adjetivos y otros elementos inservibles o innecesarios, desde mi perspectiva, está muy lejos de surtir el efecto ideal, o por lo menos aceptable, que nos trae reminiscencias de un deteriorado modernismo: “Por dentro el chalet, con su piso de mármol, su artístico decorado y su lujoso mueblaje, guarda total armonía con el exterior elegante, blanquísimo, pintorescamente envuelto en el verde exuberante del ahora descuidado jardín. La sala tiene un exótico juego de asientos acojinados, pero muy ligeros, a la moda, y a la moda muy escasos y caprichosamente colocados; en el centro una mesita alta y estrecha, con una airosa maceta de cobre repujado; en la alfombra un valioso tapiz de bíblico dibujo, dos medallones de terracota con Romeo y Julieta en bajo-relieves, tres dibujos fotográficos en sencillos, pequeños cuadros, y en una esquina, resaltante sobre una estrecha columna de pulido mármol jaspeado, una breve reproducción de Las tres Gracias, de alabastro mate.” (Op cit. 149)
Los diálogos, revueltos en una carga un tanto erótica y una chocante mediocridad, están muy lejos de ser espontáneos:
“—¡Oh, Alfonso! ¡Qué bello, qué grande es esto!— Murmuró Adolfina, cuando ya llevaban un rato juntos, y los ojos del uno sólo miraban en los del otro, y los alientos se confundían, y las dos almas se arrobaban en la suprema dicha:
—¡Es lo que dicen los libros!¡Lo soñado!
—¡Es el amor!
—Sí; el amor, un éxtasis, una cosa supraterrena: como una
bendición; que no puede ser mala.
Y terminó la frase en un suspiro que levantóle el pecho, y le bajó los párpados, y la rindió sobre el hombre amado:
—¡Es cosa de Dios!
—No sé si es cosa de Dios; pero sí que todo se ve, se siente y se goza como nunca. ¡Oh! ¡Que sólo se vive cuando se ama!” (Op. Cit. 234)

Si examinamos los pormenores biográficos de Loveira, notamos que la suya es, como en el caso del protagonista en Los ciegos, una actitud guerrera, que históricamente lo define con dominio en las otras novelas: Los inmorales (1910), Generales y doctores (1920), La última lección (1924) y, posiblemente su mejor creación, Juan Criollo (1927).
Como contraste, en el volumen aquí abordado, que considero el “Talón de Aquiles” de su cuerpo narrativo, en ocasiones el texto se regodea peligrosamente en lo erótico, elemento que a mi modo de ver resulta prescindible en un trabajo que aspira a proyectarse como ensayo social. Aclaro que no intento manifestarme en contra del erotismo, alternativa temática de muy buenos logros en la literatura universal, como documentan textos que se remontan a la antigua Mesopotamia. Simplemente ejerzo el derecho a señalar que en esta novela, catalogada como obra de crítica social, la tesis de Loveira nos llega cargada de un cúmulo de ambigüedades.
Tampoco me toca a mí menospreciarlo por los errores estilísticos cometidos en este cuaderno en particular. Aunque notemos en él un acercamiento a veces muy cercano a lo cursi, cargado con escenas que rayan en lo folletinesco, hay que reconocer que el autor demuestra poseer capacidad noveladora. Sin embargo, cabe preguntarnos qué buscaba en esta entrega de intencionalidad obviamente ambigua y dispersa. Tal vez sería posible determinar que, al menos en este caso, el suyo es un estilo en busca de una audiencia fácil en algún momento de necesidad económica, o es una intentona de esconder detrás de las incidencias de la trama, algún móvil psicológico de disfrazadas complejidades. Cabría por igual preguntarnos si carece de la capacidad estilística que sí tenían otros escritores contemporáneos. Personalmente, excluyendo los errores de léxico que se les escaparon a los editores, me inclino por lo primero y recomiendo la lectura de Los ciegos, como legajo de aquella importante coyuntura histórica cubana.
En una evaluación final, la novela muestra la tendencia a utilizar discursos ideológicos cuyo blanco es condenar alguna desmedida ambición política y económica desde el ángulo social del movimiento obrero. Apostaría sin reservas a que no estoy solo en mi valoración de la obra de este prolífico autor que, como los alter egos presentes en más de uno de sus personajes, tuvo una vida extraordinariamente accidentada. Loveira batalló en la lucha independentista, rindió una importante labor como periodista y, siendo un angustiado autodidacta, alcanzó niveles encomiables en la narrativa. Sus novelas ventilan y afianzan la trascendencia de las confrontaciones y bifurcaciones que han de esperarse en una nación acabada de nacer unas décadas atrás. Palpamos aquí una isla sumida en los albores de un siglo que, como ella, proyectaba la urgencia, precariedad y titubeo de una república agobiada, inquieta y adolescente.

Recursos:
Loveira, Carlos. Los ciegos.
Miami: Mnemosyne publishing INC, 1969.

© All rights reserved Héctor Manuel Gutiérrez

Héctor Manuel Gutiérrez, Miami, ha realizado trabajos de investigación periodística y contribuido con poemas, ensayos, cuentos y prosa poética para Latin Beat Magazine, Latino Stuff Review, Nagari, Poetas y Escritores Miami, Signum Nous, Suburbano, Ekatombe, Eka Magazine y Nomenclatura, de la Universidad de Kentucky. Ha sido reportero independiente para los servicios de “Enfoque Nacional”, “Panorama Hispano” y “Latin American News Service” en la cadena difusora Radio Pública Nacional [NPR]. Cursó estudios de lenguas romances y música en City University of New York [CUNY]. Obtuvo su maestría en español y doctorado en filosofía y letras de la Universidad Internacional de la Florida [FIU]. Es miembro de Academia.edu, National Collegiate Hispanic Honor Society [Sigma Delta Pi], Modern Language Association [MLA], y Florida Foreign Language Association [FFLA]. Creador de un sub-género literario que llama cuarentenas, es autor de los libros CUARENTENAS, Authorhouse, marzo de 2011, CUARENTENAS: SEGUNDA EDICIÓN, agosto de 2015, y CUANDO EL VIENTO ES AMIGO, iUniverse, abril del 2019. Les da los toques finales a dos próximos libros, AUTORÍA: ENSAYOS AL REVERSO, antología de ensayos con temas diversos, y LA UTOPÍA INTERIOR, estudio analítico de la ensayística de Ernesto Sábato.

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