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Febrero 2026

CARTA. Tomás Galicia

Hace mucho que no (te) escribo. No es que me haya olvidado de ti, qué va, muy al contrario: te tengo siempre presente. Lo que ocurre es que me he dedicado a todo menos a escribir(te): a editar y publicar el libro de niños, a montar, corregir y recorregir mi nuevo sitio web, a pintar la casa de un amigo, a leer, a darle cuerda al reloj de pared… hasta a ver películas, cosa que, como sabes, casi nunca hacía, en un televisor enorme al que solía ignorar soberanamente. Todo con tal de no ponerme a la faena. ¡Si hasta me puse a recoger las hojas del jardín y todo, yo, que tengo tan poca madera de jardinero!

Pero hoy, después de leer un rato, por fin me pongo. Quizá el libro que estoy terminando sea la causa, aunque no estoy muy seguro, porque es un libro con bastante contenido kafkiano, lo cual no está mal, dentro de un límite.

La verdad, no tengo nada que contar que no haya contado en el primer párrafo. Bueno, sí, ir al médico de vez en cuando por esto o lo otro, cosas de la edad que de momento no son fatales, aunque tarde o temprano lo llegarán a ser, todo a su debido tiempo. Y creo que con esto termino el recuento. Como ves, varios meses de vida en dos patadas. Y pienso: qué poco somos, desde este punto de vista.

¿Pues qué somos, entonces, aparte del suave traqueteo del tren de la vida, ahora que los trenes modernos no traquetean, porque han inventado el modo de hacer que los raíles no tengan vanos entre ellos y que vaya todo, nunca mejor dicho, sobre ruedas? No lo sé, la verdad, y me da en la nariz que tú tampoco, pues te presentas siempre ante mí en forma de pregunta, esperando que sea yo quien te llene de letras y de sentidos. Mucho pides, pienso yo, que me derramo por acá y por allá sin rumbo fijo, mariposeando por la vida y contándote cosas sin importancia: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá… Qué aburrida debes de estar conmigo.

Seguro que preferirías que fuese un héroe, admirado por todos, deseado por todas, con un destino manifiesto hacia el cual dirigirme a pesar de los pesares, alguien de quien estar orgullosa, pero no: soy Fulano de Tal, sin más, uno más como la mayoría, la inmensa mayoría, viviendo la vida a trompicones, ora tropezándome con la piedra del destino, ora enderezándome, a menudo preguntándome si había algo bajo esa piedra, y por qué un destino ajeno no sería mejor que el propio, aunque lo parezca. Dicen que ninguna vida es fácil. Puede que sea verdad, pero intuyo que aquí también hay clases y clases, que no todas son igual de difíciles. Tampoco tengo claro que sea la cigarra la que sale peor parada en su fábula con la hormiga. Desde pequeño me quedó la sospecha de que había gato encerrado en ella, que no estaba tan clara la cosa.

Va siendo hora de despedirme, para no ponerme más pesado que de costumbre. Antes de hacerlo por hoy, déjame que te agradezca tu paciencia. Da gusto contigo: nunca te quejas, siempre estás ahí, a la espera, a pesar de mis infidelidades con los libros, con la brocha, con las hojas otoñales del jardín o con el reloj de pared, a pesar de los meses de silencio. Querer sin esperar nada, eso es lo que haces, más, lo que eres. Eres quien recibe un revoltijo de ideas sin juzgarlas, eres comprensión infinita, diario de a bordo, a veces, pocas, brújula, pues no te gusta indicar el camino, sino observar en silencio los recovecos del mío.

Eres tanto porque no tienes, por no tener, ni líneas, ya sabes, esas torcidas con las que Dios, se supone, escribe derecho. Tu entrega es ser puro recipiente, mi querida página en blanco, y puede que eso sea la mejor definición del amor incondicional, y la más auténtica.

Puede, esto tampoco lo tengo por seguro.

 

 

 

 

 

© All rights reserved Tomás Galicia

 

Tomás Galicia es originario de Fuente el Sol (un pueblito mínimo de Castilla), licenciado en filología española y francesa en Francia y España. Fue profesor y traductor en Estados Unidos y ahora se dedica a escribir. Vive a caballo entre Viena (Austria), Medina del Campo (España) y Portland (Oregón). tomasgalicia.com

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