OPORTO… NO ES SÓLO UN VINO. Eduard Reboll

Braga reza, Coímbra estudia, Lisboa se divierte… mientras Oporto trabaja.

 

Una ciudad comprendida entre dos colinas junto a la desembocadura del río Duero. Oporto requiere una primera foto en mi cámara telefónica nada fotogénica: Golden Tulip/ Free wi-fi/ Password = hgt33a25/. Un registro imprescindible para comunicarse con el exterior. Y recordar su número secreto. Una evidencia de mi falta de memoria. Un símbolo que evoca lo más importante antes de urdir una ciudad a través de tus pasos: organizar tu estancia personal. Tu reposo de vuelta hacia la freguesía de Lavadores. Lugar de residencia playera. Allí se ubica el hotel…y los días que me restan por estar.

Frente a la ventana de la habitación: un mar rocoso y oscuro lleno de prisa por romper su espuma. Lluvia para la bienvenida. Sol intermitente teñido de neblina. Finalizada la puesta en escena del equipaje… un paseo de cinco kilómetros hacia el centro de la ciudad.

 

La rúa da Praia, junto a la Reserva Natural do Estuario do Douro. El río con su plena vitalidad. Aves de nieve, grullas, falcones, buitres negros, dípteros, zánganos…aire nítido y de postal. Desde la colina de Vila Nova de Gaia, la arena es plácida y una vista al norte de la ciudad confirma la melancolía sutil que tiene este páramo.

 

En este rincón, se avienen como esculturas urbanas un sinfín de tendederos con ropa de cama y ropa oscura de mujer. Muy cerca, el esqueleto humilde de una barca de pescadores. Y contiguo al lugar, un par de bancos de madera para advertir el atardecer.

El río sigue impávido como el orín de un gigante. Me detengo a contemplar su cauce y los puentes de la Arrábida, el Luís I, y el de Infante. Los tres se entremezclan como si de un videojuego se tratara.

 

Detrás, las bodegas de Ferreira, Ramos Pinto, Sandeman y Calem. Todas bajo el quemado espeso de unos caldos que dan a este vino una especial textura gracias a la uva tinta de Toriz, la Borroca o la Cao. Barriles de roble. Luz tenue y humedad en sus naves y recintos. Calles bajo el adoquín y sus pendientes. Farolas que ya inician su función de faro ante el silencio de la luz. Limpias de sujetos bajo la indumentaria del color o el pantalón corto. Poblada de empleados que se desplazan de bodega a bodega con sus carretillas. Gaia es el motor industrial de la ciudad. El origen que da fama a la urbe: el vino de Oporto.

 

Ciudad de cementerios y tumbas anónimas como el de Agromonte. De pequeños niños de mármol subidos a una cruz pidiendo a Dios clemencia. Llena de dulces libres y asimétricos en sus confiterías como la de Clarinha en Guimaraes. De baldosas azules en sus fachadas religiosas. O impuestas como trípticos en la estación de tren de San Bentao. Hombres y mujeres que ya no usan el tranvía para sus menesteres porque, él mismo, se ha convertido en un objeto turístico.

 

Barrios únicos llenos de pequeños hogares como en Sé, origen de la ciudad. O la Ribeira, circundando el agua en su litoral. Barrios angostos que dan su mirada al río. Funiculares como el de dos Guidais. Allí se desplazan los portuenses pobres hacia el centro. Pequeños habitáculos como los de Fontainhas con sus retretes fuera de la vivienda. Escaleras y pasillos interminables que te conducen a domicilios sin nombre en el buzón mientras, en los lavaderos al aire libre, as mulheres falam sobre seus maridos. Desde aquí, el río Duero parece afligido.

 

Mercados como el de Bolhao. Su belleza reside en el abandono y deshechos de gallo, pieles de cebolla y vegetales o frutas del lugar. La mercadería es originaria y de proximidad. Sus vendedores apenas miran tu rostro. La gente se agolpa o se ausenta. Tanto acude el visitante, como la monja del convento contiguo, el turista impávido o un hijo del mercado de Hostafrancs en Barcelona, como el que escribe.

Bibliotecas. Bibliotecas solitarias y pequeñas como la Municipal. Unidas a la intelectualidad de la ciudad o a la prestigiosa librería Lello. Poblada de estantes neogóticos y muchedumbre. Un lugar de culto, donde hay que pagar una entrada incluso por comprar un libro corriente. Tiendas de vírgenes, cirios, rosarios, vinos de misa, mantos violetas y abalorios junto a la Catedral, la fálica Torre de los Clérigos o la cercana ciudad de Braga.

 

Tiendas especializadas sólo en escobas de barrer como la Esgovaria de Belmonte. O de marionetas y títeres en un pequeño museo no más grande que un bar. Cafés estudiantiles, como el Café D’Ouro y sus ricas francesinhas. Infinidad de buen graffiti de papel o plantilla en puertas desvencijadas y paredes comidas por el agua. Símbolos estéticos, figurativos o hasta  divertidos personajes del hip hop local.

 

Buen arte contemporáneo en el Museo Serralves con exposiciones singulares como la de Marisa Merz exponiendo su poética de la línea en el espacio en blanco. O las del artista autóctono del país, Álvaro Lapa con sus composiciones abstractas y mudas. Arte siempre. En la calle colindante o en cualquier rincón que tú determines desde este pequeño desfiladero sobre un montículo fluvial donde reside la ciudad.

 

Oporto. Puerto. Porto Calem, en su origen, y origen del nombre del país: Portugal.

© All rights reserved Eduard Reboll

Eduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

 

 

 

 

 

 

 

Leave a Reply