«Mariquita, mariquita, ayúdame a encontrarla, y yo te ayudaré a encontrar a tu madre… Mariquita, mariquita, ayúdame a encontrarla…»
Busco avellanas entre la hierba y las hojas caídas. Yo las voy guardando en una bolsa pequeña; mamá y papá llenan sacos grandes. Mi bolsa tarda en llenarse, pero cada avellana que encuentro me da alegría. Soy feliz.
Mamá y papá llenan los sacos mucho más deprisa, aunque a ellos ya no les alegra encontrar avellanas. Hablan en un idioma que no entiendo. Solo alcanzo a distinguir algunas palabras: cosecha, dinero, deuda, traición… Sus frentes son ahora un cielo encapotado y sus palabras, granizo frío y doloroso.
Hay muchas avellanas. Papá se echa los sacos pesados al hombro y camina hacia el coche con pasos lentos y desordenados para cargar la cosecha. Mamá mira su espalda mientras se aleja y una sombra aún más oscura cae sobre sus ojos. Con los labios apretados dice algo muy deprisa. Lo siento: son palabras terribles. Me dan miedo esas palabras y la noche que va a instalarse en nuestra casa.
—¡A dormir temprano! —me gritarán, como si fuera fácil dormir en una casa donde sus voces han expulsado mis sueños quién sabe adónde.
Me acostaré de cara a la pared, apretaré contra el pecho a mi conejo y cerraré los ojos con todas mis fuerzas. Desearé que la noche vuelva mudos a mamá y a papá. Desearé que dejen de lanzarse esas palabras afiladas que les cortan el alma.
Pero dirán todas las palabras que los años de silencio han represado. Saldrán de golpe, como un río que rompe sus orillas, y se llevarán el deseo y el amor, el perdón y la memoria de cómo se quisieron alguna vez. Y cuando ya no encuentren nada más que decir, romperán vasos y platos, volcarán la mesa, estrellarán las sillas contra las paredes. Destruirán primero las cosas y después se destruirán el uno al otro.
Luego llegará otra vez un silencio enorme, de esos en los que hasta respirar da miedo.
El miedo se llevará mi sueño. Seguiré de cara a la pared, abrazada a mi conejo, y me convenceré de que es él quien tiene miedo y de que yo debo protegerlo. Le taparé con las manos sus grandes orejas para que no oiga los insultos, las maldiciones, el llanto, los gritos… Le susurraré que no pasa nada, que ellos solo estaban jugando al escondite y que, en esta noche oscura y perdida como un bosque, ya no saben dónde encontrarse a sí mismos. Pero amanecerá, saldrá el sol y todo volverá a estar bien.
Solo que nada volverá a estar bien.
Porque incluso cuando estén callados yo sabré que la rabia sigue ahí, acumulándose como una bola de nieve. Crecerá, bajará rodando de la montaña, se convertirá en una avalancha y nos sepultará a todos. Será tan grande que ya nunca podremos escapar.
Mamá recoge avellanas a puñados. Yo aparto la hierba y las hojas buscando las buenas. Las encuentro y me alegro. Quiero que mamá también se alegre, pero ya nada la hace feliz. Y yo no quiero crecer hasta el punto de dejar de sentir alegría al encontrar una avellana entre la hierba seca.
«Mariquita, mariquita, ayúdame a encontrarla, y yo te ayudaré a encontrar a tu madre…», susurro mientras hurgo con los dedos entre la hierba.
La cena está fría y no sabe a nada. El frío que empezó en el avellanar se ha venido con nosotros a casa. Las palabras de papá traen ahora una tormenta que amenaza con destruirlo todo. Dejo de comer y me abrazo al regazo de mamá. Quiero alcanzar sus labios finos y pálidos y cubrirle la boca con la mano. Quiero que no diga las palabras que harán crecer todavía más la tormenta.
Pero mamá habla. Mamá no se calla. Comprendo que ya no puede detenerse. Tiene que decir todas las palabras que durante tanto tiempo ha llevado dentro de su cuerpo ligero con el silencio de un pez.
Y entonces parece que un torbellino atraviesa la casa. Todo pierde el equilibrio. Todo se rompe.
Mi conejo y yo ya no podemos salvarnos el uno al otro porque los dos tenemos demasiado miedo. Nos metemos debajo de la cama, nos tumbamos boca abajo en el suelo y gritamos sin voz, con todas nuestras fuerzas, hasta que el corazón parece a punto de romperse. Llamamos a las mariquitas, a los árboles, a las hojas, al viento, al cielo y a la tierra. Pedimos ayuda.
Nadie puede ayudarnos.
Esa noche mi padre mata a mi madre.
El suelo se vuelve rojo. La cama, las paredes, todo se vuelve rojo. Hay sangre roja en la cara de mi padre, en sus manos, en todas partes. Nuestra vida queda manchada de rojo.
…
Estoy sentada en el suelo entre los avellanos. Revuelvo con las manos la hierba y las hojas y suplico con una voz que ya no reconozco:
«Mariquita, mariquita, ayúdame a encontrarla…»
Pero ellas guardan un gran silencio. Porque las mariquitas saben que todas las promesas son mentira: a las madres perdidas ya nadie puede devolverlas.
© All rights reserved Keti Gabinashvili
Keti Gabinashvili es escritora georgiana y autora de tres libros de narrativa publicados en Georgia. Su obra aborda la memoria, la identidad, la violencia, la pérdida y los vínculos humanos. Ha recibido varios premios literarios en su país y sus textos han aparecido en publicaciones georgianas e internacionales. En 2026, su relato «Aquí fue donde me encontraste» fue publicado en Revista Almiar y su versión inglesa, «This Is Where I Met You», en Spillwords Press. Reside en Tiflis, Georgia