saltar al contenido
  • Miami
  • Barcelona
  • Caracas
  • Habana
  • Buenos Aires
  • Mexico

Febrero 2026

LA OFRENDA. Ismael Glaf.

La ofrenda

 

y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra

Edgar Allan Poe

 

Como sabrán, a lo largo de catorce años he experimentado innumerables trances a propósito de mi trabajo espiritual con Magistra Nigrum, pero sólo en siete ocasiones he recurrido a la escritura automática.

Si bien desde el principio fue evidente que los siete textos resultantes se articulaban, pasaron siete años de relecturas para comprender que el leguaje alegórico cifraba máximas de poder, que componía la Invocación Plutónica.  

            Hoy nos congregamos, hermanos, para el alumbramiento de esta invocación. Yo replicaré palabra por palabra, frase por frase, la enseñanza de Magistra Nigrum y ustedes, con su concentración, descifrarán las fórmulas enumeradas.

Ábrase el círculo ritual incipiente.

Ofrenda Original, bienvenidos.

Invocación Plutónica

Texto uno

Un hombre embriagado por la orina del súcubo. Un hombre desnudo y en cuatro patas, sometido a la voluntad del demonio.

Un mono y un perro copulan al fondo de esta escena.

Una mujer cae de rodillas al descubrir la situación del hombre, su marido, y de los animales, sus mascotas. Una mujer repara en mi presencia y va tras de mí hasta el sótano, donde yace el último cuervo que cacé.

Un sótano aislado de celos.

Mi maullido, mi conjuro.

Yo me restriego con voluptuosidad a la pantorrilla de la mujer; yo trepo su cuerpo y le hinco los colmillos en el seno.

            Texto dos

Un hombre engañado por el súcubo. Un hombre alcoholizado irrumpe en la casa y ruge a su esposa que le sirva la cena.

            Una mujer dormida. Una esposa que huye de mí en sus pesadillas.

Un mono y un perro me obedecen. Un mono y un perro que, dominados por la furia de mi voluntad, atacan al hombre.

Yo, el Sin nombre.

Yo, apodado “Plutón” por la víctima del súcubo.

Yo abandono las penumbras para revelarme al hombre a su alcance para tentarlo a que me ponga las manos encima.

Un hombre se condena. Un hombre que, tambaleándose, me atrapa y aprieta los párpados porque no es digno de soportar un instante mi mirada.

Un súcubo le oprime los testículos. Un súcubo le susurra: “saca la navaja del bolsillo de tu chaleco y extírpale el ojo”.

Texto tres

Un súcubo entona una canción dedicada a Plutón. Un estribillo que refiere a la horca como el artefacto más popular en las bóvedas infernales.

Un hombre con dedos diestros y perversos que anudan la soga. Una soga como obra de arte de la agonía. Un hombre emborrachado de cantos del súcubo.

Yo, noche plutónica.

Yo, amanecer plutónico.

Yo me aproximo al beodo, lo olfateo, le paso las papilas por el contorno de su cavidad de los ronquidos.

Un hombre despierta con sed asesina. Un hombre me ata la soga en el cuello.

Mi único ojo tornándose vidrioso. Este brillo, volviéndose chispa, flama, lenguas de fuego sedientas de la casa del hombre.

            Texto cuatro

Yo, el Sin nombre, el apodado Plutón, en el límite entre la presencia y la ausencia.

Yo, el petrificado.

Yo, oscuridad más antigua que la del cuervo talismán del súcubo, trastoco la percepción del que se cree mi verdugo.

Un hombre henchido de ginebra barata. Un hombre despreciado por el súcubo. Un hombre camina bajo la luvia y cree descubrirme en la acera, como un monumento a la Omnipresencia.

Texto cinco

Una esposa en su recámara, hipnotizada por mí. Su seno cariñoso. Sus pezones urgentes por alimentar.

            La boca del súcubo que se acerca al izquierdo; mi hocico que toca el otro.

            Un hombre embriagado de la sospecha de la infidelidad de su esposa. La cordura del hombre nublada por las cenizas que se desprenden de la luna.

            Una luna que saliva. Un hilo viscoso, una gota brillante, mi globo ocular extirpado y vuelto a lubricar.

            Una transición al impulso. La ferocidad del impulso.

            Un hombre que ha creído ahorcarme, cegarme, quemarme; que no deja de verme. Un hombre coge un hacha, sube las escaleras a trompicones, irrumpe en la recámara, asesta un hachazo creyendo que el blanco soy yo.

            Yo soy Nigrum.

            No soy el cráneo de su esposa que concentra su vida que implosiona justo cuando ella alcanza el orgasmo.

Texto seis

Un súcubo. Su risa, su carcajada.

Yo. Mi ronroneo, mi andar alrededor del hombre.

Un hombre experimenta otra resaca. Una resaca del deseo de descuartizar a un súcubo, de emparedar a un gato.

Las mentiras del hombre que se amalgaman sobre su sentimiento de culpa y forman a Caronte, la luna mayor de Plutón.

Texto siete

Tú me has visto.

Tú me has visto.

Tú me has visto.

Tú me has visto.

Tú me has visto.

Tú me has visto.

Tú me has visto.

Hecho está.

Abran los ojos, hermanos, abran el círculo.

            En efecto, yo también lo he visto. La primera vez fue en una fecha como hoy, hace veintiún años. Yo era una muchachita escéptica; mi cabello me llegaba a la cintura, era vegetariana y bebía alcohol. Demasiado, lo reconozco. 

En aquella ocasión me reuniría con mis amigos de la universidad en la casa de uno de ellos. Faltaban poco para llegar cuando me cambié de acera en un cruce de calles. En la esquina había un árbol, de esos con raíces que se extienden y levantan el pavimento. Nunca se me va a olvidar la impresión que me dio el gato negro situado justo en el nacimiento del tronco. El animal estaba inmóvil y sostenido en sus cuartos traseros y tenía las patas delanteras en posición de estar a punto de trepar. El hallazgo fue tan extraño que me acerqué, me agaché y vi sus cuencas oculares vacías. Pensé que alguien le había robado el alma al pobre gato y honestamente me lamenté de no llevar una cámara fotográfica.

Como dice el texto Siete, lo había visto, pero me burlé; lo había visto, pero exageré la historia al contársela a mis amigos en cuanto estuve reunida con ellos.

De esta manera, hermanos, yo afirmé a Magistra Nigrum en su epíteto felino petrificado. Y cuando más tarde, en el clímax de la borrachera, ella se manifestó ante todos, yo los vi a ustedes, hermanos, congregados exactamente como están. Y para evitar que Magistra Nigrum me dejara tuerta, le prometí que los reclutaría uno a uno; que los ofrendaría a través de la invocación que ella me enseñara.

© All rights reserved Ismael Glaf

Ismael Glaf (CDMX, 1985). Autor de Montículos detectados (La tinta del silencio, 2025); Una casa en la grieta (Buenos Aires Poetry, 2024); y Estampas de aire aterciopelado (Palabra Herida, 2022). Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Cuenta con estudios en Lengua y Literaturas Hispánicas. Trabaja en la industria de las telecomunicaciones. Ha publicado diversos géneros literarios en medios nacionales e internacionales.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.