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Junio 2026

COMPILADO: 13 escritores argentinos responden a una misma pregunta en este Compilado propuesto y organizado por Rolando Revagliatti. PRIMERA PARTE

“Obras artísticas que descolocan”

 

 

¿Las obras artísticas de qué autores, por vos valorados, dirías que han logrado “descolocarte”? ¿Desarrollarías para nosotros tus consideraciones?”

 

                                  

1: ALEJANDRO BOVINO MACIEL

     Toda la obra de J. L. Borges me despertó del ensueño provinciano al leerla, siendo muy joven. Desde “Ficciones” los ensayos de Borges me ofrecieron la literatura como goce íntimo. Por entonces yo era creyente católico, pero Borges me incitó a leer teología (no las aburridísimas encíclicas de Juan Pablo II, un fanático y farsante piadoso para mi criterio… muy fotogénico, pero con el pensamiento político mezquino de una lombriz) y ahí hallé debates interesantísimos de la patrística: Anselmo, Agustín -que es un Plotino bautizado-, Ambrosio, Crisóstomo… luego los escolásticos y así me fasciné con la filosofía. Admiro especialmente a Hume, Schopenhauer, Berkeley, Kant, Derrida… al decir admiro admito que me aportaron pensamiento, que me obligaron a pensar y eso, para mí, no tiene precio. Quizás por eso me retenga tanto Borges: no se limita a trasferir sentimientos, sino pensamientos complejos. Y siempre tiene razón.

     En el ámbito de la música prefiero la ópera, boleros, folklore y tangos. La música Beatles y sus derivados británicos, yankees o autóctonos (rock nacional) nunca me atrajeron especialmente. En realidad, todo lo vanguardista me parece chato. No entro a museos de arte contemporáneo: si quiero ver manchas, miro la pared de mi patio que tiene varias. Admiro la pintura anticuada, figurativa, que me diga algo. Quedé deslumbrado en Italia con los renacentistas en Uffizi, pero en especial con Caravaggio en las iglesias de Roma. Estoy realizando una especie de estudio del gótico y el barroco, recorriendo catedrales y museos. Creo que aún hay mucho por descubrir en esos retablos del 1200, 1300. En los vitrales del 1200, como los que conserva la catedral de León, por ejemplo. Pero Caravaggio es un caso especial. Es tan inquietante como el Perseo de Cellini (lo mejor del Renacimiento, según mi criterio) porque de esas obras, el Perseo y los Caravaggios de San Mateo, emana algo que solamente puedo definir como “perfección”. Uno siente que está ante una obra (una forma de la materia) que por medio de la belleza comunica un más allá, un sitio donde la perfección de la materia es posible. Y eso que Caravaggio no tiene imágenes dulces, ni tampoco el Perseo: es la contundencia de un asesinato. Esas obras monumentales son las trampas que nos tiende el arte para que nuestra perplejidad halle una explicación entre miles. ¿Qué es la belleza, a fin de cuentas? Tratar de definirla es como explicar qué es el color rojo a un ciego de nacimiento.

2: ALFREDO LEMON

     Respuestas:

  1. 1. Ante todo debo precisar que considero que una obra de arte ha logrado “descolocarme” cuando me ha trasmitido una emoción, sentimiento, sensación tal, que me ha conmovido fuertemente, schockeado; y que, de algún modo, cambió mi percepción de la realidad o de la forma en que me encontraba parado frente a la creación o el hecho estético. Lo que se resume en verdadero impacto en el ánimo o el espíritu.

     Comienzo con los escritores. Liminarmente confieso que cuando leí por primera vez la obra poética de Jorge Luis Borges, cuando tenía 22 años (luego de recibirme de abogado y habiendo leído principalmente libros de derecho), llegó a mis manos “Límites”, ese magnífico poema suyo que me alucinó, y que en cierta manera me despertó o me hizo dar cuenta de la finitud del ser de las cosas; porque allí se exponen verdades de las que no siempre se toma conciencia o se tienen en cuenta. De nuestra biblioteca, habrá un libro que no leeremos de nuevo, de tantas puertas que nos rodean, habrá una que no volveremos a abrir, vamos a un sitio y no sabemos de quién irremediablemente nos hemos despedido… Por primera vez sentí existencialmente esa infinita melancolía que es la historia finita de cada uno. En ese poema se me expuso abiertamente la mortalidad indetenible que somos junto a lo demás circundante, las limitaciones de toda índole que sobrellevamos y la pulsión vital de un constante afán por trascenderlas.

  1. 2. La obra poética de Enrique Molina: la conocí en una antología titulada “Hotel pájaro”, allá por 1983. Me fascinó leer su surrealismo, me pasó sin saber qué era ni la importancia de tal movimiento, totalmente desconocido por mí en ese entonces. Me acercó y me encantó el manejo magistral de imágenes que explotaban entre las páginas y ello fue todo un descubrimiento… “Tu cuerpo y el lazo de seda rústica que conduce a las plantaciones de la costa/ al sudor de tu cabellera quemada por las nubes/ a los instantes inolvidables/ de una belleza salvaje que exige el desorden”. Como bien se ha dicho, se perfila en esta poética, la presencia de la mujer como una tentación profana que nunca se alcanza, una fosforescencia infinita. Si para el psicoanálisis el deseo es su constante desplazamiento, el seguimiento infructuoso de algo seductor siempre más allá, ese movimiento significa para Molina un eterno tránsito, el viaje, los secretos del delirio y la deriva. Tuve la oportunidad de conocerlo personalmente en una Feria del Libro en 1990. Me invitó a su departamento de la calle Humbolt y le hice un reportaje para el suplemento cultural del diario “La Voz del Interior”. Lo titulé: “La vigilia del deseo en la palabra o los grandes días de un poeta” (16/9/1990).
  2. 3. La obra poética de Alberto Girri. También por aquellos años de aprendizaje autodidacta, lo primero suyo que leí fue “Playa sola”, en una edición de 1946. Y luego y sucesivamente, las distintas obras que fueron apareciendo y reuniéndose en Editorial Corregidor en seis tomos, incluso hasta después de su muerte en 1991. En su labor encontré un ascetismo esencial, elucubración sintáctica, contradicción de sentencias, eso que Esteban Moore, siguiendo a Borges, llama deliberadamente “la misteriosa poesía de lo áspero”. Cito: “Una premisa constante, la duda, indagando en la realidad, buscándola fuera de contexto, la materia a expensas del lenguaje…”.
  3. 4. La novela “Rayuela” de Julio Cortázar. Y también, más puntualmente, un texto suyo llamado “La continuidad de los parques”, que leí en el taller literario de la Sociedad Argentina de Escritores, que coordinaba Marta Cisneros. La novela fue parte del llamado boom latinoamericano y su experimentación lúdica me atrapó de inmediato. Reconozco que al haberla abordado varias veces a lo largo del tiempo, nunca supe a ciencia cierta de qué tratan finalmente esos recortes, fragmentos, rompecabezas; pero lo que sí supe es que con “Rayuela” uno percibe un producto elaborado y que nada ha sido dejado o librado al azar. La narración y la invitación al juego, nos hace participar y eso es maravilloso y genial. En lo que atañe al breve cuento fantástico que mencioné en segundo término, sentí al leerlo, un ir entrando en esa atmósfera donde quien está frente a la página se va adentrando en lo que lee. Allí Cortázar también de modo magistral, fusiona la ficción -que va narrando renglón tras renglón- y la mismísima realidad de quien justamente lee en ese momento, y se convertirá al término del relato, en el personaje principal de la trama y de esas escenas.
  4. 5. La novela “El túnel” de Ernesto Sabato. Cuando lo visité en su casa de Santos Lugares en 1987, lo primero que le dije fue: “¿Por qué es tan trágica la vida, maestro?” A lo que sintéticamente respondió: “Porque hay que morirse”. Recuerdo que así comenzó el diálogo, que también luego se plasmó en un artículo que escribí: “El escritor y los fantasmas del túnel”. Todavía conservo una esquela de agradecimiento, fechada en agosto de 1993, junto al envío de un librito pequeño de su autoría: “Querido y remoto muchacho” (Editorial Losada, de 1990). “A la vida le basta el espacio de una grieta para renacer.” Leída hoy, esa frase resulta más que potente y ojalá también fuese profética…

     Vamos ahora por obras y autores no escritores.

  1. 6. “El beso”, la escultura de August Rodin, junto a otras que pude ver en su casa museo de la Rue de Varenne en el año 1985. Fue tal la impresión que me causó, que salí al jardín y, en medio de unos gatos que merodeaban, me puse a llorar. Sentí la belleza plasmada en piedra, modelada por un hombre con su mano y su cincel, con su martillo, durante horas y horas para ofrecerla luego para siempre y para la admiración de los demás.
  2. 7. Fue ese mismo año, en Amsterdam, al estar frente a una de las que dicen serían de las últimas pinturas de Vincent Van Gogh, “Campo de trigo con cuervos”, mientras recorría la muestra tuve que sentarme literalmente, porque me estalló el pecho, sí, como que tuve que respirar profundo y recuperarme de la emoción fortísima que experimenté. Pensé y me remonté a cómo habrían sido esos momentos tormentosos en el ánimo del pintor tan cerca de su trágico final. Y al ver esos colores amarillos, celeste, y los pajarracos negros graznando y levantando vuelo, tan vívidos desde el cuadro y queriéndonos significar la proximidad de una gran amenaza sombría.
  3. 8. La Quinta Sinfonía de Gustav Mahler conectada con la película de Luchino Visconti “Muerte en Venecia” de 1971, adaptación de la novela corta de Thomas Mann. Tal vez un alegato agónico, homenaje y sufrimiento que produce la fugacidad de lo bello, el paso del tiempo y la vida. Tensión y paisajes hermosos de la ciudad italiana de los canales, donde cada día su ser tiende a hundirse en el agua que la rodea desde hace tanto… Y porque ciertamente el sentimiento intuye que aquél que ha contemplado la pureza sublime, está condenado a enamorarse, padecerla o morir…
  4. 9. Concluyendo, refiero una obra de teatro que vi recientemente en el “Teatro Real” de la ciudad de Córdoba: “Habitación Macbeth”, donde su creador, autor, actor, director, Pompeyo Audivert, en un unipersonal muy activo, interpreta la vertiginosa espiral de ambición, crimen y locura del noble escocés, explorando la identidad como un fenómeno sobrenatural y asediado por fuerzas terribles del consciente y el inconsciente. Impecable y proteico trabajo, excelente puesta en escena. Muy movilizante.
  5. 10. Y last but not least, quisiera mencionar “El gol a los ingleses” de Diego Armando Maradona. Por todo lo que significó para toda la Argentina. Talento, astucia, belleza, destreza, viveza criolla, trampa deportiva, revancha. Un gran momento que la memoria futbolística (y no) recordará como historia. Sin duda y desde otra perspectiva, una verdadera obra artística que creo que, a más de uno, nos descolocó.

3: ALFREDO RESCIA

     En sus líneas más contundentes dice Umberto Saba en el poema “La cabra’: “Aquel balido igual era fraterno a mi dolor… tiene una sola voz y no varía”. Descubriendo a través del dolor común un aspecto nuevo de hermandad con los seres. Una diversa vertiente a la ya revelada por San Francisco de Asís en su “Cántico a las criaturas”, tras percibir que teniendo ellas y nosotros el mismo padre, somos todos hermanos, “hermano sol, hermana luna” y, naturalmente la tierra que pisamos, dañada, y en riesgo como nunca.

     Tan válidos mensajes, llevan a celebrar estas voces que tan merecidamente han quebrado el silencio. Y al placer de su poesía, por añadidura mueven al afecto y a la responsabilidad; sacudiendo las solapas de nuestra conciencia, particularmente cuando los pertenecientes a la misma especie se enfrentan hasta con útiles nucleares.

     ¿Quién, alguna vez, no ha vivido situaciones límites? Por ello, “La piedad”, de Giuseppe Ungaretti -autor que dejara páginas escritas entre trincheras- en su clamor a Dios, al modo de un Job contemporáneo, es un espejo que a tantos refleja. Su grito es nuestro grito. Valgan algunos versos: “Me has arrojado de la vida”; “Ya ni siquiera te ríes de nosotros”; “La esperanza de una gran sombra ¿solo es esta nuestra suerte?”. Dejándonos desde su acento interpelativo, ante lo que entiende como indiferencia, abandono y ausencia de socorro, el ruego de un hombre que abre su corazón a Dios desde las más recónditas lágrimas. Por lo tanto, no sería extraño que este monumental poema, genere la búsqueda de vitales respuestas a los interrogantes de la existencia. Es decir, un sentido a las dentelladas de la vida y a nuestros abismos.

     Señalo, por marcar un sentido de pertenencia y un aire de familia, las grandiosas milongas de Osiris Rodríguez Castillos. Su encomiable “Grillo nochero”. Las estrofas de Humberto Costantini en “Vaya un punteo florido”. “Para las seis cuerdas” de Jorge Luis Borges. Y muchos otros autores de vuelo alto y alas grandes cuyo decir paisano se prenden en el alma como abrojo.

     Letras de milongas, cielitos, huellas, vidalitas… tan afines a formas tradicionales de pueblos hermanos, en aspiraciones y herencia común, que al leerlas o escucharlas, suelen tornarse inolvidables, motivando que uno se sienta entre propios. Tal vez, porque el mensaje, si bien, no exclusivo de esta poética, sí frecuente y copioso en lo que concierne a nuestras raíces. Y de suyo con el sueño de la patria grande. Sueño contra el que se levantan muros de continuo, a pesar de que nuestros corazones estén a un paso.

     No a pocos se les quebraría la voz al leer de Ernesto Cardenal “Oración por Marilyn Monroe” –“sola como un astronauta frente a la noche espacial”-. Y no pocos arderían de indignación, no únicamente por la suerte de Marilyn, sino por una sociedad de consumo que consume gente. Las mentiras del celuloide. La propaganda. El pregón de valores que no se abrazan. Por ello, cada vez que leo a Cardenal, celebro y agradezco su elocuente mirada sobre la realidad. Esta realidad, que no es sino, un Paraíso que se ha hecho ajeno.

4: ANÍBAL BENÍTEZ

     Para mí, el arte no es una construcción de certezas, sino una demolición necesaria. Cuando pienso en obras que han logrado “descolocarme”, siento un sismo silencioso que reubica los cimientos de lo que creí ser.

     Un eje de este desplazamiento es Andrei Tarkovsky. Su cine me enseñó que el tiempo no es una línea que avanza, sino un material denso que se puede esculpir. En “El espejo” o “Stalker”, no narra; él deja que la imagen respire hasta que el espectador se vuelve parte de la atmósfera. Me fascina su capacidad para convertir un detalle ínfimo -el goteo del agua sobre una superficie oxidada- en una interrogación metafísica. Con él comprendí que lo sagrado no está en lo pomposo, sino en la sencillez de lo profundo, en esa capacidad de sostener la mirada donde otros la retiran.

     En la pintura, esa misma contundencia me atraviesa al observar la obra de Ernesto de la Cárcova. Su cuadro “Sin pan y sin trabajo” es una herida abierta, pero lo potente no es solo la denuncia social, sino la maestría con la que captura la luz de la desesperanza y la dignidad contenida en una mirada. En él encuentro a esa mujer que, en medio del vacío, sostiene una verdad que la palabra apenas alcanza a rozar. Sus pinceladas son huellas de una historia que todavía nos habita.

     En lo sonoro, Luis Alberto Spinetta ha sido mi faro. El “Flaco” me atravesó por su negativa rotunda al lugar común. Su música es una arquitectura de la luz, una búsqueda metafísica donde la palabra se vuelve cuerpo y la armonía se transforma en un estado de conciencia. En discos como “Artaud” o “Kamikaze”, Spinetta nos obliga a abandonar la comodidad de lo previsible para abrazar una belleza que, por momentos, duele. Es el poeta que, desde la guitarra, logró poblar las ranuras de los pensamientos.

     En nuestras letras, regreso a la verticalidad de Roberto Juarroz, a la orfandad de Alejandra Pizarnik, a Héctor Viel Temperley. En “Hospital Británico” o “Crawl”, Viel hace de su propio cuerpo febril y herido el escenario de una revelación mística. Él me enseñó que la poesía es un nado tenaz contra la muerte y que la carne -incluso en su fragmentación o en su declive- puede ser un altar. Él me enseñó a cruzar el fuego del mundo. Vi que el poema puede ser un bisturí, un sacramento crudo o ese refugio minúsculo donde se le puede besar los labios a la muerte.

     Descolocarse es aceptar que somos una esquirla de la diáspora, seres ungidos para errar buscando un pulmón que respire una verdad distinta. Valoro a los artistas que no me ofrecen consuelo, sino que me lanzan a la intemperie de mi propia conciencia, obligándome a nacer de nuevo en cada obra. Sabemos que al final, el arte que perdura es aquel que nos deja con un rostro nuevo frente al espejo, uno que apenas empezamos a reconocer.

5: DIEGO E. SUÁREZ

     Los primeros recuerdos que tengo de algo que me haya conmovido estéticamente son las canciones para niños de María Elena Walsh, las grabaciones de Les Luthiers que escuchaba por radio y las tiras de Mafalda publicadas por Ediciones De la Flor: el nonsense y el ingenio humorístico crítico como formas poéticas sublimes. El primer libro que leí no por imposición pedagógica sino por placer –o curiosidad, más bien– fue El exorcista”, de William Blatty, porque creía que al no animarme a ver la película sería menos aterrador leer un libro sin imágenes. Error. Fueron noches de verano acurrucado bajo tres frazadas. El año que viví en Corrientes (con intenciones universitarias que murieron en el intento) accedí por primera vez, llevado por un amigo del alma, Juan García, a un teatro alla italiana, el Teatro Vera, con su retórica del espacio, sus escalinatas, sus columnas, su foyer y sus conciertos gratuitos de la sinfónica. Afuera, compartíamos los lentos atardeceres de la costanera asombrados por la poesía de Girondo, Gelman y Benedetti –a la que llegamos Eliseo Subiela y su película “El lado oscuro del corazón” mediante– y en la terraza de su casa, la magia del “Artaud” de Spinetta, de las “Canciones urgentes” de Silvio Rodríguez, del jazz en todas sus variantes. Eran grietas en el tiempo y en el espacio que me permitían conectar, por motivos que van más allá de mi entendimiento, con sensaciones de intensa libertad creativa. Además, haber habitado por varios años, en Posadas, La Fundación La Palma, creada por el librero uruguayo Ricardo Raymondo, me permitió hacer un viaje maravilloso entre libros de artes plásticas, fotografía, música, literatura y cine, junto a personas que sugerían derivas alucinantes a diversas expresiones cuya complejidad hacía más intensa la vida y que me permitieron leer lo que circula en el presente anhelando extrañeza. Desde entonces, guiado por la intuición y el deseo, fueron innumerables los hallazgos. En mi caso, la avidez tiene como triste efecto colateral una amnesia bochornosa (recuerdo un chiste viejo que decía “la marihuana trae problemas de memoria y otras cosas que no recuerdo”; me parece aplicable a la adicción cultural… Por supuesto, también viene al caso eso de que “el que mucho abarca, poco aprieta”). Así que me limito a comentar lo que recientemente me “descolocó”. Un disco y cuatro películas. “Seven Psalms”, de Paul Simon. Comienza con unos sonidos expansivos de… ¿campanas?… ¿cuencos? Ese enigma crea la atmósfera y a partir de ahí todo es sublime. Simon, tratando de hacer sonar “The sacred harp/That David played to make his songs of praise”, porque “God turns music into bliss.” Películas: Dos de Joachim Trier: “Valor sentimental” y “La peor persona del mundo”. Su poética del espacio sentimental me cautivó. Y dos que, para mí, dialogan entre sí y se potencian: “The Fall” de Tarsem Singh y “Sayat Nova” de Sergei Parajanov. Ambas, puro lirismo visual más allá del tiempo.

6: EDUARDO CARLOS ROBINO

     Si tengo que elegir un pintor del siglo XX que me fascina, elijo sin dudar a Matisse. Dentro de los argentinos, a Juan Doffo. Sin embargo, no son sus obras las que me inquietan o me impactan; por el contrario, encuentro en ellas las posibilidades del diálogo, de la contemplación y de cierta serenidad entusiasta, si es posible esa última mezcla de impresiones.

     Las obras de Modigliani me impactan muchísimo. Recuerdo una muestra en el Museo de Bellas Artes de la ciudad de Buenos Aires. Me estuve unos veinte minutos mirando su obra, entre retratos y desnudos. Tuve que salir de la sala porque comenzó a faltarme el aire; tuve, incluso, que salir del Museo. Llevaba conmigo un libro de Ian Mc Ewan, “Expiación”, que había comprado para regalarle a un amigo, quien con suma amabilidad me dijo que lo acababa de leer en inglés, y me sugirió que se lo regalaste a alguien más, que pudiera disfrutarlo como él lo había disfrutado. En la salida, en la escalera que lleva a las puertas del Museo, encuentro a Griselda García, poeta y gestora cultural a quien quiero y admiro. La saludé a media voz, y le dije apenas, “Tomá, Gris, es para vos”. Y me fui. Recién pude respirar bien a las tres cuadras. A Griselda no la veía hacia casi cinco años, y encontrarse a alguien en Buenos Aires, pasa más por la conjunción de los astros que por la casualidad. Luego, le escribí contándole esta situación, un verdadero síndrome de Stendhal, que nunca, hasta ese momento, había creído que pudiera existir.

     Hay, además, una obra que conjuga con un espacio de oscuridad en mí, seguramente, que me estremece, me inquieta, y me produce temor y fascinación. Siento que habla de aquello que se mantiene encerrado dentro de uno, reprimido con grilletes; y no lo relaciono con la violencia física, sino con el pensamiento aciago, apocalíptico, desesperanzado, con esa parte de uno mismo ligada al caos y al desasimiento de lo humano. Se trata de “Estudio del retrato del Papa Inocencio X de Velázquez”, pintada por Francis Bacon. Una pintura en tonos violetas, con una figura humana sentada, encerrada en un espacio que remite a un cuadrilátero o a unas de esas sogas de protección que rodean las estatuas en algunos museos. Sogas de un amarillo intenso. La figura humana se disgrega, parece que se estuviera desintegrando. Se nota en los dientes de la figura enojo, dolor y furia, inmovilizada por una fuerza que parece que lo hiciera caer, que lo mantiene sujetado, que lo va aniquilando. Es una pintura terrible y fascinante. Y toca en mí algo de lo que no puedo simbolizar, que no puedo aún llevar a la palabra. No sé si algún día llegaré a poder hacerlo.

7: EMILIANO CAMPOS MEDINA

     En cuestiones de arte apreciamos especialmente la cualidad que una obra puede tener, de descolocarnos. Quizás de eso se trate, como bien apunta la pregunta de este compilado, la virtud esencial de una verdadera obra. Podría enumerar algunos casos, en literatura y poesía. Sin embargo, por su impacto vivencial, me gustaría remontarme a un artista cuyas obras pude contemplar por primera vez, de modo directo, en un viaje realizado allá por 2002: El Greco. El objetivo específico de aquel, mi primer viaje a Madrid (por esa época me encontraba viviendo en Barcelona), era ir al Museo del Prado, y concretamente, estudiar las pinturas de Velázquez y Goya, dos pintores que ya por entonces estaban entre mis preferidos. Del artista cretense apenas había visto algunas reproducciones en los libros de historia del arte, y no me generaba una expectativa particular. Sin embargo, cuando ingresé a la sala del Museo del Prado en el que se hallaban sus pinturas, fue como si los colores y las pinceladas de los cuadros desgarraran mis ojos. Se trató de una conmoción real, física, alejada de la mera contemplación estética. Yo tendría algo así como veintidós o veintitrés años y puedo asegurar que fue una de las impresiones más corporales que sentí. Como si, de pronto, me cayera encima un aguacero. El Greco fue una absoluta revelación. Esas perspectivas rotas, las anatomías fracturadas, los rostros comprimidos, todo como apresado por una fuerza gravitatoria ascendente. En una época me gustaba decir que El Greco inventó los efectos especiales del cine, sus cuadros son claramente dinámicos, pero animados por una fuerza sobrenatural. La vista panorámica de Toledo, con sus nubarrones expresionistas y desgarros metafísicos, podría ser el antecedente de una escena de cine catástrofe. Claro que el fenómeno es acá del orden místico, y no climático. Si pudiera pintar cuadros o escribir poemas que lograran emular algo de ese abismamiento, pensé luego de pasar por esa sala, podría darme por satisfecho.

     Aquel viaje fue de apenas un día. No tenía presupuesto más que para eso. Llegué a Madrid a las 21 horas, creo que era un miércoles, y me volví a Barcelona el jueves a las 18. Aquella noche la pasé recorriendo la ciudad hasta la madrugada, dormí un rato en una parada de autobús y a la mañana siguiente fui el primer visitante en entrar al museo. Completamente solo. La conmoción de las pinturas del Greco fue tal, que, al año siguiente, en un viaje mejor planificado y con más tiempo, decidí pasar cuatro días en Toledo, ciudad que está atravesada por la biografía del pintor, ya que luego de fracasar en su intento de transformarse en pintor de la corte real, se “autoexilió” en esa ex capital del reino, por entonces caída en el olvido. En Toledo pude visitar las obras que no se encuentran en el Museo del Prado, entre ellas, el famoso cuadro “El entierro del Conde de Orgaz”, y también cruzar el puente de San Martín, sobre el río Tajo, donde Rilke vio caer una estrella fugaz y sintió que su ser se desintegraba en la marea cósmica de esa ciudad mística. Por ese camino subí hasta la colina desde la que Doménikos Theotokópoulos pintó su famosa vista. No tengo dudas en afirmar que El Greco es más moderno que muchos de los pintores de las vanguardias del Siglo XX; sin él no hubieran existido Cézanne, Picasso, o el expresionismo alemán.

 

 

 

© All rights reserved Rolando Revagliatti

 

Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y diecinueve poemarios. Todos sus libros cuentan con ediciones-e disponibles en http://www.revagliatti.com. En esta condición se hallan los seis tomos de su libro “Documentales. Entrevistas a escritores argentinos”, conformado por 159 entrevistas por él realizadas. Ha sido incluido en unas ochenta antologías de poesía, narrativa y dramaturgia de la Argentina, Brasil, Perú, México, Chile, Panamá, Estados Unidos, República Dominicana, Venezuela, España, Alemania, Austria, Italia y la India. Más de 1700 videos en los que ha grabado poemas y otros textos literarios de muy diversos autores se hallan en https://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti/videos y en https://www.arcoiris.tv/fonte/Rolando%20Revagliatti/

 

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