EL SIMBOLISMO CUÁNTICO DE EL TÚNEL. Carlos Gámez Pérez

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Ernesto Sabato[1] es considerado por la crítica como el escritor que renegó de la ciencia para dedicarse a la literatura. Tal es la tesis que baraja J. Andrew Brown en Test Tube Envy, donde afirma que el autor argentino utiliza su autoridad en el mundo científico —tras finalizar su doctorado Sabato estuvo becado en París en 1937, en el Laboratorio Curie, uno de los más prestigiosos del mundo en teoría atómica— para desarrollar una de las críticas más feroces contra el positivismo. Brown se apoya en las opiniones de Sabato, vertidas en Abaddón el Exterminador y en Sobre héroes y tumbas, para entroncar su obra, crítica para con la ciencia, con la de Roberto Arlt, y para afimar que Sabato explota su autoridad científica para desafiar el entusiasmo cultural desinformado sobre la ciencia y el progreso científico (116).

Sin embargo, en “Quantum mechanics and literature: an analysis of El Tunel by Ernesto Sabato,” Victoria Carpenter y Paul Halpern afirman que esa novela está estructurada según una concepción cuántica del tiempo, y eso determina la secuenciación de los acontecimientos en la historia. En este texto voy a demostrar que esto se debe a la sólida formación científica de Sabato y a la simbología que maneja para desarrollar el libro. Existe una fuerte correlación entre lo que podría llamarse “el discurso cuántico” y el cariz metafísico y existencial de la obra de Sabato.

Carpenter y Halpern demuestran la estructura cuántica de la novela de Sabato a partir de ciertas discrepancias temporales que se dan entre cuatro escenas fundamentales en la novela. A saber: 1) La exposición por parte de Juan Pablo Castel y la contemplación por parte de María de la pintura Maternidad, al inicio del libro, en donde figura la representación periférica de una mujer mirando a la playa y llorando, que más adelante sabremos que es la protagonista femenina; 2) la carta en que María le relata a Juan Pablo las sensaciones que sintió al contemplar la imagen; 3) La escena en que María efectivamente se encuentra en la playa, llorando; 4) el asesinato de María a manos de Castel. A estas se une una escena que no se describe en el texto pero que se menciona. No es otra que la imagen en que Castel pinta el cuadro, en principio, anterior a todas las demás.

A partir de la imagen que se repite en todas esas escenas: la de María observando el mar, Carpenter y Halpern demuestran que existe un desequilibrio temporal. A lo largo del texto, da la impresión de que esa imagen tiene lugar entre Castel y María en un instante determinado, y que las posiciones de María, Castel y el mar van cambiando en cada una de sus representaciones. Además, no queda claro qué sucede antes, si la contemplación del cuadro o la escritura de la carta. Al menos los autores del artículo demuestran que ambas ordenaciones temporales son factibles. Parece que tanto Castel como María tengan premoniciones sobre los acontecimientos que van a suceder, pero también da la impresión de que los hechos se estén desarrollando en realidades paralelas que interactúan. En especial, porque Castel empieza el texto informándonos de que ha matado a María. Carpenter y Halpern resuelven el problema a partir de la interpretación cuántica de los multiversos, mostrando que cada una de las escenas y las posiciones cambiantes entre Castel, María y el mar no es más que el colapso de la función de onda en cuatro momentos de medición distintos, y que, aunque todas las posibilidades están determinadas por el destino, aquella en la que se embarcan depende de la variante de la pareja en cuestión y la compatibilidad entre la pareja y la línea narrativa en la que habitan.

Por tanto, en un universo no cuántico, la escena en la playa ocurrió mucho antes en el tiempo de lo que aparece en la novela, y las distintas representaciones de esta en la carta o en el cuadro serían análogas a las medidas tomadas sobre una función de onda en cuántica. En especial teniendo en cuenta que en un momento de la narración, antes de que la escena principal tenga lugar, Castel afirma ante María que esa imagen es “verdadera.” (87) El experimento imaginario de un gato sometido a las leyes cuánticas de la medida, enunciado críticamente por Erwin Schrödinger y conocido como el gato de Schrödinger, propone que, en las condiciones adecuadas, el gato puede encontrarse vivo y muerto a la vez en el compartimento que lo alberga. El experimento se planteó como una crítica a la interpretación cuántica de Copenhague, que consideraba que la medida de una magnitud física podía tener una interpretación probabilística. Como el gato de Schrödinger, el resultado de la medida en El túnel puede ser cambiante en cada nuevo colapso de la función de onda.

Sugiero que si Carpenter y Halpern pueden realizar esta interpretación de El túnel, es porque Sabato ha construido toda la novela a partir de una concepción cuántica de la realidad, más concretamente, de la psique humana. El análisis se hace sencillo porque la imagen de la mujer mirando al mar se presenta en toda la narración de forma simbólica y como un todo. A causa de la importante significación que esta escena tiene para el desarrollo de la novela, Sabato la ha concebido precisamente como una función de onda cuántica, homogénea pero cambiante. Démonos cuenta de que Castel la describe así la primera vez que aparece en la narración: “arriba, a la izquierda, a través de una ventanita, se veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba al mar. Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado apagado y distante.” En esta imagen, que se representará de varias maneras a lo largo de la novela, cabe destacar la función de la ventana. La imagen de la mujer no sería otra cosa que la conciencia de María y de ahí todo el misterio que la rodea, porque resulta sorprendente que alguien ajeno como Castel la haya podido captar.

La novela de Sabato se publicó en 1948. Cuatro años antes, en 1944, Erwin Schrödinger había publicado What is Life? Una compilación de conferencias en las que trataba sobre su visión del mundo. Al final del capítulo VII del libro, Schrödinger desarrolla su concepción de la conciencia humana, escribiendo que la conciencia es capaz de darnos una representación del mundo en donde la conciencia misma apenas si puede representarse en un aparte, como una figura pequeña y remota que contempla el todo. No puedo saber a ciencia cierta si Sabato leyó a Schrödinger mientras escribía su libro, pero la analogía con el cuadro Maternidad que utiliza en El túnel es sorprendente. En el caso de que la conexión fuera cierta, El túnel podría considerarse no solo como un espejo de la concepción cuántica de la realidad, sino como un reflejo del desajuste y desconcierto emocional que produce afrontar una idea distinta de realidad.

[1] Sabato siempre optó por la grafía italiana de su apellido, sin el acento en la primera sílaba.

© All rights reserved Carlos Gámez Pérez

Carlos GamezCarlos Gámez Pérez nació en 1969, en Barcelona, España. Estudió Ciencias Físicas, Historia de la Ciencia y Creación Literaria. Colabora con revistas como Sub-Urbano, La bolsa de pipas y Nagari. Es autor de un diario sobre sus vivencias en las cárceles de Nicaragua titulado Managua seis (2002). Ganó el IX Premio Cafè Món con la novela Artefactos (2012) y ha sido seleccionado para las antologías Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (2013) y Llegamos en avión (en prensa), así como para el primer número de la revista Presencia Humana (2013), dedicada a nueva literatura española extraña. En la actualidad trabaja en la University of Miami. En su bitácora personal, El blog de Carlos Gámez, estudia las relaciones entre ciencia y literatura.

twitter: @cgamezzz

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