–Si me muero, nunca te voy a visitar. Si un espíritu se parece a mí, no soy yo, ¿entiendes?
Tenía cinco años cuando mi mamá me dijo eso. En aquel momento asentí, igual que hacía con todas sus reglas. No podía imaginar que quince años después pasaría una noche esperando que hubiera mentido.
No podía compartir esto con nadie, porque los recuerdos de mi infancia en Filipinas sonaban inventados. En esos tiempos, todo el mundo decía que me parecía a mamá. Era su muñeca, su sombra. No teníamos coche y caminábamos por el barrio juntas, tomadas de la mano, para ir a la escuela. Siempre cruzábamos un campo abandonado, que se había convertido en un cementerio provisional. Los cadáveres estaban amontonados, desnudos y pudriéndose bajo el sol. A primera vista, pensé que eran leña, los cuerpos rígidos y marrones oscuros como madera. Nunca olvidé el hedor.
Al llegar a casa, cenábamos con su hermana en la casa que heredaron de la abuela. Mamá me peinaba y me bañaba con alcohol desinfectante. Tenía que estar muy, muy limpia, me decía. Mi piel quedaba blanca de tan reseca, pero era necesario para estar limpia.
–Regla número uno: No toques nada ni a nadie –me decía mamá–. Están muy sucios.
Asentía con la cabeza. Claro que sí. Todo fuera de la casa estaba sucio.
Antes de dormir, veíamos sus series favoritas, las de crímenes. Me decía:
–Regla número dos: Nunca estés sola con ningún hombre, ¿entiendes?
Asentía con la cabeza. Por supuesto, me van a matar, o peor.
Después, las noticias vespertinas nos informaban sobre los ataques en las fincas, con el ganado completamente seco, sin una gota de sangre. Los rancheros describían al aswang, una criatura de cabello largo y enredado, escondiéndose en las ramas, acechando a los aldeanos y a su ganado.
Una noche, había un reportaje sobre un exorcismo. Un sacerdote salvó la vida de una joven. Aparentemente, un espíritu malévolo le engañó, y ella le dio permiso para entrar en nuestro mundo.
Mamá me miró fijamente. —Si me muero, nunca te voy a visitar...
Un año después, nos mudamos a Nueva York porque papá, quien había estado trabajando en el extranjero, consiguió los papeles para nosotras. Dejamos atrás las supersticiones de Filipinas. Mis recuerdos se volvieron borrosos al lado del brillo de Nueva York y los fantasmas retrocedieron. En Nueva York, los coches relucían bajo la luz, y el camino a la escuela era seguro. Aun así, las reglas seguían siendo ciertas. Nunca tocaba a nadie. Nunca estaba sola con un hombre. Y si mis profes me hacían romper las reglas, me lavaba las manos hasta que sangraran. No tenía amigos, pero si seguía las reglas, todo saldría bien.
Sin embargo, a los diecinueve años, conocí a un chico. Era amable y no se burlaba de mis rituales. Se lo conté a mamá mientras ella conducía. No respondió. Apretó las manos contra el volante. Pensé que estaba llorando. Entonces me desperté en el hospital. Habíamos chocado contra un árbol y mamá no sobrevivió. La policía me preguntó qué pasó, por qué ella no había frenado. Las cámaras de seguridad mostraron un coche acelerando más y más.
—Fue un accidente.
Lo repetí muchas veces.
Dejé la universidad para recuperarme en casa, que se convirtió en un mausoleo. Papá y yo caminábamos como fantasmas en nuestra propia casa, sin tocar nada por miedo a cambiar las cosas. Olvidábamos comer y llorábamos en secreto, detrás de puertas cerradas. En la madrugada, escuchaba a mi papá aullando de dolor. Y para mí, las pesadillas empezaron.
—¿Pero dónde estás? –pregunté. —Por favor, llévame contigo.
La buscaba por todas partes. En el metro, vi a una mujer de espaldas, con el mismo cabello y la misma estatura. La seguí por un pasillo, fingiendo que era ella. Empecé a verla por el rabillo del ojo; un juego bienvenido, un momentito de paz durante el duelo. La mujer que salía del súper. La presencia sin rostro en mis sueños. Todavía estaba ahí.
Un mes más tarde, fuimos a Filipinas para visitar a mi tía.
—Pensé que eras tu mamá —me dijo. —Pero eres demasiado delgada. ¿Y qué le pasó a tu cabello?
Miré su retrovisor y me confundí. ¿Quién era la mujer canosa con pómulos afilados y ojos vacíos?
Nos llevó a la casa de la abuela, en el campo rodeado por la selva, donde la noche era más oscura que en Nueva York. Mi papá se retiró temprano a la habitación de huéspedes, mientras me acosté en el sofá del living. La sala era abierta, sin puertas, y me puso incómoda. El sofá estaba en el centro de la sala y cada tanto, sentía la necesidad de mirar atrás. La negrura parecía continuar sin fin.
Debí haberme dormido, porque me desperté con la extraña sensación de que algo estaba mal. Miré hacia la oscuridad y esta vez, pude discernir algo. Una silueta. Un humano, supongo. No pude ver su cara, solo la figura oscura y silenciosa contra las tinieblas.
Se me aceleró el corazón. Es solo una pesadilla. Cerré los ojos con fuerza. Cuando los abrí, la figura seguía ahí.
<<Me estás buscando.>>
No dijo nada en voz alta. Pero sentí las palabras. De pronto, la habitación olía a alcohol desinfectante. ¿Mamá?
<<Ven.>>
La silueta se hizo cada vez más oscura, como si absorbiera la poca luz que había.
Un escalofrío me recorrió la espalda. La promesa de mi mamá…pero, era ella.
Y al fin de cuentas, las reglas no me sirvieron para nada. Solo me aislaron. Me hicieron tenerle miedo al mundo. Todo era mentira.
<<Ven conmigo.>>
De repente, desde el piso de arriba, escuché un grito. Mi tía chillando que llamara a emergencias.
La sombra se acercó a mí.
Había más pasos arriba. Alguien sollozando. El nombre de mi papá.
<<Hay más para ti en ese lado que en el tuyo.>>
No pude dejar de mirarla. Entonces distinguí su boca, retorcida en una sonrisa. Tenía razón. Ya no tenía miedo.
Seguí a mamá hacia la oscuridad.
© All rights reserved Jude
Jude trabajó durante tres años en una agencia literaria de Manhattan y, más tarde, se mudó a Utah, donde continuó editando manuscritos como editora freelance. Ahora quiere crear las suyas, jugar con el lenguaje y seguir desarrollando el músculo creativo.
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