RICARDO GARIBAY: LA LETRA Y LA PALABRA. Omar Villasana

No lo conocí nunca, por lo menos no en persona, tuve una oportunidad pero la dejé escapar, no sé si por timidez, miedo o vergüenza. Quien pudo presentármelo era otro escritor con apellido materno igual al del autor que admiraba: Garibay.

Acaso la forma de conocer a Ricardo Garibay fue la que siempre recomendó Jorge Luis Borges: a través de sus libros… me detengo un poco, primero conocí su voz, antes que sus letras. Recuerdo la fascinación con la cual lo escuchaba a través de la televisión en los programas de difusión cultural que conducía, sobre todo la pasión que transmitía al hablar sobre cualquier tema literario fuese poesía o prosa. Me abrió las puertas de la obra de Fernando Pessoa, de Miguel Hernández, Stendhal y tantos otros. Aprendí con él, la importancia de las preposiciones cuando explicaba la dedicatoria de Hernández en la Elegía a Ramón Sijé: <<con quien tanto quería>> Garibay apuntaba enfático que no era a quien tanto quería, sino con quien tanto quería en todo lo que había de amable en el mundo y continuaba con los versos:

 

Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano.

 

Señalaba que los poetas mexicanos, por lo menos los de entonces, serían incapaces de usar una imagen de este tipo, donde el estiércol es parte inseparable de la misma, intuí que en el fondo no era cierto, pero respetaba la vehemencia de su juicio, el valor para usar la palabra y como una Schahrazada moderna lograba encantarme con sus relatos.

Más tarde descubriría su novela autobiográfica Fiera infancia y otros años, su coraje, entendiéndose por este la furia y el rencor ante su padre, ante la religión católica y ante aquellas cosas que, imagino, sentía que le oprimían, pero al mismo tiempo se devela cómo su padre le transmitió el amor por la poesía cuando por las tardes se reunían en familia y su progenitor les leía versos en voz alta. Uno de sus maestros de juventud le vaticinó que esa misma pasión que yo admiraría años después, sería lo que le salvaría de la banalidad de la existencia. Después aprendería con tristeza a través de sus crónicas sobre Acapulco (publicadas en 1978) que México parece condenado a la violencia, tal como el mismo Garibay define acerca de la intención de su libro <<Escribir un libro sobre Acapulco, donde Acapulco quede vivo, viviendo de punta a punta, entre cerros, playas, mares, caseríos, lamedales y opulencias, las agonías del amor y de la muerte. >>

Es bien conocido el oído de Garibay para distinguir las diferentes tesituras o registros del habla mexicana y que puede leerse por fortuna en sus obras completas. Y este mes que celebramos el Día del Libro, lo recuerdo y agradezco me ayudara a comprender que antes de la letra escrita, está la palabra, los sonidos alados de nuestra lengua, que a pesar de efímeros, no mueren cuando transmiten lo que da sentido a nuestra existencia.

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Omar Villasana. México (1972)

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