BARCINO . . . DESNUDA. Eduard Reboll

 

 

Una ciudad son muchos registros. Y lo que embellece más a una metrópoli es verla desde su origen natal. Si bien esto hoy es imposible, quizás el pacto de que tus iris se aproxime a la que conociste en tu infancia, sea un gran privilegio. Así está hoy Barcelona, desde que la pandemia puso sus pies en los bordillos a principios de marzo del año anterior: sin la ropa de costumbre que se otorga el turista. Lóbrega, por la situación económica. Y casi vacía de transeúntes.

La primera y mejor imagen citadina es la que nos ofrece bajo una hermosa perspectiva su montaña. Ir al cerro del Tibidabo y divisar las terrazas y avenidas desde lo alto es un lujo. Ingerir el aire limpio y algo extraño hoy, por la mengua de polución, un deleite. Muchos de sus high class citizens se han desplazado con el automóvil a sus segundas residencias en la costa mediterránea o entre los valles nevados de la cordillera Pirenaica. Barrios como Pedralbes, Sarriá o La Bonanova son caminos desiertos por donde hormiguear bajo la felicidad del silencio. El gozo que emerge, al ver vacías sus mansiones o viviendas frente a su esplendor, me acompaña este domingo camino hacia ningún lugar.

Hoy es 13 de diciembre de 2020; el día más corto del año. Ahora me desplazo por los pocos adoquines que restan en las callejuelas del Barrio Gótico. Parecería imposible decir que entro en la catedral y que sólo el sonido de los patos, que protegen el claustro de los intrusos, me acompaña en esta visita laica al templo. No hay nadie. Dentro la capilla de Santa Lucía, simplemente habla la madera crujiente de sus bancos al doblegar mis rodillas, mientras contemplo en las manos de la venerada, una bandeja con sus ojos flotando en ella. Los cirios… inhalando el incienso. Al unísono, su llama sigue iluminando el oratorio.

El barrio judío de El Call acoge la historia de sus antiguos habitantes antes de ser expulsados durante el reinado de los Reyes Católicos. Las distintas insignias en hebreo en algunos hogares cerca de la muralla romana, dan testimonio. Aún quedan restos de alguna mezuzá en la jamba derecha del pórtico frente a una vivienda antigua de la calle Marlet.

En la Plaza Real, ninguna mesa de las cafeterías y restaurantes que circundan bajo sus arcos está disponible. Debido a las restricciones del confinamiento, todo permanece cerrado. Se puede hasta auscultar de lejos, el sonido del agua ante la fuente de las Tres Gracias y el leve brotar del viento entre las palmeras que la ciñen. Salgo por el pasaje Bacardí y enfrente: La Rambla

 

Los hombres y mujeres estatua, disfrazados de cowboy, de esculturas de cementerio, de Charlie Rivel, de sirena, o alguno investido como el monstruo del Lago Ness, permanecen ausentes. Los artistas que emulan al joven Picasso esbozando tu retrato al carbón mientras tu estás inmóvil, han muerto de hambre. Sólo ondean, desde el suelo del paseo, sus dibujos imitando a una ola. Sólo algún mendigo en busca de una hogaza o algunos céntimos de cobre, circula. Los árboles tienen el invierno en su corteza y algunos coches de policía no cesan de evocar el azul en sus sirenas. El supuesto crimen está en la orilla contigua.

A mi izquierda, el barrio de El Raval. La propia algarabía de la comunidad musulmana en esta zona parece no tener eco. La infinidad de tiendas de asistencia al teléfono celular están casi deshabitadas. Únicamente las luces de neón compiten con las fundas para los iPhones o los Huawei. Sin embargo, el baklawa, los cuernos de gacela, las almojábanas o los distintos pestiños de la dulcería árabe, sí que acompañan a soportar la soledad y el desempleo que en estos momentos arrolla a la población de este distrito llamado Ciutat Vella (Ciudad Antigua). Ayer salió la noticia: el PIB ha bajado en mi país un 11,9%. Todo dicho.

La Sagrada Familia no tiene cola ni hay turistas apretujados para fotografiar las torres modernistas donde Gaudí emulaba su ego. El Paseo de Gracia en nada se parece a Les Champs Elisees parisinos. Ni las marcas de Mango, Prada, Valentino, ni Louis Vuitton, Bulgari o Adolfo Domínguez… obtienen el glamour de su pasado. Los dependientes miran aburridos sus respectivos teléfonos mientras varios empleados del ayuntamiento desinstalan las luces de Navidad que levemente iluminaron el boulevard por estas fechas.

Desnuda estás ciudad. Sin tramoyas en escena ni apenas público. Libre del vestido humano que te define. Fuera, de la moda cosmopolita que te ha dado nombre al nacer el siglo. Lejos, de la capital de Ferias y Congresos en Europa. De la internacionalización de tus negocios por el modo de abordar tu bienvenida.

Déjame que te diga mi Barcino, que hoy te venero desde el templo de Augusto en la calle Paradiso. Circulo por las calles con la boca negra y tapada. Abro mis párpados a cualquier faz de tu arquitectura. A cada tribu urbana que observo, en cada circunscripción donde me reconozco, tomo apuntes. Y sobretodo, como un errante, no dejo de andar desde que este maldito virus ha entrado.

Bis a bis, como un ciudadano cualquiera, redescubro tu figura… tal como te conocí.

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Eduard Reboll Barcelona,(Catalunya)

 

 

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