Algunas reflexiones sobre el poeta argentino Alejandro Schmidt (1955-2021). Luis Benítez

 

La obra

Alejandro Schmidt no figura en cierta voluminosa antología de poesía argentina publicada hace cosa de 10 años con bombos y platillos, del mismo modo que no tienen lugar en ella el gran Felipe Aldana, Elizabeth Azcona Cranwell, Esteban Moore, Juan Antonio Vasco, César Cantoni, Gianni Siccardi, Gustavo García Saraví, Juan Carlos Dávalos, Julio Huasi… Paro de contar todos los que faltan en esa edición de mil y pico de páginas.

Una lástima, porque publicaciones de esa ambiciosa envergadura no se veían desde 1979, cuando Raúl Gustavo Aguirre publicó la suya, tan monumental en sus tres tomos.

En el caso específico de Alejandro, era imposible que lo incluyeran por una razón muy sencilla y concluyente.

Schmidt era el poeta anti-canon por antonomasia. ¿Y qué es un canon literario sino el mainstream de ciertos especialistas, aquellos que creen poder definir lo que sucedió en una generación poética  o en todas, apelando a cuatro o cinco líneas generales, forjando así el supuesto gusto común, lo aceptado por la mayoría? Canonizar a tales y cuales autores es la tarea y va con eso la labor de dejar fuera a muchos más.

Si el autor no encaja en lo que se estableció como la línea a seguir, no existe.

Pero el medio centenar de poemarios que publicó Schmidt sí existe, obra de alguien que llegó a escribir 5 mil poemas desde sus inicios en los ’80.

Y a la cantidad, que no sé si algún otro puede empardar, se une la calidad, desde aquel poemario inicial, de 1985, Elegías y Epitafios.

Schmidt fue el poeta anti-canon por antonomasia, dado que su obra no encaja en ninguna de las categorizaciones al uso para los períodos que atravesó. Cuarenta años de escritura activa implican poetizar y publicar en medio de modas que el mainstream primero acepta, luego consagra y después desecha, porque cree que las superaron otras. Claro que Schmidt escribía como un poeta, no como un período de la poesía. Como Juan Laurentino Ortiz, como Jorge Luis Borges, independientes de cada época y sus antojos.

Ya en los ’90, donde comienza a ejercitar a pleno sus poderes, Schmidt labra un estilo tan personal que es imposible de imitar. Se trata de una poesía a la que no le interesa en lo más mínimo parecer “poesía”. Solo le interesa serlo, con una honestidad deslumbrante. Recorrió todos los rincones posibles, iluminó todos los que pudo y entonces no encaja en la poesía social, no es neoobjetivista, tampoco neorromántica, mucho menos neobarroca y no le cuadra ninguna otra definición al uso.

Hace años, a un distraído le leí algunos poemas de Schmidt y el sujeto me dijo, muy asombrado: “pero, eso no parece poesía”. Pero lo es. Sucede que Schmidt trabaja siempre desde los límites del lenguaje, sabe que el objetivo de la poesía es ir más allá, aludir siempre a ese territorio que, a falta de mejor definición, nombramos como lo Real. Y fracasa, como fracasamos todos desde los orígenes del género. Pero que sea capaz Schmidt de aludir a lo Real desde el margen al que se aproxima muchísimas veces, es una hazaña que le debemos. Creó un universo propio, que no es representación, pero sí reflejo de lo inefable, lo que no se alcanza a decir.

Y en su obra se nota la presencia –casi constante, está en la mayor parte de lo que dejó escrito- de eso indescriptible que certifica que estamos ante una verdadera obra de arte escrito. Podríamos hablar horas acerca de por qué la poesía de Schmidt es fundamental, por qué es cosa de leer, cuáles son sus detalles y características, reseñar por arriba o más hondamente sus peculiaridades, y sin embargo lo medular, lo que la constituye en obra de arte escrito seguiría escapándose. Como cuando estamos frente a una gran obra plástica y nos la explica un especialista. Siempre le falta decir algo, porque ese algo, medular y absoluto, es la misma esencia de la obra de arte. Está allí, no hay duda alguna, casi se diría que podemos palparla, pero no sabemos decir dónde reside ni cómo es en realidad.

Así de inescrutable, de poderosa, de abismal, es la poesía de Alejandro Schmidt.

El hombre

Alejandro y yo comenzamos a tratarnos hace más de cuarenta años, en tiempos de su publicación periódica El Gran Dragón Rojo y la Mujer Vestida de Sol. Empeñosamente él hacía imprimir los pliegos y luego los disponía para su armado a mano, en la gran mesa del comedor, allá en su casa de Parajón Ortiz. Y luego enviaba El Gran Dragón Rojo por correo, pagando todo de su  bolsillo. Nos publicaba a todos y hacía circular nuestros trabajos y así fuimos tejiendo una amistad de décadas, período en el que comprobé una y otra vez qué generoso y cariñoso era su gran corazón. Siempre estaba atento a lo que necesitaras: guía, consejo, opinión y contactos, con una franca disposición a ayudar y en las antípodas de aquellos que suponen que apoyar a un colega va en desmedro de la propia carrerita.

En Alejandro Schmidt se había hecho carne aquella afirmación de Miguel de Cervantes Saavedra: “El primer deber del poeta es ser generoso”.

Así como era de generoso, también podía ser terrible con cualquier agachada, doble discurso, mentira o aprovechado que se le cruzara. Entre el hampa literaria era considerado un “gatillero”: no perdonaba una si te encontraba en falta y así de frontal como se mostraba, no vaciló jamás, en privado o en público, a micrófono abierto, en denunciar las bajezas, las arbitrariedades y las hipocresías que, bien sabemos, campean por sus fueros entre algunos que pasan por ser genuinos “soldados del espíritu”. Esta franqueza insobornable le reportó numerosos choques de frente con varias de las figuras y figuritas que adornan el jet set literario nacional. También le brindó muchas amarguras, como que en diversas ocasiones, más de una, se lo excluyera de ser invitado a festivales, lecturas y encuentros poéticos, por temor a que allí también “se le soltara la cadena”, aunque su poesía y trayectoria le aseguraban plenamente el sitio en la mesa de ponencias. “Si lo invito a Schmidt”, me dijo uno cierta vez, “no puedo invitar a Fulana, a Mengano y a Zutanito, porque ahí se arma”.

Vivimos siempre Alejandro y yo a cientos de kilómetros de distancia. En cuarenta años de amistad fraterna, nos vimos cinco veces. En cierta ocasión me habían invitado a participar de un encuentro donde a él no y abordó un ómnibus desde su Villa María, en la provincia de Córdoba, de incógnito, para estar presente. Me emboscó cerca de donde se hacía el festival y me llevó a un bar muy apartado. “Vine para verte a ti”, me dijo aquel gigante de ojos azules, como el del poema de Nazim Hikmet. En esa clandestinidad del encuentro, parecíamos estar en tiempos de la resistencia francesa.

Alejandro Schmidt era un miembro de la Resistencia Poética, la resistencia contra la mediocridad, la mezquindad, la falta de talento verdadero, la ambición sin cauces. Rara, rarísima avis: gran poeta y gran hombre, las dos cosas y al mismo tiempo.

© All rights reserved Luis Benítez

Luis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Sus 36 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro fueron publicados en Argentina, Chile, España, EE.UU., Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay

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