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Julio 2026

ARQUITECTURAS DE LA IMAGINACIÓN. Adriana Herrera

“El soñador siempre tiene una nube que transformar. Las nubes nos ayudan en el sueño de la transformación”

Gaston Bachelard

En El aire y los sueños, Gaston Bachelard asociaba las nubes al poder movilizador de la invención y sus transformaciones. Arquitecturas de la imaginación incluye las inesperadas geometrías en ascenso de Jennifer Printz, que flotan entre nubes o las contienen, abriendo delicados pasajes de comunicación entre lo visible y lo invisible en la matriz del universo. A su vez, Iván Castillo-Lagrange esculpe sus nubes como poliedros tridimensionales de cartón o metal hechos para flotar en el cielo raso; y Brookhart Jonquil pinta al aire libre sus nubes, pero no sobre lienzos, sino en estructuras metálicas geométricas cuyos ángulos y vectores se multiplican en espejos donde nos vemos; o que flotan en el cielo de una semiesfera cósmica en cuyo centro un planeta único de cristal refleja la imagen del espectador a modo de un ojo que mira a quien lo mira, desatándolo de la densidad de lo real.

Y, además de todas esas construcciones imposibles en las nubes, surgidas de la imaginación incandescente, la exhibición incluye fotografías de las efímeras esculturas abstractas que Alex Yudzon construye en el curso de una noche con los mobiliarios de hoteles de paso; y el trabajo poético de sus instalaciones de arte de la tierra con objetos que enseñan modos de construir una casa no sólo con ramas, sino con naipes o libros, que se despliegan sobre rocas o mares.

La exhibición se extiende a un jardín donde están las esculturas levitantes de Castillo-Lagrange que penden de los árboles, y una obra lumínica suya, cuya alta forma metálica se dobla de un modo tan delicado como un leve doblez de papel. Una escultura de amarillo resplandeciente de Claudio Marcotulli funciona como una estructura lúdica para crear pasajes alternos de visión del paso de nuestro tiempo en el universo, y dialogo con un video que registra el gesto de Ozan Atalan de desafiar el modo humano de contar su paso y descubrirlo en cambio en el ritmo de las olas del mar.

En otras pequeñas esculturas lumínicas, Marcotulli examina la subjetividad afectiva de la percepción humana, mientras la luz con que Jonquil ilumina un mundo vegetal autónomo y autocontenido, que crece en el interior de un poliedro transparente sellado, nos ofrece múltiples ángulos para observar cómo la naturaleza se organiza a sí misma. Un video de Carola Bravo “entra” en una pintura histórica de Monet y ella extiende con el trazo de sus manos sobre las paredes reales del Tower Hotel, el juego de la percepción en movimiento y de lo efímero.

Más allá de la autoría individual de todas estas construcciones artísticas, hay una convergencia que las acerca a la intuición de C.G. Jung sobre el unus mundus, o la relación de espejo entre la psique humana y la naturaleza que acerca las imágenes y símbolos que concebimos con los patrones de la naturaleza, puesto que hay una unidad que no siempre percibimos entre lo que existe y lo que somos. Y, a la vez, el conjunto de todas estas obras, en cierto modo imposibles, pero con una existencia potente, innegable, constituye una prueba tangible de que es posible cultivar con el agua y el aire de los sueños experiencias creativas que desplazan los límites del mundo establecido. En sí mismas, estas arquitecturas de la imaginación contienen el poder de deconstruir los modos de habitar la inmensa casa de la tierra con la tristeza de no poder ir más lejos de donde estamos. Todas poseen el gozo inherente de desafiar su densidad e inmovilidad y desatar la ensoñación en ascenso.

Adriana Herrera

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