LA POESÍA INFINITA DEL NADADOR. Elena Hita Piera

En Lerici (La Spezia, Italia), hay un sitio donde el mar parece susurrar: el “golfo de los poetas”. Denominado así por el escritor Sam Benelli, aquí vivieron durante periodos de sus vidas grandes escritores, artistas y poetas del siglo XIX, como George Sand, Lord Byron o Mary Shelley, enamorados de la belleza de este anfiteatro acuático.

 

En la pequeña Portovenere, un pueblo marinero en la costa de la Liguria, a las puertas de Cinque Terre, la leyenda cuenta que Lord Byron, el poeta maldito, un día de 1822 se zambulló en sus agitadas aguas, desafiando al mar y nadando ocho kilómetros hasta Lerici , para encontrarse con su amigo Percy Bysshe Shelley, quien posteriormente, el ocho de julio de 1822, se ahogaría de regreso a Lerici desde Pisa, en la costa de Viareggio, a bordo de un bote de su propiedad, el Don Juan, y junto a su amigo Edward Ellerker Williams. “La gruta de Lord Byron”, también conocida como Gruta dell’Arpaia, y situada a los pies de la iglesia de San Pietro, es el lugar donde el poeta encontró su refugio creativo, una ventana hacia mundos de naturaleza y belleza.

 

 

 

There is a pleasure in the pathless woods,

There is a rapture on the lonely shore,

There is society, where none intrudes,

By the deep Sea, and music in its roar:


I love not Man the less, but Nature more,

From these our interviews, in which I steal

From all I may be, or have been before,

To mingle with the Universe, and feel

What I can ne’er express, yet cannot all conceal”.

 

George Gordon Byron, Childe Harold’s Pilgrimage, canto IV

 

Estuve en este lugar hace un par de años. Portovenere me pareció una de esas idílicas postales italianas en las que todo está en perfecta sintonía. Arquitectura simétrica, colores vivos y una estética impecable. Como una de esas ciudades que coquetea constantemente con el visitante, creando en él una ilusión alejada de la realidad. Recuerdo pensar que el mirador que conducía a la gruta se asemejaba a una especie de balcón al infinito. Quizás porque he nacido en tierras costeras y pienso en el mar como un punto de referencia sensorial, con una serie de constantes contrapuestas. Es fuente de vida y muerte. Vastedad. Calma. Movilidad. Es una imagen poética que acaba convirtiéndose en una proyección de un estado de ánimo. En un cierto sentido la experiencia del mar hace visible al hombre su desnudez, ¿no?. Para mí, allí cualquier preocupación o proyección personal parecía volverse cómoda y plácidamente relativa. El mar, como una totalidad compacta me hacía sentir más pequeña, pero en armonía.

 

Estando en tierras italianas, y precisamente en la gruta de Lord Byron, parecía casi una obligación pensar en Océano Mar (1993) de Alessandro Baricco, donde todos los personajes buscan algo, en equilibrio sobre el océano. Como el movimiento de las olas del mar, se abren, se liberan y se vuelven a comprimir. Y así infinitamente. En una oda al Mediterráneo, Byron también revelaba la emoción que sentía estando en soledad ante la música de las olas, donde reflexionaba sobre la caducidad de las cosas humanas.

 

«Eso es lo que me ha enseñado el vientre del mar. Que quien ha visto la verdad permanecerá para siempre inconsolable. Y verdaderamente a salvo solo se encuentra aquel que nunca ha estado en peligro». Océano Mar (1993).

 

 

En ese paisaje ventoso, repleto de turistas que buscaban un refugio ante el despiadado sol de finales de junio, también era inevitable recurrir y verbalizar esas fantasías que se generan y se acrecientan en los viajes: “¿Habrá algo de verdad en la leyenda?” “¿Irías nadando únicamente para verme?” “Se refleja el mar en tus ojos”.

 

Mirada abajo, allí batían las olas contra las rocas: mirada arriba, en la colina, despuntaba un castillo. En el sendero de escaleras que conducía a los alrededores de la gruta, tras dejar atrás el arco de piedra con una reja y una placa conmemorativa, había una señora voluptuosa que miraba al frente. De nombre “Mater Natura” parecía ser la propietaria del lugar. “Bienvenidos”, se proyectaba en su mirada. Era una estatua de bronce hecha por el artista napolitano Lello Scorzelli, realizada en 1989.

 

Sentados en una de las rocas pensamos en lo difícil que es tener ahora una especial sensibilidad para observar la naturaleza. En lo complicado que parece escuchar con todo ese ruido que nos rodea. En lo ventajoso que sería poder adquirir la facultad de envolverse con el paisaje y de saber descubrir la poesía que almacena. De ese acercamiento a la naturaleza, Lord Byron extraía una auténtica visión en la que se mostraban todos los elementos: espectáculos de noches de luna o tormenta, océanos en calma o escarpadas montañas: “Sentarse sobre las rocas, meditar sobre las olas, atravesar el bosque sombrío, donde moran las cosas sustraídas al dominio del hombre y donde el pie de ningún mortal pisó jamás…esto no es soledad: esto es conservar con los encantos de la Naturaleza y ponerse en contacto con su poderío” (Childe Harold, canto II).

 

 

 

 

 

© All rights reserved Elena Hita Piera

Elena Hita Piera. Periodista alicantina especializada en cultura y viajes. Coautora de la revista literaria La Marrakech de Juan Goytisolo. Escribe en revista Purgante. Tiene un Máster en Periodismo de Viajes por la Universidad Autónoma de Barcelona.

 

 

 

 

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