TRADUCCIÓN, LENGUAJE Y EDICIÓN. Sobre la traducción de “Kilimanjaro” de Lorea Canales (de la antología Tiempos Irredentos/Unrepentant Times) por José Armando García

Publicado el

Texto leído durante la presentación del libro:

“Tiempos Irredentos-Unrepenant Times” Antología de autores mexicanos con prólogo de Elena Poniatowska Amor 

Books & Books, Miami, FL 2018

 

Mi esposa, quien es traductora de profesión –no como yo, que soy traductor aficionado, más acogido a la pasión por las letras que al saber técnico-, me dijo una vez que quien tiene buen uso de las preposiciones, domina un lenguaje. Es un detalle, una sutileza que aun resuena en mí, y que me invita a prestar especial atención a aquellos, especialmente cuando traduzco.

Las preposiciones son importantes para comunicar un mensaje con exactitud, son parte fundamental del sintagma y la estructura de una frase, por lo que toma tiempo poder elegir la preposición precisa que transmita el contenido en otro idioma. Lo interesante es percatarse que a pesar de que alguien –incluso alguien nativo a una lengua- no haga buen uso, o incluso haga un uso sacrílego de las preposiciones, sin embargo, este puede darse a entender. O más vale preguntar: ¿nos damos a entender realmente? ¿Cómo se explica esto? Desde el psicoanálisis, que es mi oficio diario y que tiene muchos más puntos de coincidencia con el oficio de traducir de lo que uno pudiera pensar, se le da una respuesta a esta incongruencia al decir que puede que el lenguaje –en tanto lengua, al menos- no está concebido para “comunicarse”, o que más bien no está exento del malentendido, que el malentendido incluso es factor inherente de una lengua. Es decir, antes incluso de “darnos a entender”, gozamos de una lengua. Nuestra lengua viene con esas impurezas que la hacen viva. Una lengua no es solo la estructura de su constitución sintáctica, por ejemplo: una lengua viene plena de modismos, entonaciones, reticencias, giros, expresiones, elementos todos que hacen que, más que hablarla, a la lengua se le paladee. Es decir, hay algo de la lengua  -en ingles se hace la diferencia entre language y tongue, en tanto que este último es un músculo y un órgano del cuerpo también-, hay algo de la lengua que queda en el paladar y no solo en el mensaje. A una lengua hay que pronunciarla, hay que leerla en voz alta para dar con aquello que en ella está más allá –o más acá- del lenguaje.

El relato de la autora invitada que se compila en esta antología de literatura mexicana contemporánea, da –me lo dio a mí como su traductor- un ejemplo vivaz de lo que digo: que la lengua es un organismo vivo, y no solo un código para la comunicación –ya vamos a tener la oportunidad de escucharlo con un fragmento del relato “Kilimanjaro” de Lorea Canales. Es decir, el lenguaje vibra en la lengua, el lenguaje hablado resuena con entonaciones, derivaciones, reticencias, resonancias, en fin el lenguaje tiene que ser pronunciado por alguien (a esto en ingles se le connota con el sustantivo utterance). No solo me estoy refiriendo a la oralidad que pueda haber o no en lo escrito, me refiero que aquel que lea traduce el lenguaje a su lengua, de otra forma no resonaría en él, sería un código muerto que solo puede ser revivido con un pronunciamiento (unlocking the spell –un vuelco clave en las historias fantásticas, cuando el héroe pronuncia algo escrito que desencadena una serie de eventos).

Octavio Paz nos redimió a los traductores de ser meros traidores de la lengua original cuando señalaba que todos los seres traducimos cuando aprendemos a hablar: incluso antes de darnos a entender, traducimos –los lingüistas del desarrollo del lenguaje han corroborado esto, antes de cualquier significado posible, está el fonema que se balbucea repetidamente en el balbuceo de los niños. Yo diría más, diría que quienes leemos, traducimos ese escrito en una lengua que nos es afín.

Les quiero compartir una breve experiencia personal al respecto: recuerdo que cuando mi conocimiento del inglés era más ambicioso que realista, me hice de un tomo de poesías de juventud de Ezra Pound: entendía la cuarta parte, sin embargo, leerlo en voz alta me hizo entrar en contacto con su resonancia, al punto que aún hoy lo releo, y aún cuando entiendo un poco más su significado,  extraño aquel tañido primerizo en el sistema percusivo que hace posible mi voz.

Pero hasta aquí el comentario sobre el oficio de traducir. Le he pedido a la escritora Lorea Canales y a mi esposa Silvia Guzmán –traductora también de otros textos en esta antología- que lean un fragmento de un dialogo del relato “Kilimanjaro”, que sostiene Margarita, la protagonista, y su hermano sobre asuntos de varones. Un poco de contexto: a Margarita la encontramos adulta y en aprietos al principio del relato y eso la remonta a sus primeros desencuentros con el otro sexo, cuando ella era una chica bien de la sociedad mexicana que no sabe cómo preguntar lo que desea preguntar sobre asuntos que no sabe en qué la competen. Los circunloquios que da se traducen en sus expresiones, también en la falta de ellas. Lorea leerá el fragmento en español –yo por más tacos de lengua que me he comido recientemente no logro dominar el acento mexicano-, y Silvia –que tiene un dominio mucho más prolijo de la lengua inglesa- leerá el texto en inglés.

 

El beso había sido de despedida, lo único permitido. Como ya había concluido, Alex se dirigió hacía su coche. Su erección todavía era visible. Margarita estaba asustada. ¿Qué había sucedido? Era sólo un beso. Ella no podía tener semejante efecto sobre él, Alex debía ser un pervertido. Un degenerado. Conocía esas palabras, más no su significado. Sin embargo su mente las empleaba ahora. Había algo anormal en su novio. Esa historia de los boxers ella no se la creía. Desde la infancia había visto las pilas de trusas de sus hermanos, lavadas y planchadas sobre el cesto de la lavandería, y había notado la transición a los más coloridos y elegantes boxers que ahora ocupaban al menos la mitad de sus cajones. Subió a su habitación, se tiró sobre la cama y se echó a llorar. Quería llamarlo y volver a preguntar qué pasaba ¿si no confiaba en él, en quién podía hacerlo? De sus amigas del colegio no se atrevía a llamar a ninguna. La dinámica del grupo consistía enteramente en diseminar información y a veces transformarla. Margarita ya había aprendido bien a no abrir la boca de más. Tenía dos amigas dentro del grupo que eran un poco más de confianza, con ellas había discutido cuáles eran las reglas apropiadas del noviazgo, cuándo estaba bien pasar de un simple pico en los labios a un beso francés. Pero las preguntas surgían después: ¿en qué exactamente consistía un faje? ¿Dónde terminaba la espalda y empezaba la pompa? ¿Acercarte tanto como para rozarte sobre su pierna, algo que se sentía riquísimo, constituía algún tipo de infracción? La noche en que habían hablado sobre las reglas de los besos, sus dos amigas tenían novio, pero ahora una había cortado y la otra no parecía llevarse muy bien con el suyo. Margarita no tenía ganas de establecer comparaciones ni comunicación con ellas, tampoco quería sentirse observada o juzgada. Pero con alguien tenía que hablar. Extendió la mano hacía un canasto donde guardaba revistas de moda y aventó algunas sobre la cama, al alcance de su vista. Con la otra mano se secó las lágrimas. Empezaba a hojear una Cosmo vieja cuando Daniel el menor de sus hermanos, entró a su cuarto. Era rarísimo que Daniel viniera a visitarla, seguramente algo quería. Margarita se puso en alerta.

-No te presto mi coche- dijo, antes de que él tuviera oportunidad de abrir la boca. Daniel había chocado su auto la semana pasada y seguramente seguía en el taller.

-¿Cómo sabes que quería tu coche?- El beso había sido de despedida, lo único permitido. Como ya había concluido, Alex se dirigió hacía su coche. Su erección todavía era visible. Margarita estaba asustada. ¿Qué había sucedido? Era sólo un beso. Ella no podía tener semejante efecto sobre él, Alex debía ser un pervertido. Un degenerado. Conocía esas palabras, más no su significado. Sin embargo su mente las empleaba ahora. Había algo anormal en su novio. Esa historia de los boxers ella no se la creía. Desde la infancia había visto las pilas de trusas de sus hermanos, lavadas y planchadas sobre el cesto de la lavandería, y había notado la transición a los más coloridos y elegantes boxers que ahora ocupaban al menos la mitad de sus cajones. Subió a su habitación, se tiró sobre la cama y se echó a llorar. Quería llamarlo y volver a preguntar qué pasaba ¿si no confiaba en él, en quién podía hacerlo? De sus amigas del colegio no se atrevía a llamar a ninguna. La dinámica del grupo consistía enteramente en diseminar información y a veces transformarla. preguntó Daniel, tirándose a un lado de ella sobre el colchón. Aunque el más cercano a ella en edad, solo dos años más grande que ella, se había peleado más con él que con nadie. Él era más fuerte, pero Margarita más cabrona. Eso se estableció el día en que ella le machucó los dedos cerrando con fuerza y a propósito la puerta del refrigerador sobre su mano. Eventualmente los pleitos desistieron, incluso muchas veces iban juntos a las mismas fiestas y tenían amigos en común.

-¿Conoces a Clara Sánchez?

Margarita esculcó en su memoria. El nombre no le era conocido. Sacudió su cabeza sin dejar de ver la revista. Estaba pensando si sería posible preguntarle algo así a su hermano.

-¿Por?

-Quería invitarla a salir. ¿Que no está en tu clase?

-No, no me suena. ¿Cómo es?

-Chaparrita. Güerita. Pelo hasta acá.

-Ah, ya sé. ¿Chichona? ¿Mona?

-Sí, esa.

-Va en tercero. ¿Cómo la conociste?

-En la fiesta de la semana pasada.

.¿La de Renata Casassús?

-Sí. ¿Por qué no fuiste? Fue en un cortijo poca madre por Cuajimalpa. Torearon vaquillas.

-Ya no me acuerdo qué tenía Alex. Creo que tuvimos que ir a casa de su abuelita. ¿Oyes, y qué tal estuvo? ¿Te empedaste?

-Dos tres, nada grave.

-¿La besaste?

-Ya güey. ¿Pa qué tantas preguntas?

-Ayy. La besaste. ¡Qué puta! Por eso la quieres invitar a salir. ¿Y se te paró?

-¿Qué te pasa?

Daniel agarró una almohada de la cama y le pegó en la cabeza a Margarita. Ella volteó a verlo y de pronto, en un tono serio pero cariñoso, le dijo:

-No güey, en serio. Quiero saber si se te puede parar por dar un beso.

-Depende.

-¿De qué?

-Del beso.

-¿Y también depende de los boxers?

-¿Qué?

Margarita no quería dar explicaciones. Estaba convencida de que Alex había mentido, pero Daniel parecía intrigado por la pregunta.

-Pues no, no depende del boxer.

Margarita levantó las cejas como para decir: lo sabía. Pero Daniel continuó.

-Si se te para o no se te para depende del beso. Pero que tú te des cuenta, entonces sí tiene que ver el calzón o el pantalón. Si traes jeans y jockeys, es casi imposible. Osea sí, se te pone dura, pero se queda adentro del pantalón. Pero si estás en la playa con boxers y pantalón de lino, pues fiú.

Hizo un gesto con sus manos señalando el tipo de erección que Margarita acababa de ver.

-Ah. Entonces es como gelatina.

-¿Cómo?

-Depende del molde.

-Pues prefiero no pensar en Piolín de esa manera, pero si tú quieres.

-¡Piolín! ¿Así le dices?

-Si-, dijo Daniel, de pronto avergonzado de tener esa conversación con su hermana.

-¿A poco todos le ponen nombre? ¾preguntó Margarita. No quería desaprovechar el momento de intimidad.

-Pues no sé si todos.

Margarita estaba más tranquila. Alex no le mentía. No era perverso. Se dio cuenta de que no sabía nada del universo masculino. ¡Nombraban su pene! Sintió curiosidad por saber más.

-¿Quieres que te consiga el teléfono de Clara? ¿O ya te lo dio, la muy puta?

Margarita agarró una almohada y le regresó el almohadazo a su hermano. Ese había sido el primer momento de confianza, pensó Margarita, viendo como su hija seguía entretenida con la televisión y lamentando aún no poder dormir. Cuatro años después de aquella conversación reveladora con su hermano, creía conocer perfectamente a Alex.

It had been a goodbye kiss. The only thing they were allowed. Since they had finished, Alex headed to his car. His erection was still noticeable. Margarita was frightened. What had just happened? It was just a kiss. She couldn’t possibly have such an effect on him. Alex must’ve been a pervert, a degenerate. She knew those words, but she didn’t know what they meant. However, her mind was using them now. There was something abnormal about her boyfriend. She didn’t buy that story about the boxers. Ever since she was a child, she had seen her brothers’ underwear, washed and folded, in the laundry basket, and she had noticed how they transitioned into the more colorful and fancy boxers that took up at least half of their drawer space. She went upstairs to her room, lied down in her bed and started to cry. She wanted to call him and ask again about what had just happened: if she couldn’t trust him, then who could she trust? She didn’t dare to call any one of her friends from school. The dynamics of her group of friends consisted of divulging information, and sometimes distorting it. Margarita had learned not to say too much There were two girlfriends in her clique that she was close to. She had discussed with them the appropriate rules of dating such as when it was proper to go from a simple peck on the lips to French-kissing. But questions arose later: What did dry-humping consist of? Where did the back end and the ass begin? Getting so close so as to rub yourself against his body, which was quite enjoyable by the way, would that constitute some sort of violation? The night they had discussed the rules of kissing, her two close friends had boyfriends, but now one of them had broken up, and the other one didn’t seem to get along that well with hers. Margarita didn’t feel like making comparisons or communicating with them. She didn’t want to feel watched or judged. But she must talk to someone. She reached for a basket where she kept fashion magazines, and threw some on the bed where she could see them. With her other hand, she dried her tears. She was glancing through an old Cosmo when Daniel, her youngest brother, walked into her room. It was unusual for Daniel to come see her. Surely he wanted something from her. Margarita became defensive.

           – I won’t lend you my car -she said before he could even open his mouth. Daniel had crashed his a week before, and most likely the car was still at the body shop.

           – How did you know that I wanted to borrow your car? -Daniel asked as he jumped onto the bed next to her. Though he was closest to her in age, only two years older, she had argued more with him than with anyone else. He was stronger, but Margarita was meaner. That was established the day she smashed his fingers on purpose by slamming the fridge door on his hand. Eventually they stopped fighting so much, to the point that they could go to the same parties and even had friends in common.

           – Do you know Clara Sanchez?

           Margarita searched her memory. That name didn’t ring a bell. She shook her head without taking her eyes off her magazine. She was wondering if she could ask her brother such a question.

           – Why are you asking?

           – I wanted to ask her out. Isn’t she in your class?

           – Nope, doesn’t ring a bell. What does she look like?

           – Short. Blond. Her hair is this long.

           – Oh, I know now: Big boobs? Cute?

           – That’s the one!

           – She’s a senior. How did you meet her?

           – At the party last week.

           – You mean at Renata Cassassus’ party.

           – Yeah, why didn’t you go? It was at a real dope country house  by Cuajimalpa. They had a mini rodeo.

           – I don’t remember what Alex had going on that day. I think we went to his grandma’s house. So how was it? Did you get drunk?

           – Just a little, nothing serious.

           – Did you kiss her?

           – Stop it! Why so many questions?

           – You kissed her! What a slut! That’s why you want to ask her out. Did you have a boner?

           – What’s with you?!

           Daniel grabbed one of her pillows and hit her across her face with it. She turned to him and suddenly, in a serious but warm tone, she asked again:

           – No, bro, really. I want to know if you could get a boner just from kissing.

           – It depends.

           – On what?

           – The kiss…

           – And it depends on the boxers?

           – What?!

           Margarita didn’t want to give further explanations. She was convinced Alex was lying, but Daniel seemed intrigued by her question.

           – No, it doesn’t depend on the boxers at all.

           Margarita rose her eyebrows as if saying: I knew it. But Daniel went on: 

           – Getting or not getting a boner depends on the kiss. But whether it’s visible or not, that has to do with the underwear or the pants you’re wearing. If you’re wearing jeans and briefs, it’s almost impossible to see. Meaning, you get hard, but it stays stuffed in your pants. But if you’re at the beach wearing boxers and linen pants, then… whoooop.

           He made a hand gesture pointing up and imitating the type of erection Margarita had just witnessed.

           – Then, it’s like jelly.

           – How so?

           – It all depends on the mold.

           – I’d rather not think about my Tweety like that, but if you want to think about it that way.

           – Tweety! That’s what you call it?

           – Yep -said Daniel, suddenly embarrassed to be having this conversation with his sister.

           – Does every guy give it a name? -Margarita asked. She wouldn’t want to let this intimate opportunity pass.

           – I don’t know if every guy…

 

Margarita felt better. Alex wasn’t lying. He was no pervert. She realized that she had no clue about the male world. Guys name their penises! She was eager to learn more.

           – Do you want me to get you Clara’s number? Or did that slut already give it to you?

           Margarita grabbed her pillow and hit her brother back. This was the very first time they trusted each other, Margarita thought as she watched her daughter who was still distracted by the TV and regretted not being able to sleep more. Four years after this revealing conversation with her brother, she thought she knew Alex perfectly well.

 

Nótese cómo el diálogo –que es la traducción de la palabra hablada en lo escrito- moldea lo que tenemos en ciernes: algo casi indecible, pero no por pudor –aunque también- sino porque Margarita tendría que acusar su ignorancia al respecto. Yo digo que más allá del comentario social que este relato pueda tener sobre la frivolidad e ignorancia de la clase pudiente mexicana, hay algo más de fondo: entre hombres y mujeres hay algo que no se traduce del todo, permanecemos todos ignorantes sobre lo que ocurre en cuerpo ajeno (inclusive, en el cuerpo propio). Más aún, no sabemos preguntar, porque no sabemos qué o para qué preguntar –es una ignorancia de la que y por la que todos somos apasionados. De ella venimos y hacia ella nos destina nuestro conocimiento siempre insuficiente: un poco como la parábola de Margarita, del presente hacia atrás.

Finalmente, quiero hablarles del arte de editar, en clave de homenaje al editor y gran amigo Omar Villasana. De esta antología puedo dar testimonio desde su concepción hasta la presente presentación. Más aún, Omar me ha enseñado –en conversaciones y en acto- que el oficio de editor, aun con poco reconocimiento, aún operando tras bastidores, aún cuando no figure entre los nombres de los autores, es un oficio fundamental y fundante en la gestación de un libro. Los editores reciben poco crédito y mucha hostilidad. En una clase de “teoría literaria”, un profesor me dijo –quien también era editor- que los editores sufren de la culpa y la duda insondable del síndrome Ollendorff: aquel infame editor francés que rechazase la obra maestra “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust. “Al leer una obra que te causa rechazo, uno nunca sabe si es uno mismo el villano Ollendorff, desechando una potencial obra maestra” –me decía aquel profesor.

Pero, aun cuando todos los editores puedan ser un poco villanos, hay algunos que aciertan. Con Omar ya he comentado la historia del editor norteamericano Gordon Lish, quien estuvo a cargo de la edición del libro “What we talk about when we talk about love” de Raymond Caver. En este caso, ocurrió un acierto, y fue el editor quien hiso del escrito original una obra maestra. Carver siempre se lo reprocho, acusándolo de haber “amputado el manuscrito original para que cupiese entre las tapas del libro”. Yo he leído ambas versiones: la editada y la original, publicada póstumamente con el título “Beginners”. El veredicto es infalible: la versión editada es sobresaliente. Lish fue falsamente acusado de amputar el texto a favor de economizar la publicación, y nunca le fue agradecido que pudo leer en Carver algo que el autor no pudo leer en sí mismo. Con frecuencia pasa que los escritores creen que su talento para escribir se traslada a un talento por leer: no necesariamente. Digo más, Lish hiso a Carver el estilista de la precisión por el que es aún reconocido: el escritor más insigne del minimalismo norteamericano se le debe a Gordon Lish. El manuscrito original es prolijo en detalles sin importancia, y a veces explicativo en exceso. Lish forjo esas historias para convertirlas en lo enigmáticas y cautivadoras que son.

Un buen editor, villano o Villasana, sabe avizorar en lo escrito la multiplicidad de lo que se podrá leer, traduce lo que se escribe en lo que se lee, y a partir de esto último otorga su sello invaluable al producto final. Omar Villasana pertenece a esa estirpe de editores que aciertan –lo sé porque me ha tocado verlo en acción con los ensayos que a veces escribo. Omar no sólo supo hacer una selección cuidadosa de historias del México contemporáneo, sino que el acto mismo de sacar esta antología bilingüe en estos tiempos –irredentos también- de los EEUU, hace justicia y contrabalance a tanto de lo que nos llega mal-editado desde México: un país que es mucho más que violencia y narcotráfico, que es sobre todo un amor histórico a las letras y a la lectura.

© All rights reserved José Armando García

José Armando García (Abril, 1976) Originario de Venezuela. Vive en Miami, Florida desde el 2004. Sociólogo de profesión y psicoanalista de oficio, con un posgrado de Trabajo Social Clínico. Asociado activo en la Nueva Escuela Lacaniana. Más interesado en el barroco de Baltasar Gracián que en cualquier tendencia contemporánea. También las épocas son injustas con aquellos que nacen a destiempo.

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