QUERENCIA: TRENZAR LAS PREGUNTAS CON LOS AÑOS. Sobre el poemario de Alejandro Archain. Graciela Perosio

                                                                                                                                                                                          Cuando el niño era niño

                                                                                                                                                    era el tiempo de preguntas como:

                                                                                                                                                    ¿Por qué yo soy yo y no soy tú?

                                                                                                                                                                                   Peter Handke

 

     Es octubre del 2020 en Buenos Aires, la pandemia nos sumergió en una atmósfera de mayor silencio y esa circunstancia resalta el sonido de unos pasos detrás de la puerta que da al ascensor. Abro. Alguien dejó en el piso un sobre. Dentro un pequeño libro verde: Querencia de Alejandro Archain con la dedicatoria cariñosa del amigo que invita a recordar… Otros silencios, otros pasos temidos tras las puertas. Viejas solidaridades.

     En mi lectura de Querencia aparece la sospecha de que Alejandro Archain viene intentando escribir este libro desde hace tiempo, pienso que muchos de sus versos fueron, además de otros libros, el camino necesario para poder llegar a esta madurez. A este lugar que permite decir Querencia. Palabra exquisita: lugar y tiempo de recuerdos amados, olores, sabores, emociones, amores diversos, corazón de la memoria, cara y cruz. Ternura y espanto. No podría haber título mejor. Querencia, herencia, ausencia, latencia, inocencia, querencia. Ahora puede decir «las palabras atragantadas, gritos de algas. / Palabras que quedaron en su odisea, / detrás del cerco de los dientes,»     Querencia también como mandato «Nunca dejes las islas./ Nunca dejes el río: el bote/bien calafateado, los remos/ en cruz sobre la proa».

          En los otros libros de Alejandro Archain siempre ha ido apareciendo la dedicatoria a sus afectos cercanos, familia que fue creciendo con los años. Me importa señalar que en Querencia debajo de los nombres amados, Archain pone «A la memoria de Ricardo Piglia». Piglia, su memoria, nombra de algún modo la familia literaria. Y me resulta imposible no pensar en Respiración artificial, libro cumbre en la narrativa ensayística argentina. Allí —como también en la obra Charles Olson, citado en la página siguiente— se vuelve sobre tópicos repetidos de una historia que forjan la identidad de un paisaje, naturaleza y gesta entrelazadas. Por eso pienso que los criterios constructivos por excelencia de este libro son condensación y trasposición combinados, al trasponer un suceso histórico con otro, Archain condensa poéticamente lo que una narrativa expande («va el general Valle a morir en la penitenciaría. / Corre sangre sobre los ríos bonaerenses. / Cruje la sartén sobre la cocina. Saluda/ a los que quedaron en La Banda. A los que/ caen en los basurales, al general Valle/ en la penitenciaría. / Otros sueños arrasados por los fusiladores/ caen muertos en José León/ (volverán a morir en la continuidad de las muertes/ en la epifanía de las desapariciones».) Así construye y condensa: la Plaza de Mayo con los aviones del ’55, la misma Plaza con las Madres en la Dictadura.

     Y así habrá de detenerse en su patria chica, San Fernando, querencia litoral, ensangrentada por la persecusión política. Violencia que vuelve y vuelve (y por dentro aquel niño que no se animaba a preguntar. El niño que va creciendo libro a libro para poder decir, para poder entender, cerrar no, nunca cerrar. No, «cruje la tarde».) Agria violencia originaria: «una comarca de esteros, / lagunas, palmares/ y unos labios, unos ojos, mis caballos». La cita al comienzo del libro es de Francisco Madariaga, de todos los poetas del litoral, el que más nombra lo extremo de una tierra a machetazos, de sol ardiente y frío ardido, de aguas y cuchillas del monte y del fuego de cuchillos templados en acero y sangre. Cuchillas, cuchillos, facones «nada más que golpes/ hacia la luz de la mañana/ (canto, canto, rezo una plegaria, recorro las cuentas del/ rosario de la abuela sobre el catecismo del viento.) Duro rezo en estos ríos de San La Muerte y del Gauchito Gil, frente a las campanas de Nuestra señora de Aranzazu». El rosario por un lado y «la plegaria dicha en las capillas de los muelles» por otro. Vivencias distintas de esta roja tierra de peregrinaciones hacia el exilio, empujadas por la intolerancia a la idea diferente, empujadas al borde de la patria, hacia los refugios limítrofes: Banda Oriental, Brasil, Paraguay. ¿Patria Grande? Vivencias distintas del rigor y serie de mujeres también distintas, al borde o en el centro mismo de lo tremendo: la madre, la abuela, la hermana que recibe los hijos del que huye, las mujeres de «moneda en la ranura» con la sesgada alusión a Tuñon… Las mujeres del despertar del deseo, la mujer de la cocina y su lengua quichua. «La mujer desata su trenza/ mientras la pava grita/sobre la hornalla. / El frío sube por los pies/ y aplana la voz del radioteatro». Es como bien sabemos, la mujer del pobre, el último eslabón en recibir el dardo cruel del patriarcado. Cuando la impotencia lleva al alcohol «El bebedor golpea. El hombre embiste/ otra vez sobre el cuerpo desdibujado».

     Pero para el niño que crece —que irá creciendo libro a libro y aunque se nombra los «brillos sobre los muelles/ de todas mis infancias»— la querencia no es suma de cosas sino una sola embarullada, porque «Aquello que quedó oculto/ son pliegues en la memoria» «las mujeres que me despiertan me desvelan/ aquellas mujeres perdido entre sus piernas» «En el tiempo que el niño andaba/ brotaba cada mañana junto con el árbol/ Se resistía todo lo posible/ a lo que le indicaban». Sí mandato y rebeldía pero ¿qué pueden órdenes frente a perfumes, frente a los olores elementales de la vida?: «En el tiempo en que el niño andaba/ se metía en la cocina en vísperas/ del cumpleaños de abuela./ Callado miraba la masa extenderse/ sobre la mesa de madera con el palo de/amasar, callado ante la masa de las empanadas/ que la vieja cocinera, llegada sin fecha de / nacimiento ni documentos de ser(…) estiraba con el palo la veía cortar la carne/ Por las noches hablaba con su comadre en quichua».

     Pregunto: ¿se pierden? ¿se confunden? De eso se trata. En la Querencia parece decirnos el libro de Archain, todo está amasado como un uno/a. Se pueden mencionar los ingredientes de la masa, pero imposible es aislarlos, al menos vitalmente. Se hará una operación intelectual, recurriremos al estudio, a la familiaridad con Piglia, pero esta familia, la del universo pulsional en la infancia…ah, es otra cosa. Aquí «Lo oscuro ilumina y se balbucean/ los silencios que llegan/ extendidos en la siesta».  Aquí las lenguas se funden y confunden decir y no decir: «No digas no sigas no. / Seguro cuando arranque/ con la palabra y diga/ no sigas no digas. / Por qué no decir cuando debemos/decir. Utilizar la palabra, / el grito». Cómo decir, cómo preguntar «en la desnudez de nuestra impotencia» cuando ya desde los primeros años se ha sufrido la mordaza: «No me animaba a preguntar. / A mostrar vergüenza porque padre/ fuera de mierda porque fuera/ peronista de mierda». Canto como grito. Final extremo del hachazo en el sapucay, alarido de infierno. Patria y no patria. ¿Antipatria? ¿Por qué fuera «Negro-de- mierda»?

 Por qué «Peronista-de-mierda». No, no me animaba. «Voy en la dirección/ a la que me llevan/ todas las preguntas». Como la mujer su trenza, ajustada en la mañana, deshecha hacia lo oscuro, así escribe el poeta esta historia, su historia, pero nuestra historia y la historia de los que no la tienen. «¿No-están-porque- no-son? / ¿Por qué no fueron? / ¿Son ausencias en el país de los aullidos?/¿No están porque no eran o serán?/¿Son fueron, entes, entes fueron?»

     Los ríos mesopotámicos cuentan un destino de crueldad desde «los muelles/ cargados de antiguas historias/ que las islas aúllan con ráfagas de viento/ con el valor que llega a pura sudestada». Sin embargo, sabe Archain que «los ríos nunca son iguales, / tampoco las orillas». Sabe Archain que la sombra que busca «sólo es la misma/ a la misma hora/ en la misma tierra». Aquí donde finalmente el niño pregunta y busca entre los nombres olvidados, intentando pescar una verdad con apenas «un alfiler doblado». Pregunta y vuelve a afirmar querencia, inocencia. A recordar al padre muriendo a consecuencia del tabaco. Pero concluye en que hoy no hay modo para él de sostener el hundimiento que no sea la mirada poética: «No hay/ mano que cobije la ausencia de la luz. / Me queda en la soledad, una mirada/ sobre la deriva de nuestra querencia». Por eso Alejandro Archain escribe e insiste navegando aun sin agua en esta patria, en este bote nuestro, «mal calafateado como toda nuestra historia».

                                                                                                  Graciela Perosio

                                                                                      Buenos Aires, octubre de 2021

El autor:

Alejandro Archain nació en San Fernando, Prov. De Buenos Aires, Argentina en 1953. Publicó El ojo y el sueño (poemas, Editorial Botella al Mar, 1982); A tientas (poemas Tierra Firme, 1987); Ciudad de Paso (poema, Tierra Firme, 1995); El jardín y sus detalles (poemas, Tierra Firme, 2004); Deriva (poema, Paradiso, 2011); Las orillas de la palabra (poemas, Paradiso, 2014) y junto con Gonzalo Álvarez y Carlos Díaz: Un editor de tres siglos. La vida y los libros de Arnaldo Orfila Reynal (Col. La vida y los libros, EUDEBA, 2015). De 2009 a 2018 dirigió la Filial argentina del Fondo de Cultura Económica. En la actualidad dirige la Editorial de la Universidad de Tres de Febrero.

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