EL ROJO ATARDECER EN VIZCAYA. Xalbador García.

El día que me iban a matar desperté al escuchar el aullido. Aun con miedo elegí el vestido carmesí. Largo, con pliegues hasta el suelo, me dejaba sentir el aleteo del mar entre las piernas. Me gustaba. Me hacía sentir libre y en calma. Eva y Lilia miraron mi piel blanca con asombro, pero también con algo de lástima. Apretaron el corsé y de inmediato salí de la habitación hacia el balcón de la torre. Desde ahí miraba cómo se extendía el Atlántico en el horizonte. Naranja por la mañana con matices azules. Yo lo recibía rojo con el faldón que, aún no lo sabía, anunciaba mi muerte.

Fotografía Dainerys Machado

Frente a la terraza encallaba el barco de piedra. Estaba separado de las escalinatas por apenas unos metros. Se trataba de otro de los caprichos de mi abuelo para alimentar su sueño europeo en tierras americanas. A ese hombre nada lo había detenido. Construyó jardines secretos, laberintos de flores, anfiteatros destinados a las bellas artes, cavernas dedicadas a Baco y al goce de los invitados —artistas, músicos, escritores, empresarios— que durante el año desfilaban por la propiedad. Y en medio de los espacios, estatuas renacentistas, fuentes traídas de Italia, murales y piezas de dos o tres o cuatro siglos atrás. Quien despertara en La Casona de Vizcaya juraría que estaba en Venecia o en Florencia y no en Miami, en medio de manglares que amenazaban con engullir la residencia cada otoño.

Tras unas horas de alimentarme con el oleaje fui hasta la habitación oriental donde se ordenaba el desayuno. En la mesa redonda esperé sin hablar. En la casa sólo había tres invitados que seguramente seguían dormidos. Dos estatuas de piratas chinos flanqueaban un enorme jarrón de cerámica perteneciente a la Dinastía Ming.

Al mirarlas recordé a Jiang Shi. Cuando habían traído las piezas llegó él también de Oriente. Unas líneas siamesas hacían las veces de sus ojos. Nadie me había mirado con tanto deseo como lo hizo Jiang Shi cuando entró por el jardín la mañana del desembarco. No hablaba. No exigía. No murmuraba mi nombre. Solamente lo encontraba detrás de los pasillos, entre los ramajes de los jardines, escondido en las palmeras cuando yo tomaba el té frente al mar. Sentía cuánto me deseaba y ese deseo inundaba mi cama por las noches. Al pensar en sus manos yo era el mar en movimiento.

Mientras miraba el mural de las paredes lo sentí a mis espaldas. Su reflejo en el platón de bronce me confirmó su presencia. Habían pasado meses humedecidos por el silencio. Esa mañana decidí cruzar el umbral. Bajé el corsé para que viera mis senos. Sin embargo, al darme la vuelta para su encuentro no había nadie. Ni siquiera su sombra degustaba mi torso desnudo.

Las lágrimas acompañaron el vacío que me crecía en el vientre. Dos hijos muertos no pueden soportarse en la soledad, me repetía. Apenas recordaba la lucha entre Ricardo y mi abuelo para no internarme en la Isla de Blackwell. Yo era Inés, la hermosa mujer moderna criada en Manhattan. Inés, la esposa, la compañera, la amiga. Y al mismo tiempo: Inés, la maldita, la que carecía de un vientre para ser madre, la que soñó que sus hijos eran devorados por un par de lobos negros. Al despertar, la sangre entre las piernas, el dolor en la cadera, los ojos de Jiang Shi como dos líneas frente al mar de Miami.

Van a matarme a mí también, le dije a Ricardo luego del aborto de los gemelos. Los lobos van a venir por mí para matarme. Llévesela, respondió llorando. Vizcaya será un buen lugar para que descanses, dijo mi abuelo mientras me tocaba el rostro. El viaje fue dulce y cada vez más caluroso. El tren se dirigía hacia el sur, hacia el mar, hacia un horno de humedad. El mundo se fue volviendo un infierno hasta que entramos al cuarto de refresco de La Casona de Vizcaya. Humedecí mi cuello mientras Lilia y Eva quitaban mis zapatos para masajear mis pies blancos. Señorita, usted estará feliz y tranquila con nosotras. Sonreí para no llorar.

Fotografía Dainerys Machado

El día de mi muerte, cuando me trajeron los huevos con hot cakes, pregunté por el oriental. Las mujeres parecían desconcertadas. Dejé de insistir para no ser arropada por la condescendencia ordenada por mi abuelo. El resto del día lo pasé dibujando frente al mar. Hasta ahí llegaba la fruta traída por Eva o Lilia. Me gustaba el licor de coco y la absenta antes de terminar las pinceladas. También pintaba para no llorar, para no recordar, para no desangrar por fuera lo podrido en mis venas. Jiang Shi lo sabía porque me dejaba pintar. Sólo se dejaba sentir cuando cambiaba el lienzo o tomaba un respiro. Sus ojos, siempre sus ojos, regalándome un sentido de existencia.

A las seis de la tarde se anunció la noche. Lo vi en el barco de piedra esperándome. Otra vez el naranja fue dibujando una herida sangrante en el cielo. ¿Estás lista? Un último sorbo al vaso verde. Bajé las escaleras de piedra rumbo al mar. El vestido carmesí se extendió alrededor. Seguí así hasta llegar a la nave encallada. Me tomó de las manos y me invitó a subir. En la terraza las mujeres aullaban como hembras en celo. El mundo era rojo. Me besó los labios hasta que sangraron. ¿Tú eres el lobo? Yo te salvé del lobo. Llevó su boca a mi cuello y sentí cómo mi llanto salía por fin líquidamente. Me vaciaba de vida y también de desconsuelo. Hasta el mar llegó mi dolor. Cuando volvió a poner sus labios frente a los míos acaricié la dicha. La muerte sabe a sal.

© All rights reserved Xalbador Garcia

XALBADOR GARCÍA (Cuernavaca, México, 1982) es Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) y Maestro y Doctor en Literatura Hispanoamericana por El Colegio de San Luis (Colsan).
Es autor de Paredón Nocturno (UAEM, 2004) y La isla de Ulises (Porrúa, 2014), y coautor de El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha publicado las ediciones críticas de El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013); Los raros. 1896, de Rubén Darío (Colsan, 2013) y La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).
Realizó estancias de investigación en la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, y en la Universidad del Ateneo, en Manila, Filipinas, en la que también se desempeñó como catedrático. En 2009 fue becado por el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos, en la categoría de Literatura, en el área de Novela. Beca que ganó nuevamente en 2012, pero bajo el género de Ensayo Creativo.
Poesía, ensayo y narrativa suya han aparecido en diversas revistas del mundo, como Letras Libres (México), La estafeta del viento (España), Cuaderno Rojo Estelar (Estados Unidos), Conseup (Ecuador) y Perro Berde (Filipinas). Fue editor de la revista generacional Los perros del alba y su columna cultural “Vientre de Cabra”, apareció en el diario La Jornada Morelos por diez años.
Actualmente es colaborador del Instituto Cervantes de España, en su filial de Manila y mantiene el blog http://vientredecabra.wordpress.com/

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