EL INTRUSO. Melanie Márquez Adams

Un hocico presionado contra el vidrio. Eso fue lo primero que la mujer divisó del intruso. Lo encontró tan quieto, que por un momento pensó que estaba muerto. Se acercó de puntillas, conteniendo la respiración; golpeó la puerta transparente con los puños. Nada, no se movía. Se agachó a la misma altura que la del visitante impertinente para cerciorarse de que no respiraba cuando, sin aviso, este pegó un salto magnífico. La mujer perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Hizo a un lado su cara y puso sus manos como escudo, olvidando por un instante que existía una barrera entre los dos.

Se sintió increíblemente tonta por dejarse sorprender así. “¡Ya ves! Por eso te dejaron, ¡porque eres una estúpida!”. Mientras se decía esto, comenzó a hacer la cama, halando y lanzando todo de mala gana. Un pensamiento entrometido la congeló a medio hacer. “¿Para qué arreglas tu cuarto? Total, nadie más que tú lo va a usar. Ya no existe ninguna razón para que ordenes ni limpies nada”. Encogiendo los hombros, caminó a la cocina y sacó de la nevera un pastel de chocolate embadurnado de crema. Ya se había comido casi la mitad.  Espantó el sentido de culpa como si fuera una mosca. No iba a permitir que regresara a molestarla. “No tiene caso ya, a nadie le importa que te pongas gorda”.

Vio el reloj marcar las once de la mañana. Se sentó en el sofá y encendió la televisión. Era la hora del noticiero. Todo lo que reportaba la rubia oxigenada de la pantalla era patético. “Por lo visto, el mundo está peor que yo” se dijo. Comenzó a apretar los botones del control remoto con furia. Por fin aterrizó en una película “cursi”, de esas en que la protagonista fracasa durante casi toda la trama; antes del final, las soluciones a sus problemas aparecen de la nada. Además, para cerrar con broche de oro, atrapa a un galán millonario y colorín colorado. Era exactamente lo que se le antojaba ver. “Ya no tengo que estar enterada de los acontecimientos del país o del resto del mundo. ¿A quién le importa el resto del mundo? No hay nadie a quien seguirle la conversación, nadie que me juzgue por ver lo que se me dé la gana”.  Ahí se quedó anclada hasta la media tarde. En el plato donde antes había un pastel, apenas quedaban unas migajas nadando entre la grasa. Cuando la vocecita de su cabeza estaba a punto de asaltarla con reproches, con el rabo del ojo alcanzó a ver el hocico.

Esta vez, unos ojos enormes y vidriosos acompañaban el hocico peludo. Ella se quedó hundida en esa mirada por un minuto. Antes de que la pena la sobrepasara, se acercó a la puerta del jardín con la intención de espantar al molestoso invasor. Fue entonces cuando se dio cuenta de que este había arrasado con la mitad de su arbusto de rosas, ese que tanto trabajo le había costado cultivar. Tuvo unas ganas inmensas de perseguirlo y acabar con él de una buena vez; entre irse de cacería y seguir desparramada en el sofá dejando que la tele pensara por ella, eligió la segunda opción. “Total, ¿qué más da?”. Volvió el rostro hacia el ser que la seguía con sus ojos inquisitivos por toda la casa, le dedicó un gesto obsceno y gritó: “¡cómete el jardín entero si quieres!  ¡A ver si así te mueres de un empacho y dejas de hostigarme!”. Él ni siquiera se inmutó. Exasperada, en un par de zancadas ya estaba explorando el refrigerador.

Así pasaron dos días más.  La mujer solo se levantaba del sofá para buscar comida, ir al baño y pegar alaridos a la criatura que la contemplaba desde afuera. Cada vez que comenzaba a sentir que el cansancio de no hacer nada pesaba sobre sus ojos, sabía que “él” la estaba mirando.  De igual manera, al despertar, en el instante previo a los primeros parpadeos, tenía la certeza de que lo encontraría en el mismo sitio, impávido, y saludándola con el hocico.

La mañana del tercer día se despertó con un hueco ardiente en el estómago; su cuerpo aullaba por algo dulce.  Desesperada, buscó por todos los rincones de la cocina, saltando para tocar el fondo de los anaqueles y husmeando cada repisa del refrigerador; no encontró nada que no requiriera algún tipo de esfuerzo para que fuese comible. Tendría que salir.

Apenas a dos cuadras de la casa había una tienda, pero ella anticipaba la salida como una travesía enorme tan solo de pensar en los ojos y bocas cargados de veneno de sus vecinos. Se los imaginaba agazapados detrás de las ventanas, esperando pacientes por la oportunidad perfecta para atacar. Ser el blanco de chismes punzantes no era en realidad lo que más le preocupaba. Sino que le aterraba la idea de que la mirasen con cara de pena. Aunque podía soportarlo casi todo, que le tuviesen lástima era demasiado. Arrastró los pies hasta el sofá, se desparramó y se cubrió entera con la pesada manta. “Mejor dormir y no pensar” pensó. Antes pensó que el sueño llegara a su rescate, escuchó unos golpecitos en la puerta de vidrio. “¡Déjame en paz animal del demonio!”, gritó sin destaparse. Él no se dio por vencido; insistió y siguió llamándola usando el hocico a falta de puño.

Agotada de luchar contra lo inevitable, se deshizo de la manta, devolvió la mirada a su contrincante y le cedió el triunfo. Sabía lo que tenía que hacer. Por primera vez en varios días, caminó por el pasillo hacia la puerta de entrada. Colgados junto a las llaves, encontró un collar y una correa de color fucsia. Las decenas de piedritas brillantes que saturaban los dos objetos lastimaron sus ojos. Recordó el día en que su ex los compró y la manera en que había corrido de regreso a la casa, prácticamente babeando, para dárselos a su princesa, su amada chihuahua. “¡Imbécil!”. Desperezándose, extendiendo el cuello y los brazos, regresó a la sala. Desde allí intercambió una mirada cómplice con su pequeño intruso. Ya era tiempo de que se conocieran formalmente.

Quince minutos después, la mujer y el conejo caminaban por la calle. La correa fucsia tambaleaba al ritmo de los saltos de la esponjosa criatura. Desde los ojos incrédulos de los vecinos, parecía que la mujer brincaba con su acompañante. Entre exclamaciones y cuchicheos, las miradas eran burlonas, de asombro, hasta de susto; pero en ninguna asomaba la pena. Nadie se atrevió a acercarse o dirigirle la palabra.

Con una sonrisa que desbordaba su rostro, Ella iba pensando en los dos pasteles y las cajas de chocolates que estaba por comprar. Añadiría a la cesta tres botellas de vino, queso, pan, un par de lechugas. Unos manojos de hierbas también.

En unos saltitos más, llegarían a la tienda.

 

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Melanie Márquez Adams, escritora y editora  ecuatoriana, es la autora de Mariposas Negras (Tercer Lugar Premios Literarios North Texas Book Festival 2018). Actualmente cursa el Máster en Escritura Creativa de la Universidad de Iowa, donde ha recibido el Iowa Arts Fellowship.

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