MANUAL DE REPORTE DE INCIDENTES. José Armando García

“Era una jornada de rutina…” -comienzan aquellas historias sobre accidentes y eventos inesperados. “Era un día cualquiera”, “Nos disponíamos a hacer lo que siempre hacíamos”, “Nadie sospechaba que en un día como cualquier otro”, son todas frases iniciales que ponen en contexto y por contraste lo inusual de aquello que les continua. Y ocurre así el incidente, en esta secuencia, donde la repetición es norma, donde lo cotidiano se corrobora a cada instante hasta tanto lo ordinario da paso a lo menos probable, ya que si se reitera lo propio, el acontecimiento sería arrastrado por la marea de lo rutinario.

En una historia, el incidente es tal porque aparece en una planicie de circunstancias. ¿Es acaso la historia misma la que le circunscribe su forma? Lo pregunto porque ya debería ser todo un acontecimiento el llegar a punto B ilesos, vía una calle asfaltada que le fue conquistada a lo inhóspito, con un vehículo que es el resultado de siglos de fallidos e invenciones. Me refiero a que incidentes ocurren a diario, empezando porque es una eventualidad que todo este cuerpo celeste no se precipite en el vacio por la gracia que tiene el precario balance de nuestro sistema en hacerlo gravitar. Al menos esto exclama el narrado de “La guerra de los mundos” de H. G. Wells: ” ¡Y este era el pequeño mundo en el que había vivido tranquilamente durante años! ¡Este caos de muerte y fuego!”. Pero ya ese caos es nombrado en calidad de fin de una secuencia en la coalición de dos mundos, o más bien, en el arrastre del mundo hacia lo que fue siempre: el caos -no hay mundos en plural. Porque es sabido que el caos requiera de tan poco como la apatía para ser gestado, basta con ignorarlo para dar pie a su propulsión.

Se desprende de narraciones clásicas, como “El terremoto en Chile” de Heinrich von Kleist, que los acontecimientos perturbadores de una historia cobran forma en lo repentino: “…de repente, hundióse la mayor parte de la ciudad, con un crujido como si el cielo se derrumbase y todo lo que alentaba vida quedó sepultado en las ruinas”. Si bien las ruinas son un vestigio de lo que parecía ser siempre; ante la catástrofe, lo que se derrumba parece al mismo tiempo revelar lo contingente de nuestras estructuras.

A tal luz, ¿qué es un “incidente”? ¿Qué hace que algo sea digno de reportarse como una eventualidad en un orden de cosas? Primero, habría que recalcar el final de esta pregunta: “un orden de cosas”. Al ser singular, el orden solo se admite a un conjunto mediado, con lo que cualquier acontecimiento que ocurra fuera de ese conjunto, y que tenga cierta implicación con este, puede ser tentativamente considerado “incidente”: la probabilidad incrementaría si el acontecimiento ocurre “fuera” de ese conjunto, ya que “dentro” prevalecería el orden.

Un incidente es fundamentalmente un acontecimiento en una historia, un sobresalto en una secuencia, pero es esta secuencia la que se pone en orden y la que le da su marco, como para ser escuchada en esa línea.

Recuerdo que de niño me dedicaba a compilar eventos durante el día que pudiesen ser contados luego a mis padres a la hora de cenar. Pronto me percate que remitirse al hecho sólo no lo hacía un evento propiamente, de hecho no animaba en nada al interlocutor a escucharlo. Mi hermana era más versada en esas artes y siempre ponía el hecho central en un orden que enfatizaba el sobresalto, al punto que era yo el que no terminaba mi historia solo por escuchar la de ella. El incidente debía advenir a la historia por su estado de irrupción. Para mí, la irrupción era clara, pero para ello había que suplir el marco de referencia, y en esto último yo no era diestro. Quizás porque para mí habían muchos incidentes de los que elegir, todo era reportable: como cuando llené mi lonchera con maleza a la guisa de que se trataban de espigas de trigo, no podía esconder la excitación de sorprender a mi madre no solo con la historia del hallazgo sino con su evidencia. Como era de esperarse, mi madre quedó más sorprendida por lo inexplicable de encontrarse con una lonchera atiborrada de yerba mala en lugar de los residuos del almuerzo.

Hoy me ha tocado familiarizarme con una definición de lo que es un incidente que me resulta conflictiva: se sostiene que un incidente es solo aquel evento que -siendo reconocido como tal- hemos experimentado de primera mano, y podemos atestiguarlo. Es decir, un incidente no es aquel que nos fue contado: eso sería una historia -¿llamativa, fascinante, perturbadora?- pero historia a fin de cuentas. Viene a nosotros en su forma verbal en la medida en que se aleja de la carne, y queda en el pasado.

Sin embargo, todo incidente -propio o ajeno- debe advenir a la palabra. No será incidente -por mucho que haya ocurrido y consecutivamente experimentado- si no es susceptible de ser transmitido por la palabra. El árbol que cayó en mitad del bosque sin testigos es menos incidente por no poder ser recontado que por no haber sido oportunamente escuchado.

De esto se desprende otra arbitrariedad: el incidente es producto directo de lo relatado, siendo ya esto una primera elaboración sobre lo ocurrido. Pero aún, ¿qué en la plétora caótica de todo aquello que acontece, hace que un evento -uno de tantos infinitos- sea un incidente? Para responder, disgregaré sobre la culpa.

Un incidente esta hecho de culpas: su madera, su materia, aquello que le da consistencia es la culpa. En los predios institucionales esto se refleja en el término “obligación jurídica”, liability en inglés. Quiere esto decir que, de no cubrirse o reportarse el hecho debidamente con su correspondiente procedimiento, no solo los involucrados serían responsables, sino incluso los testigos o enterados del hecho son susceptibles de ser incriminados.  Por lo demás, cuando se reporta un incidente se hace con el apremio de desembarazarse de cualquier responsabilidad que comprometa al reportero-testigo, o al menos diluir tal responsabilidad entre tantos actores como sea posible.

Un incidente entonces lo hace más la potencial culpa que el sobresalto presentado. De aquí que la historia sea rutinaria hasta un punto: hay que poder demostrar y desplegar en significantes que todo hasta ese punto cumplía su labor de normalidad. Pero si se suspendiese tal normalidad y si cada hecho fuese un incidente, no habría forma de desculpabilizarse, no habrían disculpas, no habrían excusas, seríamos responsables de la que creíamos rutinario, ordinario, obvio -y eso sería una injusticia tan prolija como la realidad en la que vivimos. Porque una cosa es saber que los huesos crecen y otra poder percibir paso a paso su expansión, estar conscientes en tiempo real de cómo y cuándo sedimentan su calcio. Sería como una respiración que deja de ser instintiva, y requiere de nuestro esfuerzo y empuje hálito a hálito. Estos serían demasiados incidentes, sería una responsabilidad sobrecogedora y, por ende, una culpa inexpiable.

Entonces la pregunta es más bien: ¿qué nos hace continuar sin detenernos en cada hecho como ante el espasmo de un incidente? Aquí hay que decir que lo que acogemos como “rutinario” es una preconcepción de la ocurrencia: contamos con que, en la secuencia, lo que vendrá será como lo que ha sido. Y en su mayoría, tenemos éxito en augurar esto en la medida en que la repetición se impone al caos. Pero esa repetición es un autómata impuesto que le saca tajos de realidad prefabricada al amasijo. El acontecimiento real sería el trabajo que en esto se invierte, día a día, hora a hora, minuto a minuto -cualquier unidad sumada será un triunfo de la repetición que nunca debió ocurrir, y sin embargo ocurre como fortuna. El trabajo corre en tiempo al advenimiento de lo que siempre existió: el incidente no sería más que un retorno de lo que ya no puede tener tapujos. De aquí la culpa soslayada y tácita que nos trae el evento, la culpa sempiterna que comenzó con la realidad pero que no acaba con el tiempo, porque si dejamos de contar a este último, nos quedaríamos sin historia pero no sin desaliento. Habría que empezar a respirar de cero, sabiendo que hay oxígeno pero no ya pulmones. No podríamos dejar de saber que por cada respiro hay un incidente, un hurto al aire, un atentado al ambiente, un ataque a la otra vida que requiere de ese hálito como si fuese el último. Y entonces la culpa singulariza lo que nunca debió ocurrir: el incidente de una vida que corre a pesar de lo que consume.

Hay miles de vidas que debieron ocurrir y millones de muertes que ocurren sin saberlo. Cada una de estas son reportables, pero ocurren a pesar, a pesar de que la jornada se despliega en rutina, y se repite hoy hasta un siempre que pueda devenir historia. Es una compulsión contar esa historia, sumarle incidentes, de lo contrario contemplaríamos con culpa infinita los recursos que costó llegar hasta este presente, los escombros que se apilan para no llegar a un final que no sea parar, ceder, cesar. Pero incluso esto último acarrea un costo, este es, destapar el torrente de incidentes y dejarlos correr hasta que ahoguen lo que es norma, dejarlos ser la nueva realidad. Ha ocurrido, se han hallado realidades que son tan salvajes que solo consisten en una serie de incidentes, pero está siempre el riesgo de enmudecer por no tener el tiempo o las palabras suficientes para narrar lo ocurrido, porque no habría pasado cuando el porvenir asoma su imposible de ponerse al día. De precariedad se le trata, pero esta realidad desplegada asoma lo que fue hoy y siempre: la torrencial contingencia.

En tiempos de hambre, de catástrofe, de asolamiento, de desastre, algunos entregan su realidad a la categoría de los “hechos de providencia”, y a veces no porque provengan de un designio divino, sino porque son tantos y tan seguidos que solo en un otro abarcador y presupuesto se podrá abrir la cuenta de los anales insaldables. Es preferible endosárselos a Él que empadronar las penas. En este escenario, cuando los incidentes sobrepasan con creces la repetición, se pierden las culpas, pero se gana un mutismo lo más parecido al letargo. Aquí todo vuelve al silente caos de siempre, aquel que murmura en cada evento sobresaltoso. Aquí la vida no es obvia, o en perspectiva amplia: a partir de aquí, una vida bien puede ser el insumo de cualquier otra, en cualquier momento. Para que esto ocurra, para que el caos despunte solo hace falta hacer nada, suspender el trabajo, ceder el ejercicio, descontarse y contemplar.

Incidentes ocurrirán en cuestión de infrasegundos: todos juntos, en apariencia mancomunados pero fundamentalmente convulsos. No hará falta reportar nada, porque la línea de la historia se habrá cruzado, y estaremos en la caldera misma de hechos sin son. Sobrevivir será el evento, pero no para ser reportado sino para retomar la palabra, la última en la que quedaron nuestras demandas más primarias.

En lo cotidiano se olvida -olvidar es su privilegio- que lo que es apremiante no es lo imprevisto, lo apremiante es continuar. Ahora bien, un mundo donde todo es incidente es un no-mundo, un inmundo, un mundo que se autofagocita, y lo peor es que se alimentará de las mismas palabras que relatan su destrucción: tragará aire y escupirá un cielo del que nadie pueda respirar. “También podemos imaginar el cambio de actitud de todos; el humo negro, que avanza rápidamente y que se eleva ennegreciéndolo todo para caer luego sobre sus víctimas; los hombres y caballos, velados por el gas, corriendo desesperados ara ir a caer al fin, los cañones abandonados; los soldados debatiéndose en el suelo, y la expansión rápida del cono de humo opaco. Y luego, la noche y la muerte; nada más que una masa silenciosa de vapor que oculta a sus muertos” -la guerra con marcianos fue solo la excusa de Wells para darnos panorama de lo que es la contingencia a pesar de sus planes, y que con parsimonioso silencio desciende su imperio.

Es hasta congraciante sentir las culpas por lo que sucedió de imprevisto. Quizás estas nunca se puedan expiar, pero de ellas podemos tranquilos adolecer por darle consistencia a lo viable, a lo vivible, a aquello vivaz: esto es, una vida que se permite de vez en vez el desatino de lo que fue siempre a pesar de ella. A fin de cuentas, el que haya algo y no la nada, define nuestro mundo como accidente, como aquello que pudo no ocurrir y de lo que hoy podemos dar cuenta. El incidente, la historia de este, la puesta en marcha del relato hasta el sobresalto tiene en ciernes al caos (no lo tiene ni por base o ni por causa): algo así como la irrupción del dragón en una historia medieval. Hace que uno se pregunte si los incidentes no son todos fantásticos como lo son los dragones: en la secuencia de una historia, siempre, en el barullo de lo que es real, cerciorarse del dragón es haberse carbonizado, y creo que no hace falta aclarar que los fósiles son todos mudos a las historias que les continuan.

© All rights reserved José Armando García
José Armando García (Abril, 1976) Originario de Venezuela. Vive en Miami, Florida desde el 2004. Sociólogo de profesión y psicoanalista de oficio, con un posgrado de Trabajo Social Clínico. Asociado activo en la Nueva Escuela Lacaniana. Más interesado en el barroco de Baltasar Gracián que en cualquier tendencia contemporánea. También las épocas son injustas con aquellos que nacen a destiempo

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