FRAKNOS Y LA BRUJA. Juan Pablo Picazo

Letras bajo el volcán

Bajo el volcán es la novela que convirtió a una región de México en un hito literario. Cuernavaca, en particular, y Morelos, en general, se reconocen en ese Quauhnáhuac donde Malcolm Lowry sitúa su narración. Pero en ese mismo territorio, a medio camino entre la historia y el mito, personajes como Hernán Cortés, Alexander von Humboldt, Maximiliano y Carlota, Ignacio Manuel Altamirano, Alfonso Reyes, David Alfaro Siqueiros, Tamara de Lempicka, Pablo Neruda, Elena Garro, Gutierre Tibón, Erich Fromm, Iván Illich, Manuel Puig, entre muchos otros personajes, hallaron un espacio de sosiego y libertad que enmarcó sus proyectos.

Siguiendo esa tradición cultural, desde las últimas décadas del siglo XX, oriundos y residentes de la región —no hay distinción entre unos y otros— han nutrido un diálogo literario en el que se reúnen diversas voces, géneros y promociones. La sección “Letras bajo el Volcán” en Nagari Magazine busca precisamente tender un puente intelectual entre este fluir artístico de Morelos y el movimiento literario en español de Estados Unidos. Mes a mes se presentará una escritora o escritor morelense cuyas letras gozan de luz propia. El objetivo es claro y único: que en la literatura nos reconozcamos como parte de esa patria grande y transcendental que es el castellano en el Mundo.

Xalbador García

Fraknos y la bruja

I

Hace frío. Mucho. Francisco lo sabe y ha cerrado bien toda su casa. Se ha ocupado de que la familia tenga cobertores suficientes y ropa adecuada. Recorre la casa, y satisfecho de que todo esté en orden, se acuesta. Apenas ha puesto la cabeza en la almohada, cuando el calor lo obliga a levantarse. ¿No había cinco grados Celsius o menos allá afuera? ¿De dónde ha venido ese calor infernal que le hace primero patear las cobijas y luego sentir incluso un dolor extraño en la piel, como si se la arrancaran?

Se levanta un tanto airado.

De pie, mira extrañado que se encuentra en medio de un campo. Cae la tarde, un mortecino sol verde en medio de un cielo amarillo pálido, le desconciertan. Nunca ha creído en marcianos ni en la vida en otro planeta, eso no fue lo que sus padres le enseñaron. Pero algo por lo menos muy loco está pasando. Apenas hoy ha discutido con los amigos, ha ido de compras con su familia, ha visto las noticias… le gustan las noticias, lo ubican, le dejan saber que tiene un lugar en el mundo. Que puede opinar, que hace lo suyo para cambiarlo todo. Es un hombre con los pies bien puestos en la tierra, como decía su madre.

Pero ahora su casa se ha ido. No está a salvo en la tibia oscuridad que le hace feliz con el concierto de respiraciones que da su familia, rítmicas, seguras, felices a su manera; esas respiraciones que volverán al ritmo diurno cuando el sol llame de nuevo.

Si llama otra vez.

II

Entonces la ve. La bruja flota cerca, avanza con actitud de búsqueda. Lo mira, pero no lo ve. Lo ha descubierto, pero no lo precisa. Fraknos se queda inmóvil y teme lo peor, pero no puede huir. Ella se acerca, mueve su rostro, sus narinas se dilatan ostensiblemente como venteando, saca una lengua bífida que entra y sale innúmeras veces, probando el aire.

Su corazón golpea cada punto del cuerpo. Lo siente en el cuello, en las manos encogidas, en el vientre que se le ha contraído, en las sienes, en las rodillas que comienzan a doler por la tensión.

La bruja se le acerca. Demasiado. Pasa de largo. Fraknos no puede evitar estremecerse al observar que lleva en una mano un saco pequeño con lo que parece ser una cabeza. El sudor le corre por la espalda y las sienes, le cubre la cara y las manos.

—Te huelo. Te siento —le dice casi amorosamente, tierna, susurrante—. No soy ciega, pero te escondes bien entre las cortinas de los mundos. Yo misma no puedo hacer eso. Hago otras cosas, muchas, ven a que te las muestre —su voz se hace cada vez más íntima, seductora, como la voz de la mujer deseada que ha resistido mucho tiempo y por fin se da—. Voy a ir por ti.

A su pesar, Fraknos, tiembla. Parece haber olvidado que es policía, y en ese momento le importa más lo que sabe, y lo que sabe y no sabe cómo, es que debe recoger tantas flores como pueda de las que crecen en el campo por el que se mueve, sus pétalos son pequeñas llamas, y su aroma confundirá a la Bruja, le dice algo que no es una voz, algo que está dentro de sí mismo.

Llena su propio saco con ellas.

—¿Cómo es que lleva un saco? —y sigue caminando. Debe caminar.

No sabe para qué ni cuál es su destino. Sólo tiene claro que debe caminar, y prefiere hacerlo en dirección contraria hacia donde vio marcharse a la bruja. Lentamente el campo se hace menos denso, las flores de lumbre comienzan a escasear, y el sol es apenas una cresta en el plano horizonte.

III

La noche llega. Sucia. Seca. Roja.

Algo le inquieta. No sabe qué es. Siente que pasa algo raro, pero sigue caminando. Hace frío, pero agradece que lleva el uniforme de invierno puesto. El chaleco antibalas sobre el resto de las prendas. Extraña su bufanda, pero sentir el vaivén del arma reglamentaria lo serena. El sol ha desaparecido y entonces entiende qué es lo raro. No hay luna, ni estrellas, ni vía láctea, ni otros planetas o pequeñas luces en el cielo, y toda calla. Debería oírse toda clase de sonidos de los animales nocturnos, pero no. Hasta donde alcanza a ver, el suelo todo es arena, y está caliente todavía. Aquí y allá ve cosas que se mueven debajo de ella, como peces agitando el agua; una o dos veces un par de cuernos que van dejando un rastro regular y luego se hunden en ella, toma nota de no acercarse demasiado.

Sigue andando, no puede parar, menos en medio de la noche. Más adelante la bruja vuelve. Lo llama, tantea a ciegas con sus manos, ventea ansiosa el aire.

—Aliméntame, tu carne y tu sangre calientes me permitirán arder por muchos siglos con una magia nueva, ya no seré como los otros espectros de este mundo, no olvidaré tu sacrificio, honraré tu memoria mientras mato y como las insípidas criaturas de este mundo y los más cercanos a los que puedo ir.

Fraknos lleva la mano al arma, pero cambia de idea. Saca una de las flores que recogió y la pone en el suelo. La bruja flota desconfiada hacia ella y la orbita durante largo rato. Aplaude y se deleita mirando muy de cerca aquella corola ardiente. Fraknos se marcha sin pensarlo. Sigue andando siempre en línea recta, sabe que ha avanzado mucho, pero ignora dónde está. sus pies pisan una arena fina, rosada, y el viento helado corta su cara, amenaza con tirarle la nariz y las orejas. No sabe en qué punto se tira al suelo de cansancio. Sabe que si se duerme morirá congelado, o comido, pero no puede evitarlo, su corazón martillea con un ritmo muy agradable, lento, armonioso.

La bruja vuelve, tiende las manos como una mendiga, las agita como una ciega. Deambula cerca de él moviendo su serpentina lengua, le promete amor. Le jura que lo saboreará como es debido. Le promete que paladeará cada gota de su sangre y morderá con placer su carne para que su muerte sea lenta, dolorosa, artística y maravillosa. Le promete honrar su sacrificio con canciones, anécdotas y grandes ceremonias.

Fraknos se levanta, pero el sueño es mayor. No puede ponerse en pie, y sólo consigue revolcarse en la arena, la fricción calienta su espalda y sus párpados se cierran mientras cae una suerte de bruma dentro de sus ojos y su pensamiento. Se alarma, es como si lo hubieran drogado. Algo le dice que es demasiado tarde, que ya no puede hacer nada. A lo lejos la bruja canta con una voz dulcísima y triste, persuasiva. Ella lo necesita. Sin él podría morir, le dice en la salmodia.

Saca el revólver, prefiere morir por propia mano, que dejarse comer. Sin levantarse, arrastrando los miembros en la arena, lo coloca en su sien con firmeza y respira fuerte. De pronto cambia de opinión, con mucha, muchísima prisa, saca las balas y llena las recámaras con los fogosos pétalos, los retaca.

La voz ansiosa, magnífica y anhelante está más cerca. No sabe lo que hace ni por qué, luego vuelve a tumbarse, y espera la muerte o la fortuna. La oye, su canción es magnífica. Su vestido y sus pies flotantes susurran sobre la arena, la sabe cercana porque ya despide un olor a sangre seca, a cosa húmeda y podrida, y se abandona. Está muy cansado, cuando está a punto de cerrar los ojos, la bruja aparece sobre él y se le abalanza hambrienta, bestial y lujuriosa. Levanta el arma, clava el cañón en esa frente dura, y dispara.

La cabeza de la reptiliana mujer se incendia y grita dolorosamente. Su cuello se alarga como si en realidad fuera una serpiente, sus manos lanzan rasguños ponzoñosos a diestra y siniestra, y patea en todas direcciones, se eleva unos metros por el aire y gira contorsionándose y gritando en una lengua extraña: —¡Mw nof ka ygflo haracele daj szingerere!

Fraknos se siente como un maldito por causarle ese dolor ¿No es acaso como cualquiera, que sólo quiere comer y seguir viva? ¿Es lo suyo legítima defensa? Mientras lo piensa, descarga los diez tiros sobre ella hasta convertirla en una antorcha de reluciente lumbre carmesí que se agita ya en la arena y se arrastra, antes de irse a negros, finalmente vencido por el embrujo, observa la llegada de unos festivos y diminutos personajes que bailan de alegría alrededor del despojo ardiente que ya no grita, pero que aún se retuerce entre muy breves gemidos.

Sus ojos se cierran, los ruidos van apagándose.

© All rights reserved Juan Pablo Picazo

Juan Pablo Picazo (Cuernavaca, 1967). Escritor y periodista. Es autor de Palabras pendientes (Sedesol y Gobierno del estado de Morelos, 1995), y Crónicas de la Ciudad Tlahuica y otros cuentos (UAEM, 2000). Su obra ha sido antologada por Margo Glantz en Flores de baria poesía en la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México (No. 474, julio de 1990); en Letras y andanzas (Perro Azul, Cuernavaca, 2005), en Las virtudes (Alforja, 2007) y La Calle: domicilio conocido (Ediciones Clandestino, 2010).

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