LA APRECIACIÓN… DEL FIN. Eduard Reboll

Me acabo de levantar. Mis manos se agarrotan. Los dedos lucen como un juego de garfios de un  pirata cojo. Matizo lo de cojo porque mi espalda, mis glúteos y mis piernas perciben el dolor del luchador de madrugada. Es decir, a pata torcida me dirijo al baño.  Tomo una decisión que siempre rehúyo y arreglo una cita. “No tiene cura. Venga…no sea gruñón y mírese al espejo…Ya me dirá si le toca o no. A todos nos llega nuestro invierno” dice la doctora Prendes  con la sorna juguetona que le da su vanidad, su lenguaje culto y su idiotez. “Bien, voy a detener la literatura para concluir con una frase: la artrosis acaba de anunciar su llegada”.

Al salir del médico, los ancianos, tienen otro cariz en esta Barcelona de cintas rojiverdes y cantos navideños. La sabiduría, tan característica de este periodo de la vida, desaparece de mi manual. Cada viejito que se tambalea al son de su cayado, cada esputo que da la bronquitis en este tiempo, o la propia compasión que se desprende de acompañar a alguien a cruzar la acera, se convierte en una pesadilla. Una pregunta obsesiva  nace:

-“¿Ya estás preparado para asumirla?”.

– No sé

A finales de diciembre fui al cine a ver la película Mr.Turner. Este mago inglés de la luz y las neblinas del siglo XVIII aparece en escena bajo una fotografía humana de su última etapa. Acepto que, cuando vi sus piezas en la Tate Gallery de Londres, me imaginaba a un joven lánguido, amante de sus poetas contemporáneos y capaz como pintor de sostener la vida a través de sus telas. Si bien como paisajista experimentó a diario la naturaleza, el retrato de Mike Leigh, el director, es el de un hombre abatido por la muerte de su padre, putero y que, en el ocaso de su vida, ya postrado en cama y bajo el estertor, niega “el fin”.

A finales de los años 70, en mi país, las ciencias humanas modificaron algunos conceptos relacionados con las etiquetas sociales de ciertos grupos. Las personas con dificultades intelectuales pasaron de llamarse “subnormales” a “minusválidos” y, posteriormente, discapacitados. Las personas con perturbaciones emocionales de llamarse “locos” a personas con problemas psicológicos o enajenación mental. Y los ancianos y “viejos”, esta última, palabra muy querida en la jerga bonaerense, adoptaron el tándem tan políticamente correcto de “tercera edad”. Mi ausencia larga del país puede que, hoy, inclusive, algún término de los citados haya variado su denominación. Pero el contenido y el continente no lo han hecho. Llega un momento en la vida donde esta etapa llega y hay que tomar partido: o te postras o sigues bajo unas condiciones de realidad y superación.

Ayer, gracias a un reportaje que vi en la televisión donde se entrevistaba al mejor coleccionista de arte de Catalunya, el octogenario farmacéutico Antoni Vila Casas hablando de sí mismo, de su amor por la creación visual y de su país, si bien no escondió que se tomaba un diazepam diario antes de dormir desde los cincuenta, hizo un resumen vital de sí mismo espectacular y, a la vez, autocrítico. Hablaba de una técnica que le ayudaba a superar su dolor corporal y a la vez establecer su realidad cotidiana día a día: la escritura.

Pues bien, con ella me despido. After writing, que diríamos en inglés, uno entiende mejor “el fìn” desde otro punto de vista.  Y no se imaginen que hablaba de la venida de La Parca con su guadaña… no. Sino de cómo concluir la segunda edad y entrar en la tercera.

Por cierto, con tanta palabra se me había olvidado tomar el Pantoprazole y el Lipitor para el colesterol esta mañana. Que tengan un buen día. Aunque sea bajo la luz afrodisíaca y temible de Turner que hay en estos momentos al despertar el alba frente al mar en mi ciudad. Feliz Año Nuevo.

Pdta . Confirmo que, aunque estoy en Barcelona, me acompaña mi otra lámpara de Ikea en el acto a la hora de escribir este artículo. Objeto que da nombre a mi columna en Nagari.

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Eduard RebollEduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

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